Acueducto | Samuel Ponce Morales
A ocho años del levantamiento armado de civiles en la región michoacana de Tierra Caliente, en el inicio de una lucha para quitarse los pies de la yugular del crimen organizado que había llegado a estadios sanguinarios y ante la debilidad y/o complicidad institucional, hoy en día hay más interrogantes que nada, pero una de las principales es el por qué fueron abruptamente abortadas, acompañadas de una encarnizada campaña oficialista de desprestigio, tras impulsarlas, fortalecerlas y utilizadas como carne de cañón.
Fue un estúpido aborto, más porque la dispersión que no la desaparición de las autodefensas no fue a la par de una verdadera estrategia oficial para impedir el resurgimiento de las células del crimen organizado, solo el maquillaje de la toma del control gubernamental de la región, a través simulados operativos de patrullajes, para después hacerse a un lado, dejando nuevamente a poblaciones enteras a merced de la recomposición de quienes huyeron despavoridos por la impetuosidad del movimiento civil armado.
En estos días, de qué sirven erigir o que estén en la región un sin número de sedes de la Guardia Nacional, del Ejército Mexicano, de la Armada de México y de la Policía Michoacán cuando hay comunidades, poblados, municipios acotados por la delincuencia organizada, sitios en que los integrantes de las fuerzas armadas no han sido capaces más que de incursionar, más que de limpiar el área, de establecerse el tiempo suficiente para que se recupere y se garantice la continuidad de la seguridad pública de los habitantes.





