Morelia/Vianey J. Cervantes
En la colonia Vicente Lombardo Toledano, la gente salía de sus casas con dos pares de zapatos; unos para caminar el lodazal hasta el libramiento por la Avenida Francisco J. Múgica, y los segundos para irse a la escuela, a trabajar o simplemente para no usar unos zapatos repletos de lodo, esa fue la anécdota que dio el edil de Morelia, Alfonso Martínez Alcázar durante la inauguración de dicha avenida, la cual apenas en junio pasado fue pavimentada, casi en su totalidad.
Franklin, el huracán que llegará al oeste como tormenta tropical acercaba a Morelia las lluvias y los fuertes vientos, aunque apenas el día anterior el calor en la capital era abrumador y muchos desprevenidos primaverales se enfrentaban al frío de la zona. Mientras esperábamos al edil, un chipi chipi humedecía el cabello de los cerca de cincuenta vecinos de la zona que acudieron a la inauguración, los regidores y los medios, todos nos refugiamos al interior de una vivienda abandonada, incluso los perritos callejeros esperaban tranquilos con la brisa y la lluvia ligera.
Cuando Alfonso llegó, todos los vecinos de la colonia se acercaron, la lluvia había cedido y desde la multitud se escuchó un “¡Poncho,Poncho, ra ra ra!”, mientras él saludaba muy sonriente a todas las señoras emocionadas.
Mientras cada uno de los invitados daba su discurso, muchos de ellos recordándole al edil que aún quedaba mucho por hacer, él se limitaba a asentir con la cabeza y mirar a quien tenía la voz; los periodistas tomaban sus fotos, otros simplemente charlaban entre sí, “ay, este Ponchito…”, decían.
Ahora, 400 predios de la zona habían sido regularizados con servicios de agua potable. Una mujer pidió se donara un edificio abandonado para instalar el desayunador comunal para niños que ellos realizan cada quince días; más tarde, el edil le diría a dicha petición “ya hay planes para esa estructura, pero vamos a ver cómo le hacemos”.
La avenida era larga y empinada, solo de imaginarla en temporada de lluvias entendí por qué la necesidad de los dos pares de zapatos. Tras cortar el listón morado, Alfonso Martínez avanzó de la mano de las vecinas, cada una de ellas, entre susurros e indirectas, pasando una carta de peticiones al edil, y con justa razón, pues es la primera vez en veinte años que el Ayuntamiento atiende la zona, eso dijeron los vecinos. Los medios iban un poco atrás, con el equipo de grabación en la espalda como Atlante cargando al cielo.
Los tubos que salían de algunas casas abandonadas y predios “sin dueño” eran señalados por el secretario de Desarrollo Metropolitano e Infraestructura, Juan Fernando Sosa Tapia, “mire, presidente, así estaba todo cuando llegamos…” decía. Tres motociclistas rodeaban la zona, eran los policías que vigilaban que todo marchara bien mientras estaba el edil en la avenida recién pavimentada.
Unas quejas, entrevistas, y “hay que hacer un proyecto completo para hacer las cosas bien” de diversos funcionarios después, el edil moreliano regresó hacia la capital, despidiéndose de los vecinos con una sonrisa, “¡hay más obras que inaugurar!”, dijo con un gesto similar al “síganme los buenos”. Un señor de chamarra de cuero, un sombrero café y unos zapatos blancos se acercó molesto. Uno de sus ojos azules se veía apagado, preguntando a todos si el edil ya se había ido.
“¡Aquí no han hecho nada, puro pinche elefante blanco!, gritaba molesto a quien lo escuchara. “¡Aquí todos se roban los carros, hay su propia ley!”.
Medios y el resto de vecinos regresamos al libramiento, ahí, cada uno regresó a su casa, a sus trabajos o a sus asuntos periodísticos. Aquel evento fue como el ABC, alegre breve y concreto.





