Tlalpujahua, Mich. | Samuel Ponce | Acueducto Online.- La tarde caía, agotadoramente vencida, pero no bastó el anochecer para visualizar un pueblo mágico con el halo navideño imaginado.
Claro, claro, era jueves, no exactamente un fin de semana en que la gente se arremolina alrededor del corazón de este pueblo, alguna vez minero.
Quizá por ello, solo había destellos de ese halo, no así de la erguida imagen del vetusto edificio del santuario de la señora del Carmen, que por doquier abanica las miradas.
Al fin, la noche aparece en plenitud. Y, en el camino, en el lerdo andar, hacia un maravilloso lugar, a un fragmento del Polo Norte, uno se tropieza con otro rostro, el de la realidad.



Si, en la anual puesta de la feria de la esfera, decenas de informales se asientan amorfamente, pequeños comerciantes mezclados entre sí, entre vendedores de esferas y de chucherías.
Y, en ese recorrer, breve, brevísimo, inevitablemente uno se enfrenta a la nada insinuante coquetería de la resplandeciente Casa de Santa Claus.
Ahí, como dice Diana Patricia Montemayor, podrás encontrar “desde una minúscula esfera que tímidamente destella con la luz, hasta piezas enormes y pinos decorados con listones y escarcha”.
Al llegar a ese fragmento, al del imaginario Polo Norte, uno se contrae, queriendo o no, se adentra al mundo nostálgico que mayoritariamente da la Navidad.





