Choferes, la otra cara…

Morelia/ Redacción

En todo este tiempo, ninguna autoridad ha acudido a Turícuaro. Ni se ha enviado a la policía a retirar los vehículos. El temor a un derramamiento de sangre, como admiten las autoridades estatales, les frena. “Sería una victoria pírrica”, afirma el secretario de Gobernación. Bajo esta premisa, el santuario normalista, como tantas otras cosas en Michoacán, permanece impune.

Israel, Miguel Ángel, Gabriel y Martín lo saben bien. Llevan cuatro meses atrapados ahí. Son conductores y no se separan de su vehículo. Hacerlo podría suponer perder su trabajo. Y huir acarrearía algo mucho peor. “Nos balacearían y luego quemarían los camiones”, explica Gabriel.

Encerrados en esa trampa kafkiana, los cuatro, junto a otra decena de chóferes, han decidido aguantar lo que haga falta. “Yo espero que en dos meses podamos salir”, aventura Miguel Ángel. Ante sus palabras, sus compañeros sacuden la cabeza. No lo creen. Han visto pasar el tiempo y se sienten abandonados. Primero les quitaron los vehículos, luego su mercancía.

“Mire, nos tienen secuestrados, saben que no podemos abandonar el vehículo, porque nuestros jefes nos podrían despedir e incluso acusar de complicidad. Y además, que nadie se engañe, van robando el material que transportamos. Aquí no hay ideales, hay negocio”, sentencia Israel. Tiene dos hijas pequeñas y una esposa en Morelia. Echa de menos la ciudad. Desde el 5 de julio, duerme y vive en su Kenworth de doble remolque. Una bestia capaz de cargar 54 toneladas de cemento. Sabe que cualquier día desaparecerán. Se le ve cansado. Cada mañana, al levantarse, se encamina a un pozo a lavarse. Dice que pasa frío y que muchos lugareños le muestran rechazo. “Hay quienes ni nos quieren vender comida, prefieren que nos marchemos para hacerse sin problema con la carga”.

No todos los vecinos son así. Algunos se compadecen de los chóferes. Pero no se atreven a decir nada en voz alta. “Tengan cuidado ustedes también, no les vayan a quemar el coche”, dice a escondidas una mujer indígena. Luce un vestido de flores y un collar metálico que brilla como un sol. Parece que quiere hablar, pero cuando advierte que la patrulla vecinal se acerca, desaparece. Los chóferes también bajan la voz. A su paso, todos callan y bajan la cabeza. El Estado también.