Las mil y una formas del cacao: el espíritu Mekimi

Morelia, Michoacán.– Entre tabletas oscuras de cacao y botellas de mezcal joven, se empieza a escribir la historia de Chocolate Mekimi, un emprendimiento moreliano que se atreve a pensar con las manos y sentir con el paladar.

Detrás del aroma espeso y la textura intensa del chocolate, hay mucho más que un negocio: hay viajes a las selvas de Tabasco, Oaxaca y Chiapas; hay una preocupación genuina por los procesos orgánicos, y sobre todo, hay una búsqueda persistente por devolverle identidad al sabor.

La idea, cuenta Jonathan Pérez, fundador de Mekimi y también integrante de Industrial Pérez de Refrigeración, empresa familiar con trayectoria en sistemas de frío y en el desarrollo inmobiliario.

El cacao de Mekimi proviene de una finca centenaria en Cunduacán, Tabasco. Ahí, la cosecha se hace con respeto al agua y a la tierra, seleccionando grano por grano para evitar mezclas que desdibujen la calidad. “En las grandes industrias revuelven todo —explica Jonathan—. Nosotros no. Elegimos el mejor cacao para un consumo consciente y sano”.

A diferencia de los productos procesados que saturan los anaqueles, el chocolate de Mekimi es completamente orgánico y accesible: se puede adquirir desde 250 pesos el kilo. Un precio que, lejos de abaratar su valor, busca ser una declaración ética: alta calidad, sin elitismo. “Queremos que comer bien no sea un lujo, sino una posibilidad”.

Pero el chocolate no viaja solo. A su lado, el mezcal —joven o reposado— representa otra apuesta por la autenticidad. Producido en colaboración con maestras y maestros mezcaleros de Tacámbaro y Tarímbaro, este destilado se trabaja desde hace tres años con paciencia y respeto a los saberes locales.

También hay café michoacano de Tacámbaro, cuidadosamente seleccionado para complementar esta propuesta artesanal que apuesta por la calidad antes que por la producción masiva.

Chocolate Mekimi no quiere ser una marca más, sino un legado en construcción. “Nos inspira lo que están haciendo empresas que ya exportan a Inglaterra, a Francia, y que empezaron igual que nosotros. Pero también nos duele ver que muchos productos mexicanos sean más reconocidos fuera que dentro del país. Queremos cambiar eso”, afirma Jonathan.

En cada barra de chocolate hay un gesto de resistencia: a lo industrial, al olvido, al consumo sin raíz. Y al mismo tiempo, hay una invitación: a saborear sin prisa, a reconectar con lo artesanal, a valorar lo que nace cerca.

Fotos: Felix Madrigal / ACG.