Morena Michoacán: Cristobalazo a la vista
- El fantasma del agandalle histórico
En las mesas de café político de Morelia se respira una tensión que ya conocemos de memoria. El ambiente local siempre termina por reciclar sus peores vicios cuando se aproxima la hora de las definiciones absolutas. Hay un concepto muy nuestro, un regionalismo nacido de las entrañas de la izquierda, que hoy vuelve a susurrarse con fuerza.
Se trata del «cristobalazo», ese término que evoca la maniobra del agandalle y la imposición de las cúpulas partidistas. Un fantasma que recorre los pasillos de las sedes políticas y que amenaza con devorarse las promesas de transformación. La historia michoacana tiene memoria corta para los acuerdos, pero muy larga para las traiciones internas.
El pecado original de las tribus | Para entender el presente, hay que escarbar en el lodazal del pasado, específicamente en el convulso año de noventa y cinco. En aquel entonces, el perredismo estatal [PRD] vivía su época de oro, pero también el nacimiento de sus demonios organizativos. La caída prematura del priísta Eduardo Villaseñor abrió la puerta a una contienda interna que definiría el futuro inmediato.
Dos trenes caminaban a estrellarse de frente por la candidatura gubernamental en un proceso que prometía ser ejemplar y ciudadano. Por un lado marchaba el médico Roberto Robles Garnica, un hombre respetado que cargaba con la pureza ideológica de la izquierda. Por el otro operaba Cristóbal Arias Solís, un líder de masas, pragmático y sumamente calculador en sus estrategias.
Las urnas preñadas en el noventa y cinco | La jornada cívica del sol azteca terminó por convertirse en un burdo manual de todo lo que tanto le criticaban al priísmo. El grupo de Cristóbal Arias desplegó una maquinaria implacable que controló padrones, rellenó urnas y movilizó estructuras de forma corporativa. El fraude interno fue tan evidente que las bases fundacionales simplemente no pudieron asimilar la afrenta democrática.
Robles Garnica y sus huestes impugnaron, hicieron huelgas de hambre y gritaron a los cuatro vientos que aquello era una imposición. La dirigencia nacional, temerosa del colapso, prefirió validar el cochinero y sostener a Arias Solís contra viento y marea en el estado. No sabían que con esa decisión estaban bautizando un método y cavando su propia tumba en las urnas constitucionales.
La factura del orgullo herido | La militancia herida cobró una factura muy cara en noviembre de aquel mismo año, cobijando una silenciosa abstención o el voto de castigo. Víctor Manuel Tinoco Rubí, el abanderado tricolor, se alzó con el triunfo ante un perredismo fragmentado que no supo lamerse las heridas. Cristóbal Arias se quedaba con la candidatura pero perdía el estado, cargando para siempre con el estigma de la maniobra.
Desde entonces, en el léxico purépecha, el «cristobalazo» quedó definido como el acto de madrugar, traicionar y aplastar la voluntad interna de un partido. Es el arte de la cúpula que decide ignorar las encuestas o las urnas para colocar a sus incondicionales en el poder. Una lección de soberbia que cíclicamente regresa a cobrar sus respectivas cuotas a quienes intentan jugarle el dedo en la boca a la militancia.
La rueda de la fortuna del dos mil veintiuno | Dicen los clásicos de la política que el poder es una rueda de la fortuna y que las deudas históricas siempre se pagan en vida. Eso le ocurrió al mismísimo Cristóbal Arias Solís en el proceso interno de Morena rumbo a la gubernatura del año dos mil veintiuno. El viejo lobo de mar se sentía seguro, amparado por las encuestas que lo colocaban en la cúspide de todas las mediciones previas.
Las firmas nacionales, entre ellas la conocida Mitofsky, daban por un hecho que el senador sería el abanderado natural del partido guinda para suceder al silvanismo. Cristóbal ya se veía despachando en el Palacio de Gobierno, descuidando los hilos que se tejían en los sótanos de la dirigencia nacional en la Ciudad de México. El exceso de confianza suele ser el peor enemigo de los políticos experimentados.
