Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán | Redacción ACG.- El sonido de la gente se pierde entre una banda que avanza hacia la Parroquia de San Judas Tadeo, allá, al Sur de Morelia. La tarde cae despacio sobre la colonia Colinas del Sur, mientras cientos de fieles caminan cuesta arriba por la avenida La Joya, rumbo a ver al santo.
Algunos cargan figuras grandes envueltas en listones; otros, flores, cuadros y veladoras que apenas resisten el viento; todos llevan algo en las manos, pero más en el corazón, aguantando un par de horas para entrar al templo solo unos momentos.
El 28 de octubre; el sol se oculta y la luz de los puestos de comida a las afueras rebota en las túnicas verdes y doradas de los creyentes, la procesión avanza entre gritos, rezos y música de banda, antojitos y vendedores que ofrecen «Azulitos» en vasos de plastico. En lo alto, las campanas anuncian la ultima misa de las 7 de la tarde, dedicada a los devotos de San Judas.

Cuesta arriba para ver a San Judas
El amarillo y el verde dominan el paisaje. Desde niños vestidos del santo hasta jóvenes con playeras estampadas con su rostro, todos buscan parecerse un poco a San Judas; en el atrio, los fieles se amontonan para entrar.
El padre Abel Montoya Chávez bendice a los asistentes uno por uno, «Desde el sábado pasado hemos recibido más de cuarenta mil personas», comenta. «Pero lo más hermoso no es el número, sino la devoción. Ojalá algo de San Juditas se les quede en el corazón».
Fuera del templo, la verbena continúa. La música se enreda con las voces y los pasos. Los rostros cansados parecen aliviados apenas cruzan la puerta del templo.
Entre los pasillos, Jonathan y Yoleth reparten pulseras con la imagen del santo. «Al principio queríamos venderlas, para sacar un poco de dinero», confiesa Jonathan, «Pero ya aquí sentimos que no estaba bien. Hacer negocio con la fe no es correcto y mejor las regalamos, es nuestra manera de agradecerle».

Milagros en la memoria
Más adelante, Bernardo González luce una túnica verde y un medallón dorado sobre el pecho, acompañado de una gorra verde amarilla, nos cuenta que «Hace quince años se me apareció, yo no sabía quien era hasta que lo vi en el templo», asegura. «Intenté cruzar a Estados Unidos y no pasé. Iba triste, y en un cerro nevado se me apareció. Me señaló el camino. Desde entonces no falto. Él me ha ayudado con salud y trabajo».
Entre la multitud, Brayan Velázquez, de 25 años, carga una figura de dos metros, asegurando que fue una promesa la figura, pues fue San Judas quien lo ayudo cuando se quedo sin trabajo, aunque desde los 10 años le es fiel.
El cronista Lorenzo Velázquez Hernández, de la Tenencia de Santa María de Guido, cuenta que la parroquia tiene poco más de una década concluida, aunque la devoción data de los años ochenta. “El primer templo era de madera y cartón”, recuerda.
«Todo comenzó con el padre Luis Cano Carús, un benedictino que trajo la imagen desde San Hipólito, en Ciudad de México».
Con el tiempo, la celebración creció hasta desbordar las calles de Colinas del Sur, creando una religiosidad popular que va más allá de la doctrina, según explica.
En punto de las nueve de la noche, el cielo se iluminó con el castillo de fuegos artificiales que marcó el cierre de la celebración. El estallido de luces reunió a cientos de devotos que, entre aplausos y plegarias, miraban al cielo buscando una señal del santo de las causas difíciles.
A esa hora, la fila seguía viva, decenas de personas que aún quería entrar al templo. Adentro, los monaguillos, catequistas y el padre Abel Montoya continuaban bendiciendo figuras, mientras la devoción se negaba a apagarse, incluso después de que la fiesta terminara.






