ACUEDUCTO | SAMUEL PONCE
Michoacán, cuál crimen de Estado
Al menos, hasta el momento, no hay indicios que la muerte del joven normalista Carlos Eduardo Castro Matías sea un crimen de Estado como lo sitúan algunos dirigentes de organizaciones sociales del territorio michoacano.
Y es que el termino crimen de Estado se contempla, jurídicamente hablando, como un delito perpetrado por autoridades de cualquier nivel, ya sea de manera directa o indirecta, a través de la instigación, complicidad o tolerancia.
Sin descartar tal hipótesis, hay otras líneas de investigación del normalista ejecutado más creíbles, desde un asunto meramente personal, incluyendo la parte pasional, hasta su involucramiento con el crimen organizado, entre otras tantas.
De 21 años de edad, de Pichátaro, estudiante de la Escuela Normal Rural Vasco de Quiroga, de la Tenencia moreliana de Tiripetío, Carlos Eduardo fue encontrado muerto en el municipio de Lagunillas, maniatado y con impactos de bala en la cabeza.
Si, una trágica muerte, tras días aciagos de búsqueda que dieron pie a una serie de manifestaciones y de acciones radicales, algunas injustificadas, como el bloqueo de accesos carreteros, también a un cúmulo de especulaciones, varias de carácter político, otras fantasiosas.
Si, si fue una muerte con sello criminal, de un cobarde ajusticiamiento, ante lo cual uno puede preguntarse una y mil veces qué hizo el joven normalista para ser sometido a tan cruenta muerte. No, se puede asegurar que pertenecía a un grupo delincuencial, tampoco lo contrario.
No, no hay demasiadas esperanzas del esclarecimiento de una muerte no anunciada, como no lo hay en otras tantas que van de manera exprés a los archivos judiciales y gradualmente al olvido social, pero, si, sería una buena señal situar realmente qué pasó.
CANTERA
Tiempos de una auditoria forense a la Fiscalía General de Michoacán, al igual que a tres más en el territorio mexicano; todas incómodas para la Federación.
CANTERITA
Toc, toc… Elecciones judiciales, si, si, iré a botar…
GOTEO
“Si un gay acepta al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”: Papa Francisco.