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El trago amargo del propio veneno | La sorpresa llegó envuelta en un boletín de prensa y una conferencia de prensa dirigida por el entonces líder Mario Delgado. La dirigencia nacional de Morena anunció que el ganador de la opaca encuesta interna era el profesor y exalcalde Raúl Morón Orozco. El método de la encuesta resultó tan misterioso y secreto que nadie pudo meter las manos para verificar las metodologías aplicadas.
Fue entonces cuando Cristóbal Arias Solís provó, por primera vez en carne propia, el amargo sabor del «cristobalazo» que él mismo inventó. Enfurecido, acusó una imposición descarada desde el centro del país y rompió definitivamente con la estructura de la llamada Cuarta Transformación local. Se fue buscando cobijo en el partido Fuerza por México, pero el resultado electoral terminó sepultando sus eternas aspiraciones gubernamentales.
Las carambolas de la tragedia guinda | La ironía de aquel dos mil veintiuno no terminó con el desplazamiento del veterano senador en los tribunales del partido oficial. Raúl Morón Orozco tampoco saboreó las mieles del triunfo, pues el órgano electoral le arrebató la candidatura por omisiones financieras de precampaña. La tragedia del profesor se convirtió en la fortuna de Alfredo Ramírez Bedolla, quien entró de relevo y se quedó con la silla.
Esa carambola de tres bandas dejó sembrada una semilla de desconfianza profunda entre los diversos grupos que hoy cohabitan en el morenismo. Morón se quedó con la espina clavada y la firme idea de que el destino y la dirigencia le deben una revancha política inmediata. Hoy, con el reloj electoral avanzando sin detenerse, los mismos protagonistas vuelven a afilar los cuchillos bajo la mesa del consejo estatal.
El choque de trenes en la cumbre | El escenario que hoy se vislumbra para la sucesión al interior de Morena tiene todos los ingredientes para un nuevo y espectacular «cristobalazo». Los punteros de la contienda interna representan a dos visiones totalmente distintas del ejercicio del poder y el control de las estructuras públicas. Por un lado camina Raúl Morón Orozco, apalancado en su fuerte presencia en las encuestas de conocimiento popular en el estado.
Por el otro extremo opera Carlos Torres Piña, un estratega nato designado Fiscal General del Estado, quien domina las estructuras territoriales. El grupo moronista teme un manotazo institucional desde la estructura estatal para cerrarle el paso al profesor bajo el argumento de la renovación generacional. Para los seguidores de Morón, cualquier resultado que no lo favorezca será calificado de inmediato como un atraco operado desde las oficinas gubernamentales.
El laberinto de las aspirantes mujeres | Pero la ecuación política en Michoacán no se reduce únicamente a un pleito de dos hombres por el control de la estructura guinda. El factor de la paridad de género que impone la legislación electoral federal podría dinamitar cualquier acuerdo previo entre los grupos tradicionales. Si el centro del país decide que la candidatura debe ser para una mujer, el tablero saltará en mil pedazos de forma automática.
En esa trinchera femenina se mueven cuatro nombres que buscan afanosamente colocarse en el ánimo de la doctora de Palacio Nacional. Fabiola Alanís Sámano encabeza las preferencias en este sector, cobijada por su larga trayectoria en la izquierda fundacional y el aparato federal. Su postulación sería vista por el ala más pura del partido como un acto de justicia ideológica frente a los advenedizos del pragmatismo.
Las cartas legislativas y gubernamentales | En ese bloque femenino, Fabiola Alanís Sámano aporta trayectoria y el respaldo de la izquierda tradicional, mientras Gladys Butanda Macías y Gabriela Molina Aguilar consolidan sus perfiles institucionales. A ellas se suma la senadora Celeste Ascencio Ortega, quien capitaliza las agendas de inclusión social y los derechos de los pueblos originarios. La suma de estos cuatro nombres diversifica la baraja política frente al tradicional pragmatismo de los grupos dominantes del estado. La decisión final sobre este bloque de aspirantes definirá el rumbo de la paridad en la entidad.
