Morelia/Vianey J. Cervantes
Silvia Saavedra es una mujer de 63 años, originaria de Zacapu y que vive en Morelia desde hace ‘tan solo’ 46 años. Ella vino a Morelia con su mamá trabajar, después de la muerte de su padre, hoy, es una profesora jubilada. “Yo me jubilé allá por el 2003, era maestra de español en una secundaria…”.
Sus ojos son grandes, rodeados de pequeñas arrugas que lejos de acentuar la edad, solamente acentúan la fiereza de su mirada azul. Llegó a trabajar como peluquera, me dice. Los peinados de los cincuenta se los enseñó su madre, quien aún vive y tiene 89 años, “90 en noviembre de este año y sigue zapateándole a la vida”. Su sonrisa es pequeña pero sincera, sus pómulos se marcan sutilmente y su blusa color azul cielo resalta su mirada, sus labios son rojos y de su cuello cuelgan al menos dos collares; en su mano izquierda aún lleva el anillo de bodas, aunque, me dice, su esposo falleció desde 1990.
Le pregunto sobre su vida, su historia. Coloca su mano en la barbilla y sonríe ligeramente, “¿pues qué te digo?”, ríe, “Me casé a los 18 años, tengo 5 hijos, tres mujeres y dos hombres, pero pues ahorita ya se me murió uno, el primero, Héctor; se me fue por diabetes y también su hijo, mi nieto, se nos fue”, en su rostro, este recuerdo trae pesar, de pronto sus ojos antes alegres se tornan ligeramente sombríos, y recuerdo las palabras de mi madre y mi abuela: “Cuídate, ninguna madre debería ver morir a sus hijos”.
“Mi mamá era peluquera, y de tarde noche trabajaba en un bar, yo recuerdo que cuando ella se iba yo salía corriendo tras ella, llorando porque se iba… Esa anécdota me la recuerda cada vez que tardo en ir a visitarla jaja”, recupera su alegría con este recuerdo.
Me habla ahora de su padre, Jesús Conejo, de quien dice, no lo conoce ni lo recuerda… “solo había una foto de él, pero ya no existe, se perdió entre tanta mudanza. Creo que mi mamá tiene una, pero jamás la presta”. Lo único que recuerda es cómo murió… “él era taxista y tuvo un accidente allá por Pátzcuaro, creo que yo tendría 9 o 10 años”.
Sus hijos son adultos, el menor de ellos tiene ya 29, son 5 hijos y 8 nietos, en su familia, hay al menos 4 primos con gemelos y dos de sus hijas tuvieron embarazos gemelares y casi simultáneamente “yo les dije que cómo se les ocurre hacerme esto, si la que las tiene que estar ahí cuidando soy yo y su otra hermana, por eso cuando se aliviaron, con dos meses de diferencia, primero me fui con una y a la otra la traje a mi casa con todo y marido, pu’s ya qué”.
Le pregunto sobre cómo es la relación con sus hijos, “mi hijo, que en paz descanse, se enfermó desde muy joven, pero pues era un flojo, no hacía nada. Yo le decía que se cuidará, que dejará de comer tanta carne, tanta coca… al final, su hijo le siguió los pasos, primero fue mi nieto, y al año mi hijo, los dos de nombre Héctor… Ya les dije a mis nietos que nunca usen ese nombre otra vez”.
Saca de un bolso colorido un abanico color rosado, y comienza a abanicarse, continúa entonces: “Mis otros hijos son muy buenos, unos viven en el norte, otros en Estados Unidos, pero me mandan mi pensión, digámosle así, y siempre me procuran por si me falta algo, que gracias a dios pues casi no les pido nada, con mi casita, mi pensión y el apoyo que ya me dan la paso bien”.
Me mira sonriente, en el estrado casi es hora de comenzar de nuevo y finalmente le preguntó qué es para ella ser una persona de la tercera edad (sin ofender) en México, cierra los ojos, como pensando y sonríe con unos dentadura completa y cuidada: “Yo digo que la edad se lleva en el corazón, si me dices ‘de la tercera edad’, pues me siento ya una viejita acabada, pero no, yo soy joven y estoy feliz, mis hijos son licenciados todos, y es una edad para disfrutarse, a uno mismo y a los nietos. Me siento orgullosa de haber logrado lo que logré y sin mi marido, fíjate. Espero que me vean mis hijas como ejemplo, una solita puede, nomás hay que ch…garle poquito”. Se ríe ahora, pero con más fuerza.
Me despido sintiendo que hablé con una leyenda de la vida, una superviviente orgullosa de sus huellas. Me pregunta a mí por mis padres y me dice que “cada domingo hay bailes para personas grandes” cerca de la Plaza Morelos, “por si le quiero decir a mi mamá, porque uno MERECE (y me lo recalca) esos gustitos”, luego me recuerda algo: “Acuérdate lo que dijeron, el cambio se hace en casa”, me guiña un ojo y me despido, ella se queda en el auditorio y yo salgo por la puerta principal.





