Crónica: Jesús Reyna, ni perdón ni olvido…

Morelia/Samuel Ponce Morales

En el transcurso de este año, las dos veces que visité al ex gobernador Jesús Reyna García, en el Centro de Readaptación (Social) conocido como Mil Cumbres, una antes y otra después del triunfo presidencial de Andrés Manuel López Obrador, lo escuché tranquilo, sin aspavientos, sin resentimientos, no al menos no a flor de piel.
La primera visita fue con dejos de sentimientos encontrados, iba a ver al amigo, pero con una inevitable y elevada curiosidad periodística al cubo. Para llegar a él hubo que cruzar menos de media decena de garitas, transitar por un no tan largo y si compacto pasillo, ladeado por cercas de alambres y púas incluidas.
Desde ese pasillo divisaba uno todo y nada, todo un panorama de concreto, de estrechas áreas verdes y pequeñas islas de recreación. Camina uno por ese lugar, apresurado, en silencio, expectante y el andar se hace casi eterno. No. No hay problemas con las aduanas, en donde los vigilantes adustos parecen no serlo.
El cielo estaba en decenas de nubes amoronadas, cuasi aborregadas, en oscilantes tonos grises, algunos en forma dramática, como un Claro de luna de Beethoven; de esas las nubes que empezaban a acariciarse, a fundirse en eso abrazos que las convierten en una sola, compacta, sin más espacios que para los estremecedores rayos.
Al llegar a unos metros, a pasos contados, él anfitrión permanece inerte, a la espera; la sonrisa leve, el apretón de manos, el abrazo que no lo es todo; pasamos a su nicho, un pequeño espacio con papeles por doquier, aunque anárquicamente ordenados, libros, folders, papeles en blanco y un cúmulo de expedientes, a la vista.
Hablamos casi de todo, con intervalos de bromas, ironías y suspicacias al cuadrado; las interrogantes se aminoraron, sobre todo aquellas en que encuentran una irreductible lógica; la charla tuvo su eje en dos vertientes, en dos figuras, en el hoy ex comisionado federal Alfredo Castillo Cervantes y en el también hoy ex gobernador Fausto Vallejo Figueroa.
Y, además, en la plática se visualizó lo sorprendente que fue la solidaridad mostrada por parte de figuras políticas, entre ellas periodistas, las menos atravesando la urbe moreliana para sortear el laberinto de una parte de esa prisión y situarse frente a frente, entre ellos el exdirigente magisterial, exlegislador y hoy alcalde Raúl Morón Orozco.
Ahí, en donde, en intervalos, en forma discreta atisban sus compañeros prisioneros para preguntar si se ofrece algo, al menos en ese sitio, las horas pasan sin que se pueda establecer del todo si es de mañana, mediodía, tarde o noche; no hay a simple vista un reloj, y pese a que uno puede percibir la letanía de un tic tac, casi uno acierta el tiempo de no estar afuera.
Luego, el hasta luego, el nos vemos, el abrazo y la despedida de mano que no se quisiera romper así, nomás, de buenas a primeras, la promesa, el acuerdo, el compromiso de una nueva vez de estar ahí para seguir charlando, pero para, por igual, comer. El regreso no es pesado, es más que ligero, la carga ha sido disminuida.
En la segunda visita, él ya no era el de la primera; estaba más relajado, más abierto, más optimista y hasta más seguro de sí mismo. En esa mesa horizontal iba y venía el platón con las salsas, las tortillas y las no tan enormes piezas de pollo, así como las grandes botellas de refrescos; después, en su nicho, retomamos la plática del otro día.
Fue una tarde larga, rayando en el anochecer, él sabía que ante su aprehensión por motivos políticos, bajo la presunta acusación de vínculos con el crimen organizado, no saldría de la cárcel durante el gobierno federal priísta, al cual se enfrentó para tratar de no permitir el virreinato, finalmente, impuesto, y así fue.
Sin embargo, para él no habrá ni perdón ni olvido…