60 años sin María Elena…

Vianey J. Cervantes

Erongaricuaro/Vianey J. Cervantes

Amelia Martínez Pedraza es una mujer de ochenta años, su caminar es lento y sus ojos, pequeños y rodeados de arrugas, son tristes y algo melancólicos.

Con huaraches negros y rebozo a juego, caminaba por la madrugada entre aquel camino de cempasúchil que bordeaba la entrada al templo del pueblo. Tenía su cabello en una larga trenza que colgaba a su espalda, meciéndose al son de sus pasos.

Su oído no es muy bueno, pero su memoria sí. Ella está rezando, como cada año, por el recuerdo de su hija María Elena, quien falleció hace ya más de sesenta años. “Era una niñita bien chula de seis añitos cuando se me murió”, me dice, no sin entrecortar su voz, “tenía su cabello largo y café, chinito, salió mucho al papá, pero era bien noble mi niña, siempre me ayudaba a recoger las naranjas y los limones”.

Aunque también reza por su madre y otros dos hijos, quienes perdieron la vida, uno muy joven, “apenas con 30 añitos se me murió de cirrosis” y el segundo, ya mayor, pasados los 60 años, en un accidente automovilístico, afirma que su principal oración siempre va a su hija.

“María tenía los ojos verdes como su papá, era la primera de mis hijos, la única niña. Tuve siete hombres después, el segundo es el que se me mató en el carro, y el menor fue el que se me murió por borracho”, narra, “solo el mayorcito la conoció, pero ya no se acordaba, él era un bebé cuando me dejó María Elena”. Se detiene un poco y se acomoda el rebozo, la falda que usa es de color azul cielo y su blusa blanca con bordados de colores. De sus labios sale el vaho ocasionado por el frío del lago y la sierra.

El viento cala y ella desea ir a casa.

Antes de despedirse, habla un poco más de María Elena, cuya vida se vio cortada por una enfermedad que hoy en día no pide más que un antibiótico.

“Estaba muy chica, yo también era todavía una niña. Mi esposo, que en paz descanse, estaba en Estados Unidos, no supe que hacer ni tenía dinero. La niña se me murió en la cama donde todavía duermo, no se me olvida su carita sudorosa y sus ojitos verdes tan chulos, perdidos y sin ver nada (…) nunca tuve otra niña, se me fue ella y no volvió”, dice. Sus ojos pequeños se llenan de lágrimas y las seca antes que rueden por sus mejillas. “Allá en la casa le tengo su ofrenda, su taquito de espinaca que todos los días le daba”.

“Le rezo más a ella porque fue mi única niña, y porque era un angelito, nunca entendí por qué el señor me la quitó tan chiquita, al menos los otros ya eran adultos, hicieron su vida; pero María Elena era un cosita así – hace un gesto con su mano, refiriéndose a la corta estatura de la pequeña-  espero la tenga Dios en su santa gloria; ya me pasé la vida extrañándola y ya casi me voy a encontrarla”, suelta un gemido, entre risa y llanto.

“Todos mis hijos me llenaron de nietas, pero solo una de ellas se parecía a mi niña María Elena. Ya es una muchacha de 35 años, ya cambió mucho, yo no sé cómo sería mi hija, pero ya no me la recuerda”, cuenta.

Finalmente, me dice que tiene solo un retrato de la pequeña cuando tenía 4 años, tan descolorido y deshecho que lo guarda como un tesoro al fondo de su ropero, en una cajita donde se esconden los trozos de cabello de sus hijos, algunas fotos, y dos o tres recuerdos de sus 17 nietas y 4 nietos.

Se aleja a paso lento calle arriba, sin miedo ni inseguridad, en aquel pueblo con menos de tres mil habitantes todos se conocían y cuidaban; y si no era así, la niebla poco a poco se tragó la figura de Amelia, imposible de encontrar a la distancia.