Por Mauro Díaz Baeza
El anuncio
Tronaron los cuetes.
No eran de fiesta, pero sonaban igual. Como en los pueblos, cuando anuncian el día de un santo o de una virgen. Los lanzaron hacia el estacionamiento de la Fiscalía General del Estado. Las explosiones rebotaron entre los carros y, en segundos, las alarmas empezaron a sonar al mismo tiempo. El humo subió rápido. Algunos salieron de sus oficinas a mover sus carros para evitar un cuete, o una pedrada.
Ese fue el anuncio de la marcha de comuneros de Arantepacua el pasado 6 de abril en Morelia Michoacán.

La herida y la rabia
Arantepacua no es cualquier nombre. Es una comunidad purépecha marcada por la violencia. En 2017, un operativo policial dejó muertos, heridos y detenciones arbitrarias. Desde entonces, la exigencia de justicia no ha parado. Han pasado más de nueve años sin respuestas claras, reparaciones parciales, sin responsables aprehendidos. La marcha de este año venía de ahí: de la memoria, de la deuda, del agravio que sigue abierto.
Y, esta crónica no intenta deslegitimar esa causa, el dolor, cuando se arrastra tanto tiempo, también encuentra formas de expresarse. Y tiene sentido.
Tiene sentido que la rabia exista, que se haga visible, que irrumpa en la calle y obligue a mirar lo que durante años se ha querido ignorar.
Pero hay algo que aprendí en esta marcha. Algo que te advierten, pero que no aprendes en la escuela de periodismo.
Si esto fuera un video, aquí es donde diría: “Story time de la vez que la vez que me obligaron a borrar material y me quitaron una memoria en una protesta…”
Crónica de una crónica que no fue…

Era mi primera marcha, al menos de este tipo. Una cosa es ver los camiones ardiendo en la pantalla. Y otra muy distinta es estar ahí, con el calor golpeándote la cara, el humo raspando la garganta y el sonido constante de algo rompiéndose mientras avanzas.
Mientras capturaba, ya pensaba en el enfoque de mi crónica, casi toda la marcha fui documentando los rastros que dejaba la protesta, pero este enfoque se me arrebató, casi de manera literal, aunque eso aún no lo sabía…
En la Fiscalía Especializada en Anticorrupción, los papeles volaban por la calle. Algunos funcionarios salieron a recogerlos entre el desorden. Más adelante, en las oficinas de la Secretaría de Educación Pública, el fuego alcanzó los baños. Un guardia apareció con un extintor tamaño jumbo, intentando apagar lo que quedaba.
La marcha avanzaba, pero también iba dejando huellas: vidrios rotos, humo suspendido en el aire y personas que no sabían bien si mirar o esconderse.

En tres puentes, un camión de DHL ardía, en el mismo lugar sacaron a unos policías de una patrulla. Videos que rápidamente se viralizaron en redes La escena fue rápida, confusa. Lo siguiente fue la unidad alejándose, ya sin ellos. Los policías quedaron atrás, a un lado, rebasados por la marcha que no se detenía. Más adelante, una moto de policía vial se quemaba en el asfalto. El motor seguía encendido y, entre el fuego, hacía que la moto diera vueltas por sí sola.
Durante toda la marcha a algunos periodistas les pidieron terminar transmisiones en vivo. A otros, borrar videos. Guardar cámaras. Dejar de grabar.
Algunos accedieron en el momento. Otros intentaron seguir, pero de eso me enteraría después, demasiado tarde…
Porque al llegar al Supremo Tribunal de Justicia del Estado, algo cambió.

Estaba advertido, no te alejes de la prensa, pero un minuto de distracción, y de ganas de hacer cosas distintas… fue suficiente, todo parecía estar calmado, los comuneros se sentaron a descansar, comer, y esperar a que la comisión que había entrado al Tribunal saliera con una respuesta, la prensa hizo lo mismo, esperar, quise dar una vuelta, ver desde otro ángulo, la patrulla previamente adquirida por los manifestantes sonaba con música propia, al acercame a tomar fotos, posaban, no parecían molestos con la prensa, pero todo cambio al ir hacia la otra orilla, jamás lo hubiera pensando, bajé la guardia, apenas saqué la cámara, y ya lo tenía enfrente, encapuchado, con cubrebocas y lentes, me preguntó qué estaba grabando. El tono no era de curiosidad, era una orden.
Me pidió ver el material, solo había alcanzado a disparar una foto, ni la ví, lo más probable es que no vería la luz, la tomé sin pensar, era un terrible encuadre y nada estaba pasando, pero eso no le importo, me dijo que lo borrara. Lo hice sin pensarlo. Pero no fue suficiente. Llamó a otros.
“Cuidado con este, nos anda grabando” señalandome
De pronto ya eran varios, me rodearon, sería impreciso de mi parte dar una cantidad de personas, pero eran, innecesariamente, demasiados.
Las voces, aunque presentes, en mi cabeza desaparecieron, al darme cuenta uno me decía que quitara la mano y amenazaba con un palo golpear mi cámara. Otro la jaloneaba, y otro colocaba un extintor (previamente tomado de una gasolinería) dentro de mi mochila, listo para activarlo, no recuerdo exactamente qué decían todos, pero sí la sensación: ya no estaba cubriendo la marcha, estaba tratando de salir de ahí…
Los segundos parecían horas, hasta que un fotoperiodista se acercó. Les dijo que yo era compa, que me dejaran. Entonces empezaron a reclamarle a él también.
“Será compa tuyo, pero de nosotros no” “A ver tú qué traes ahí” señalando su equipo
En ese momento, y ante las amenazas, lo más rápido fue ceder, les di mi memoria SD… con toda la cobertura del día.
No entendía nada, con las manos temblando me aleje de la escena, la marcha que exigía justicia también estaba decidiendo qué no debía ser visto.
En la escuela de periodismo te enseñan a contar lo que pasa. Pero nadie te prepara para cuando quienes están ahí no quieren que lo cuentes.
Cuando el derecho a la información no importa
Arantepacua sigue exigiendo justicia, y la sigue exigiendo con razones de sobra.
Nueve años después, la herida no está cerrada. Las disculpas públicas no han sido suficientes ni aceptadas como punto final. No mientras no haya responsables plenamente castigados. No mientras nombres como el de Silvano Aureoles sigan apareciendo en la conversación pública como parte de una deuda pendiente. No mientras la justicia siga siendo una promesa más fácil de pronunciar que de cumplir.
Pero en medio de esa exigencia también aparece otra pregunta: ¿qué lugar tienen quienes documentan lo que ocurre?
Porque una cosa es marchar. Otra, decidir qué puede verse de esa marcha… y qué no.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar: llamar la atención quemando camiones, patrullas o edificios, pero al mismo tiempo rechazar la cámara, exigir que se borre, impedir que ciertas escenas queden registradas.
Pero sí deja una pregunta abierta.
Porque si todos, en teoría, somos sujetos de derecho, a manifestarnos, a exigir justicia, a ocupar el espacio público, también lo somos a informar, registrar y contar lo que pasa.
El problema es que, en la práctica, esos derechos no siempre conviven…