La competencia entre estas cuatro cartas femeninas añade una enorme complejidad al proceso de selección de la dirigencia nacional de Morena. El peso de las estructuras locales que respaldan a Butanda y Molina choca directamente con la proyección que ostentan Alanís y Ascencio. Este equilibrio de fuerzas impide que un solo grupo cante victoria de forma anticipada antes de las encuestas oficiales. El enlace en este sector será clave para contener o detonar una ruptura mayúscula en el territorio.
Las señales del madruguete que viene Los indicios de que el proceso interno guinda terminará en un sonoro «cristobalazo» están a la vista de todo aquel que quiera verlos. El uso de las encuestas cerradas y sin auditoría externa vuelve a ser el método elegido por la dirigencia nacional para procesar la designación. Esa falta de transparencia es el caldo de cultivo ideal para que el perredismo de antes resucite y el perdedor acuse un fraude interno.
La división entre la estructura del gobierno del estado y los comités que respaldan al moronismo es ya una realidad inocultable en los municipios. En cada rincón de Michoacán se nota que la guerra sucia y las descalificaciones mutuas van subiendo de tono conforme se acercan los plazos oficiales. Alguien va a salir muy raspado de este juego de vencidas donde nadie parece estar dispuesto a ceder un solo milímetro de terreno.
El veredicto de la historia local La gran interrogante que se discute en los pasillos políticos es quién terminará operando el «cristobalazo» y quién será la víctima en turno. Si Torres Piña o una de las funcionarias se queda con la postulación, Morón gritará que le volvieron a robar su derecho histórico. Si Morón se impone, el grupo en el poder estatal sentirá que le entregaron el futuro del estado a una corriente abiertamente opositora interna.
Lejos de ser un simple recuerdo de las viejas mañas del perredismo, este concepto se ha convertido en el destino manifiesto del morenismo local. Michoacán se encamina a una de sus elecciones internas más complejas, donde la sombra de Cristóbal Arias Solís parece reírse desde el senado. Ya lo veremos, pero las cartas están echadas y el aroma a ruptura interna se percibe cada vez más cerca del acueducto.
La estocada final Al final del día, las encuestas de Morena suelen parecerse a los trucos de magia fina: todos aplauden, pero nadie sabe de dónde salió el conejo. Si la cúpula decide aplicar la vieja receta del agandalle, el partido guinda confirmará que la herencia política del estado es incorregible. La militancia ya afila las uñas y los contendientes miden el grosor de la armadura ante el inminente golpe de autoridad.
Quien ignore el pasado estará condenado a repetirlo en las urnas constitucionales, donde el electorado michoacano no perdona las burlas ni los dobles discursos. El «cristobalazo» está en el aire y la verdadera encuesta se medirá en la capacidad de contener los pedazos rotos del espejo interno. Al tiempo, que los platos rotos siempre los termina pagando la base que creyó en la prometida democracia.
CANTERA
No hay mucho que decir de las encuestas políticas electorales sobre los aspirantes morenistas al Gobierno de Michoacán: 1.- De los hombres, Raúl Morón Orozco y Carlos Torres Piña son los únicos que hace el uno y el dos, de manera oscilante; 2.- De las mujeres, Fabiola Alanís Sámano y Gabriela Molina Aguilar son las más encumbrado por encima de Gladys Butanda Macías y Celeste Ascencio Ortega. ¿A esperar el cristozabalzo?
CANTERITA
Toc, toc… De lo que se quejan alcaldes moronista también lo sufren los bedollistas; representantes en el estado del Gobierno de Michoacán hacen menos a los segundos…
GOTEO
Michoacán, al igual que el de las kuarichas, quedará impune la muerte violenta de los guardias civiles; si, es pregunta…





