Los rostros que ya no ríen…

Imagen: ACG

Morelia/Vianey J. Cervantes

Fue el turno de Michoacán: “Ni eran todos lo que son ni estaban todos los que eran”, la marcha de repudio contra la ola de homicidios a periodistas en este México que ingenuamente llamamos República, se congregó en la plaza de Villalongín, en el corazón de la ciudad que antaño fuese el Jardín de la Nueva España.

Comenzaron a llegar, primero 30, luego 40, 50 y al final, más de cien voces se reunieron, pocos eran los periodistas que salieron a marchar por los caídos en la guerra contra la impunidad, escasos pero valiosos. Que sobrevivieron a la guerra contra el narco de Calderón, a la crisis de medios en el 2014, a las injusticias, a las groserías de los “incomodos”, a los bajos salarios y a la represión, sobre todo, a la represión.

Justo esa herida nos unió, hizo falta que perdieran la vida, tan solo en este año, Cecilio Pineda, Ricardo Monlui, Miroslava Breach, Maximino Rodríguez, Filiberto Álvarez, Javier Valdez, quien fue asesinado el mismo día que el periodista Jonathan Rodríguez, a quien por causas que desconozco, no se ha agregado a la lista de homicidios en casi ningún medio y mucho menos en la lista del gobierno, solo a la lista de “finados”.

Con pocos gritos, pero mucho ánimo, salió la marcha hacia la plaza Benito Juárez. Las pancartas blancas y fosforescentes, contrastaban con el negro de la vestimenta y el carmesí de cada letra: “NI UNO MÁS”. Pequeñas manchas de sangre acompañaban las notas, las fotografías de Ramón Ángeles Zalpa y Antonio García Apac eran las únicas que daban rostros a los más de ciento veinte asesinados en diecisiete años.

Y, entonces, silencio. Solo un conjunto de humanos enamorados de la verdad caminando por las calles de una ciudad indiferente; los autos pasaban como si nada a nuestro lado, la arteria principal de Morelia se veía otra vez bloqueada parcialmente, “¿y estos qué quieren?”, decían, otro vehículo pasó y sin miedo ni vergüenza, su conductor gritó: “¡TITERES!”. Nadie respondió.

La marcha fue corta, las consignas largas, ¿cómo exigir seguridad social, justicia, respeto a la libertad de expresión y mejores salarios en cinco palabras? “Trabajando y marchando”, pensaba, cuando veía a los colegas corriendo de aquí para allá con cámara en mano, tripié y grabadora, lo pensaba también cuando yo misma tomaba la cámara para retratar al periodista con el rostro manchado de ‘sangre’.

No, ni títeres ni aliados, los periodistas son los valientes. Quienes se juegan la vida por la verdad, quienes ven a sus compañeros caer sin perder la batalla, porque es una herencia, un legado, una cofradía. Si la prostitución es el oficio más antiguo del mundo, el periodismo es el segundo. La lucha de uno es la lucha de todos, el homicidio de uno no hará que la hermandad se calle.

Aquí, ante las circunstancias de un país en declive, los periodistas no gritan: “¡Diles que no me maten!”, gritan sin miedo “¡NO MÁS SILENCIO!” a las afueras del Congreso del Estado.
Patricia Monreal lanza los nombres de quienes fueron alcanzados por la represión; los rostros ya no ríen, las palomas vuelan por las torres de Catedral, y con los pies en la tierra, los periodistas michoacanos se dispersan y solo el silencio de la sociedad se hace cómplice de un crimen que nos acecha.

En México, la letra ya no puede entrar con sangre.