Morelia/Enrique Castro
En la colonia Unión Popular, en una mediana casa metida en una calle del mismo tamaño, se encuentra ubicado un taller muy singular.
Al tocar la puerta sale una joven, y anuncia al visitante: «Fileeemoón, te haaablan»… Él, sentado en una silla de la cocina, se levanta rápido e invita a pasar, no saluda de mano, solo de palabra. «pensé que ya no venías», comenta Filemón y hace un ademán para que juntos suban al segundo piso por una escalera sin barandal.
Al llegar arriba, una máquina roja llama la atención, así como los palos de madera y la tela «mechuda». De 46 años, de edad, lleva 23 en el oficio de la fabricación y venta de trapeadores junto a su esposa y su familia. Cuando se le pregunta sobre qué es lo que hace sonríe y da una pequeña explicación.
Se le cuestiona si hará trapeadores en este momento y responde «No, está saturado el mercado» y sigue riendo, ya que su referencia es a que sus clientes ya le compraron y ahora «hasta que se acaben».
Sin embargo, toma un manojo de mechones de tela y se pone a cortar y medir; de aquí para allá se mueve sin problema, termina de cortar y toma un palo bien lijado, se acerca a la máquina roja, pone alambre y aprieta.
En un dos por tres está listo un trapeador. Pide se prenda el foco para que esté más iluminado, sin importar que la ventana es suficiente para la entrada de luz. Así, Filemón se sienta y platica sobre su vida, su aprendizaje sobre hacer trapeadores con un maestro en Pátzcuaro, su vida de músico antes de este oficio, y habla sobre su esposa y sus 3 hijos.
Al parecer cuesta mucho sacarlos adelante, pero ya lo hizo; sus trapeadores, que vende entre 28 y 30 en la calle, han ayudado a los estudios. A él se le ve de repente por la colonia Molino de Parras, Ventura Puente, Centro, Juárez…
Con lento pero seguro caminar, Filemón lleva 46 de sus 46 años de vida ciego. él solo sabe que su máquina es roja por que le dicen; pero él sabe que sus trapeadores son bonitos simplemente porque él los hace.




