¿LA HUÍDA DEL ARZOBISPO?

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Editorial | LA HUÍDA DEL ARZOBISPO

En los últimos días, el arzobispo de Morelia, Carlos Garfias Merlos, más allá de sus apariciones religiosas, prácticamente bajó en demasía el ritmo de sus recorridos por el territorio michoacano con la bandera de la construcción de la paz.

Desde el principio se sabía que ese estandarte, esa lucha, era por demás en vano, pero siguió hasta de manera quijotesca; eso sí, en cada reunión, en las regiones del estado, lograba reunir a las figuras más influyentes e importantes.

Para algunos esa disminución de ritmo tuvo sus orígenes no solo en la enfermedad que le aqueja, sino en su conflicto directo con el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla que lo atajaba cuantas veces él denunciaba temas de inseguridad.

Si, en ese punto fue un toma y daca, aunque se derivó de la rispidez con que se dieron las relaciones entre ambas autoridades, nunca hubo un acuerdo de trabajar de manera coordinada, siempre uno quería estar por encima del otro.

Hubo una serie de desencuentros entre ambos, pero uno de los más notorios fueron cuando el prelado habló de instalar una mesa de negociación y pactar con el crimen organizado, a lo que el mandatario denostó casi cruelmente, no sin razón.

Otro, cuando el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla expuso una ostentosa donación vehicular -situando la presunción de una evidente irregularidad- de su antecesor, Silvano Aureoles Conejo, hacia su amigo, si, al arzobispo Carlos Garfias Merlos.

Si, fue una relación que para muchos se mezcló lo personal con lo institucional, por lo que se infiere que el principal huésped de Casa Michoacán provocó en parte la reciente frase del arzobispo de Morelia: «Mi tiempo ha concluido».

Si, más allá de la enfermedad…