Morelia, Mich. | Montserrat Herrera/Acueducto Online.- Desde un rincón de la mercería artesanal de Zipiajo, Coeneo, una mujer cosía rápidamente una camisa de hombre, poniéndole un detalle fino a cada costura.
“Esta es la parte de la espalda”, me decía mientras unía las piezas de tela con el hilo blanco de algodón. Mientras hacía los dobleces, me contaba su historia.
María Guadalupe Silva, una mujer de más de 40 años, se ha dedicado durante 7 de ellos a la costura; antes, el coser era más tardío y complicado, pues todo era a mano, pero se volvió fiel amiga de la máquina de coser una vez que llegó a sus manos.
Para María, las máquinas de coser eran algo desconocido, pero gracias a que la empresa que las fabrica le proporcionó un curso de capacitación a ella y a sus compañeras, María crea camisas a una gran velocidad sin perder el detalle de la calidas.



— ¿Qué fue lo que la hizo meterse a la creación de las prendas?
— Primero me enseñé en los mandiles, veía a mi mamá que ella hacía los mandiles, yo los hacía y ya cuando vi que ella se metió al grupo de las costureras yo también me metí a ver qué es lo que hacían. En la casa de las artesanías mandaban faltas y tiritas para bordar, en eso me fijé yo, y me metí en el grupo.
María, a diferencia de las demás, hace todo desde cero: diseña la prensa, corta, cose y borda. Para ella, todo el proceso de crear algo nuevo le gusta y se entretiene, pues hecha a volar su imaginación; hasta vender sabe.
— ¿Usted cree que el trabajo artesanal sea apreciado?
— Sí, al menos las camisas sí, más que el mandil, porque el mandil casi no se vende porque cuesta más que estos…
Un año después de la apertura de Kúanarí Xarinku Anapu, o en español, Lucero de la Mañana, el nombre de la mercería, María Guadalupe se unió a ellas junto a su madre, quien también se encontraba bordando y echando plática dentro del local.
Marí no nos miraba, estaba tan concentrada en su trabajo que parecía que sus manos lo hacían solas, pues podía platicar y coser a la vez sin problema.
— ¿Cuándo fue la última vez que se pinchó el dedo con una aguja? Le pregunto porque, como ya usted tiene tanta habilidad, pueden pasar hasta años de eso.
— ¡Hasta eso! ¡Fue ahorita! — dijo entre carcajadas junto con su otra compañera.
María Guadalupe recuerda sus primeros mandiles, pues, a la edad de 11 años, quiso imitar lo que su mamá hacía, así que comenzó su camino en la belleza de los bordados y las costuras.
Ella es una historia entrelazada con la artesana Elvia Silvia Bartolo, una mujer que ha tenido reconocimientos en Michoacán y en la república mexicana por su trabajo artesanal; María lleva siendo su compañera desde hace 23 años, creando un sin fin de prendas.
En cuanto entras a la mercería, puedes observar que María no se aburre, pues la familiaridad de todas las compañeras se respira en el primer segundo de pisar Kúanarí Xarinku Anapu…





