Una mujer en la guardia comunal de San Matías El Grande: la historia de Rosa María.

Imágen Alfredo Soria/ACG

Por: Alfredo Soria/ACG.

Morelia, Mich.- En San Matías El Grande, comunidad otomí de Ciudad Hidalgo con tradición de autogobierno, la presencia de una mujer como guardia comunal todavía sorprende. Desde hace un año, Rosa María García Eusebio, de 29 años, forma parte de este cuerpo encargado de la vigilancia, la mediación de conflictos y la seguridad del pueblo. Su decisión no ha sido fácil, pero hoy representa un cambio en la vida de su comunidad.

La historia de Rosa comenzó marcada por la responsabilidad temprana. A los 21 años se convirtió en madre soltera después de que su pareja la abandonara en pleno embarazo. “Todo mi embarazo me la pasé trabajando”, recuerda. Alternaba empleos en el mercado de Ciudad Hidalgo y en un taller de muebles para sostener a su hija y a sus padres. “No podía quedarme quieta porque ellos dependían de mí”, dice.

El ingreso a la guardia comunal se dio gracias a un sobrino que la animó. Aunque al inicio dudó, pronto se convenció de que podía aportar. “Me gustó porque podía ayudar a mi comunidad”, cuenta. Desde entonces, ha aprendido a enfrentar no solo los riesgos del trabajo, sino también los prejuicios.

Los primeros meses estuvieron llenos de comentarios en su contra. “Me decían que, como soy mujer, nada más iba a estorbar”, relata. La mayoría de sus compañeros eran hombres y, en la comunidad, no faltaban las burlas. “Antes me veían mal, como diciendo: qué hace ahí, entre puros hombres”. Sin embargo, Rosa optó por demostrar con hechos que podía cumplir sus tareas. “Cuando hay problemas o algún riesgo yo no me quedo atrás. Me voy con el encargado, caminando al frente, y a veces los que me criticaban son los que se quedan atrás”.

Ese contraste fue poco a poco cambiando la percepción. Hoy siente que la relación con la comunidad es distinta. “Ahora me saludan diferente, reconocen lo que hago. Y eso me da fuerza para seguir”.

El trabajo no deja de tener riesgos. Rosa admite sentir miedo, pero no por eso se detiene. “Siento miedo porque sé que mi familia depende de mí, pero no por eso me voy a rajar”. Su hija y sus padres son la razón que la impulsa. “Si me caigo, ellos se caen conmigo. Por eso siempre me levanto y sigo”, afirma con firmeza.

Además de sus labores en la guardia, conserva el vínculo con los oficios que aprendió de su familia: el barro, la alfarería, el tejido y el punto de cruz. Aunque no se considera artesana, reconoce que esas prácticas forman parte de su vida y su identidad. Sueña con estudiar enfermería, aunque por ahora sus prioridades están en sostener a su hija y cumplir con sus responsabilidades comunitarias.

Con el tiempo, Rosa ha descubierto que su decisión ha tenido un efecto inesperado. “Me dicen que les gustaría entrar también, que les da gusto ver que no me rindo”. Varias mujeres jóvenes la han buscado para expresarle su admiración. Ella responde con aliento: “Siempre hace falta el apoyo de una mujer. Somos más rápidas para resolver y no nos complicamos tanto. Yo les digo: si quieren meterse, háganlo, no se queden con las ganas”.

Aunque asegura que nunca ha querido llamar la atención, reconoce que su camino puede abrir puertas. “Yo siento que sí voy abriendo camino para otras. Tal vez mañana no sea la única mujer en la guardia. Y eso ya sería un cambio para todas”.

La historia de Rosa María se enmarca en el Día Internacional de la Mujer Indígena, que recuerda las luchas y aportes de las mujeres en sus comunidades. Su testimonio refleja que los cambios también nacen desde lo cotidiano, con decisiones valientes que transforman realidades y siembran nuevas posibilidades para las generaciones que vienen.