Cortadores de limón trabajan entre minas, miedo y pobreza

Cortadores de limón trabajan entre minas, miedo y pobreza
Imagen Mauro Díaz | Acueducto

Apatzingán, Michoacán.- A las cuatro de la mañana, cuando la mayoría todavía bosteza y gran parte de Apatzingán sigue dormida, bajo el monumento a Lázaro Cárdenas, comienzan a reunirse hombres y mujeres que no esperan milagros, esperan una camioneta que los lleve a las huertas, esperan un jornal, y peor aún, esperan, sin decirlo, regresar vivos.

Todavía no amanece cuando parten hacia los limonares, mientras la oscuridad apenas deja ver el camino, pero ellos lo conocen de memoria, lo han recorrido tantas veces que saben dónde empieza el campo, dónde termina el asfalto y dónde comienza ese territorio donde la tierra puede esconder algo más que raíces.

En Tierra Caliente el miedo dejó de ser una emoción para convertirse en parte del paisaje, pues aquí una mina explosiva puede estar enterrada entre los árboles, junto al sendero o debajo del siguiente paso. La violencia ya no sorprende, simplemente acompaña la jornada.

Los jornaleros hablan poco mientras esperan, algunos toman café, otros encienden un cigarro, pero todos cargan el mismo pensamiento, aunque nadie lo pronuncia: el trabajo que les da de comer también, pero puede quitarles la vida.

Francisco Javier rompe el silencio con una serenidad que estremece más que cualquier grito. Habla como quien lleva demasiado tiempo conviviendo con el miedo y terminó aceptándolo como parte del salario.

«Pues ahora sí que cuando le toca a uno, pues ya qué más. Sí hay temor entre nosotros, pero la necesidad finalmente es la que manda. Tenemos que trabajar para comer porque ahorita, en las aguas, se agota el trabajo por todos lados», comenta.

No habla de valentía, habla de hambre, porque en esta región la necesidad pesa más que cualquier advertencia y obliga a caminar por senderos donde otros ya perdieron una pierna o la vida.

Como si el miedo no bastara, también está el precio del limón, ya que, cuando el mercado se llena, el cítrico pierde valor y los primeros en resentirlo son quienes viven de cortarlo.

«Muchas de las veces los huerteros dan por mitad. Se quedan ellos una mitad y la otra nos la dan a nosotros para ganarnos un pesito para comer. Ahorita se puede decir que gano unos 300 o 400 pesos al día. Es un 400 pesos al día; sí es poquito», señala.

Cuatrocientos pesos alcanzan apenas para sobrevivir, y es el precio de desafiar minas, serpientes, lluvia y caminos donde nadie puede garantizar que el regreso esté asegurado.

Cuando llegan las lluvias, el cielo también parece ponerse en contra, pues el barro vuelve intransitables las huertas y el limón ya no puede cortarse, entonces, la jornada termina antes y el ingreso se reduce todavía más.

«Si está lloviendo ya no puede uno cortar. Se pone muy lodoso y el limón se llena de lodo. Si empieza a llover temprano, pues ya no se puede seguir», detalla.

Cada hora perdida significa menos comida en la mesa. El agua no sólo moja la ropa, también vacía el bolsillo de quienes viven al día.

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Salvador Prado González lo resume con la sencillez de quien lleva toda la vida trabajando la tierra, pues mientras espera la camioneta que lo llevará otra vez a las huertas, reconoce que no existe otra opción.

«Cuando está lloviendo se siente feo porque nos agarra el agua, pero tenemos que trabajar todos acá para comer. Vivo de la chamba. De ahí voy a sacar para comer. Tengo que trabajar de ley, porque si no trabajan, no comen», dice.

Cuando hay buena producción puede ganar entre 400 y 500 pesos, pero incluso el desayuno suele convertirse en una deuda que terminará descontándose del salario.

«Cuando no traes para un café, te prestan para que vayas a almorzar. A veces cien pesos. Ya cuando terminas de cortar se van a pagar. Si pides para lonche te rebajan lo que te prestan», narra.

Después baja la mirada hacia el suelo; quizá porque sabe que debajo de esa tierra también puede estar escondida la muerte.

«Sí da miedo por las minas. Ya ve que ha habido casos. Pero algún día nos va a tocar la bolita. No sabemos ni cuándo ni dónde, pero nos va a tocar. Tenemos que llegar ahí. Si nos saca una muerte repentina, pues qué mejor», expresa con cierta resignación.

La frase queda suspendida unos segundos; nadie responde, no hace falta, en Apatzingán todos conocen a alguien que no volvió del campo.

Alma Delia Chávez Ríos también espera transporte, y a su lado está su hija pequeña, porque no tiene con quién dejarla. En las huertas los niños también aprenden demasiado pronto que el miedo puede esconderse entre los árboles.

«Sí tenemos miedo a que nos pase algo ahí por las minas. Sí nos da miedo traerla, pero no tengo con quién dejarla tampoco. La tengo que traer. No la dejamos que se retire mucho porque está chiquita y no sabe», explica.

Su salario ronda los 300 pesos diarios cuando hay trabajo suficiente, pero las lluvias también reducen la cosecha y con ella desaparece buena parte del ingreso familiar.

«A veces unos 300 pesos, a veces menos y a veces un poquito más, dependiendo de la temporada. Ahorita está más escaso. Nos mojamos y no hay limón. A veces no nos alcanza. Vamos al día», detalla.

Después pronuncia una frase que resume la vida de cientos de familias jornaleras en Tierra Caliente:  «Corremos todos un riesgo. No sabemos a dónde vamos y tampoco sabemos cuándo vamos a salir. Pero que lleguemos…, quién sabe».

Cuando se le pregunta por las autoridades, la respuesta llega sin rodeos: «Esas nomás andan por las puras carreteras. Si se metieran al campo como uno, verían la situación. Pero como no se meten, no ven nada de lo que uno vive. No tienen ni idea».

Mientras los discursos oficiales hablan de operativos y estrategias, en las huertas siguen apareciendo minas, víboras de cascabel y caminos donde una explosión puede cambiar una vida para siempre.

Enrique Anaya lo sabe mejor que nadie; sobrevivió a una mina cuando iba a trabajar, pero después tuvo que pagar de su bolsillo medicamentos, traslados y parte de su recuperación.

Y mañana, cuando el reloj vuelva a marcar las cuatro de la mañana, decenas de jornaleros regresarán al monumento a Lázaro Cárdenas para esperar otra camioneta; volverán a internarse entre los limoneros, donde el fruto huele a esperanza, pero la tierra todavía guarda la pólvora de una guerra que nunca eligieron vivir.