Crónica | Bajo Mater Dolorosa, las criptas donde aún esperan la muerte

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En Morelia, donde el crecimiento de la ciudad también alcanza a sus muertos, hay espacios que se piensan a futuro, lugares que no responden a una urgencia inmediata, pero sí a una necesidad que tarde o temprano llega, según cuenta el Padre José Trinidad Lomelí Ochoa, sobre las criptas en Morelia.

Morelia, Mich. | Asaid Castro/ACG.- Antes de bajar, hay que cruzar el templo, ese gran espacio donde la misa ocurre entre vitrales altos y formas geométricas que elevan la mirada, un sitio amplio, casi desproporcionado en altura, donde la luz cae filtrada y el sonido se expande. Hasta el fondo, cerca del altar, el suelo cambia: una serie de rejas marca el punto de acceso, como si ahí comenzara otra iglesia, pero hacia abajo.

Debajo del templo moderno que rompe con la silueta colonial de Morelia, hay otro espacio igual de grande, pero más silencioso, uno que no se ve desde la avenida Madero y que responde a una realidad, los muertos también necesitan lugar.

Las criptas de Mater Dolorosa no nacieron por casualidad, fueron pensadas como alternativa cuando los panteones se saturan, como un espacio para resguardar restos en una ciudad que sigue creciendo, incluso después de la vida.

Bajar cambia todo, se atraviesan las rejas y la escalera conduce a un ambiente que no golpea de inmediato, no hay esa impresión pesada que se espera, la luz fuerte se queda arriba, pero el aire se mantiene, no hay humedad ni encierro.

«Aquí hay respiraderos», explica el padre José Trinidad Lomelí Ochoa, corrientes que conectan con el templo y permiten que el espacio se mantenga seco y ventilado.

El tamaño sorprende, las criptas ocupan casi una tercera parte del cuerpo del templo, «Este espacio mide unos 30 metros de ancho por 50 de largo, con una altura cercana a los tres metros, no es un sótano improvisado, es una extensión completa del edificio, pensada desde el inicio», asegura el párroco con voz fuerte.

«Aquí caben miles de nichos, como se ve, aún quedan muchos vacíos y cualquier persona puede venir a preguntar por su descanso», dice el sacerdote mientras camina entre pasillos largos, donde cada espacio puede albergar hasta cuatro restos áridos.

Al descender, lo primero que recibe no es el vacío, sino presencia: la cripta del padre Andrés Hernández Ochoa, un mausoleo claramente identificable que abre el pasillo como una especie de umbral. Desde ahí, el recorrido se despliega en tonos claros, blancos que dominan el espacio, interrumpidos por puertas de madera, placas de mármol, cierres de cemento, distintos materiales que marcan cada nicho y cada historia.

Entre mármol, olvido y espera

No todas las criptas son iguales, hay secciones que reflejan distintas épocas, incluso distintas formas de entender la muerte, algunas con acabados de mármol o granito, otras más sencillas, más antiguas, donde el tiempo se nota en las placas y en los nombres.

En varios nichos, las fechas se detienen en décadas pasadas, hay restos desde los años 60 o 80 que nadie ha reclamado, familias que se fueron, que migraron, que olvidaron o que ya no están, y que dejaron aquí una historia suspendida.

«Hay muchos que ya nadie viene», reconoce el padre, mientras señala algunas placas desgastadas, en medio de ese silencio que permanece bajo el suelo, un silencio que no es absoluto, porque el eco de la voz todavía se estira en los pasillos y revela el tamaño del lugar, y también su vacío.

No es un detalle menor, el hombre que pensó el templo moderno también pensó en su subsuelo, en la necesidad futura, en el espacio que tarde o temprano sería necesario.

Hay zonas nuevas que contrastan un poco con lo antiguo, módulos aún sin ocupar, nichos numerados que esperan, acabados recientes, estructuras listas para ser utilizadas, pero que por ahora permanecen vacías.

No es abandono, es previsión, dice el sacerdote, cada vez más personas optan por la cremación y buscan un lugar donde depositar los restos, un sitio cercano, accesible, dentro de la ciudad y no en la periferia.

Aquí, explica, los restos no son “frescos”, ya llegan cremados, reducidos, lo que permite optimizar el espacio y mantener la tradición sin saturar el lugar.

Una necesidad que también es fe

Arriba, la vida sigue, el tráfico, las misas, la gente que entra y sale sin saber que debajo hay una estructura pensada para cuando el espacio ya no alcance, una solución que no es urgente hoy, pero que responde a una realidad que ya se asoma.

El padre Lomelí lo dice sin rodeos, no se trata solo de falta de espacio, también es una cuestión de costos y de fe, los panteones de primera categoría son cada vez más caros, mientras que aquí las familias encuentran una opción más accesible y, sobre todo, más cercana.

«Si están en una iglesia, te sientes confiado», explica, no como argumento comercial, sino como una convicción, la idea de que los restos no solo se guardan, se acompañan.

El proceso es sencillo, se solicita en la parroquia, se firma un acuerdo y se asigna un espacio, aunque ya no es perpetuo, las nuevas normas limitan el tiempo, una forma de evitar el abandono que hoy ya se observa en muchos panteones.