Uruapan/Martín Equihua
Audelia cuenta que “La Celsa ciega” fue abuela de su esposo Pancho. Dormía con ella, después de dejar la cama de las cuñadas. Era un cuarto de ciegos, donde los olores de Celsa colmaban la escena del pequeño espacio. Tampoco fue de su agrado.
Celsa quedó ciega el día en que le nació María, madre de Pancho, tal vez porque fue producto de la relación prohibida que tuvo con el señor cura José Martínez, quien iba a esa casa a decir misa, y poco a poco conquistó a la pequeña con sermones bíblicos y ojos pícaros.
Alguna vez, Eulalia le preguntó a Celsa si no le había dado vergüenza su relación pública con un ministro de Dios que había jurado mantenerse célibe para toda su vida, y ella le contestó que no, porque en realidad él sólo quería calentarle los pies, pero como se hacía muy pronto de noche con esas caricias, se quedaba a dormir con ella, y la temperatura humana tenía que atenderse como se ha atendido siempre, desde el amanecer de los tiempos, antes y después de los títulos honorarios y de las jerarquías de cualquier índole.

La gente del rancho apoyó al señor cura y no vio mal esa unión, sobre todo porque siguió dando misas y confesando a otros pecadores; pero más aún, porque respondió como hombrecito y nunca negó su relación con Celsa, a quien, de hecho, tomó como su mujer.
Al parecer, el cura José Martínez, que algunos aseguran que fue español, “era el jefe”, pues hacía en el pueblo lo que le venía en gana, con la facilidad de un sacerdote. La gente pensaba que siendo representante de Dios cuanto hiciera estaba bien. Cuando lo trasladaron a otro lugar por orden eclesial, le dejó de herencia a su hija María, una casona en donde décadas después nacería Francisco Palafox y sus hermanas, y más tarde, se abriría para la esposa que compartió los últimos suspiros de Celsa, que desde muchos años antes había quedado reducida a un fantasma ignorado.
DESPOJO DE TIERRAS
Audelia y sus hijos, Jesús y Sara, y su descendencia, no olvidan lo que para ellos fue un “despojo”, en la expropiación de sus tierras por la política cardenista, dejándoles sólo una loma improductiva, por lo que tuvieron que refugiarse en el rancho El Chupadero. Aseguran que esa medida, además de ser arbitraria y no compensatoria, porque nunca recibieron la indemnización que correspondía, implicó también el desmantelamiento de unidades de producción efectivas, para entregarle la tierra a campesinos perezosos que sólo destruyeron la economía rural para beneficio de unos cuantos. Ilustran ese proceso con las haciendas de los legendarios Cusi, de Nueva Italia.

Al poco tiempo, la disputa de sus tierras entre líderes agraristas, “terminó en una matazón de unos con otros”, y esa es, para decirlo de algún modo, el balance de la reforma agraria cardenista de esta señora de un siglo.
Ni ella ni sus hijos conceden que la concentración de la tierra, en unas cuantas manos, fue la chispa que encendió una revolución que regó de sangre el país, y que una vez apaciguada, la promesa de tierra y libertad quedó como eso, una promesa incumplida, hasta que el General Cárdenas emprendió una reforma agraria mediante la que se repartieron más de 20 millones de hectáreas, lo que ciertamente molestó a más de uno… pero eso es otra historia. “Fue un despojo. Eso fue”, concluye ella, con su jerarquía centenaria.

Audelia no tiene de qué arrepentirse, ni en lo hecho ni en lo dicho durante sus diez décadas; y menos tiene prisa de nada. Por eso: “aquí seguiré, viviendo, mientras me soporten… que ponme los zapatos, que cobíjame, no me cobijes… tal vez es un sacrifico para mi familia. No sé”.






