Morelia, Mich. | Montserrat Herrera/Acueducto Online.- Las historias más interesantes se encuentran en las personas que parecen pasar desapercibidas. Raquel, una mujer de 90 años, le da trigo a sus amigas, las palomas, que la buscan en el restaurante El Tragadero para poder comer.
Raquel, teniendo ya 5 hijas, les cocía muñecas y animalitos para entretenerlas e irse de contrabando a estudiar. En sus tiempo, estaba prohibido que las mujeres accedieran a la educación, pero ella siempre buscó la forma de aprender.
— ¿Conoces la historia de Sor Juana? Antes la mujer no podía estudiar nada, así que ella se vistió de hombre para poder hacerlo. Yo no lo hice, yo me le escapaba a mí esposo para ir a la escuela, dejaba a mis hijas un ratito solas, hasta que me cachó y me acusó con mis papás, mi papá me prohibió seguir yendo, entonces le dije a mis maestros y me regalaron el certificado de primaria y secundaria.
Según lo que le decían sus maestros, ella era una alumna de 10, pues sus ganas de aprender fueron tantas que ni la imposición social de lo que debería hacer una mujer pudo detenerla. Años más tarde, fundó la escuela Lázaro Cárdenas del Río, en donde fue directora.
Ella vivió mucho tiempo en la Sierra, en donde no existía todavía el transporte: «mi abuelo me decía «van a venir unas máquinas bien grandes que se van mover», «¿y se va a acabar el mundo?», le decía, porque esas cosas no existían y me daban miedo».
Raquel, de tantas cosas que aprendió, se volvió modista y, hasta la fecha, crea vestidos de novia y XV años cuando se lo piden. Su hija y su yerno son dueños del restaurante El Tragadero, y Raquel de repente les ayuda en lo que se ofrezca.
— A veces no llego directo a aquí, paso primero donde «el güero» para comprarle trigo a mis palomas. En mi casa es igual, temprano ellas van a buscarme y, si no salgo, me hablan y les grito «¡voy!».
Ella cree que la gente que la ve hablarle a las palomas piensa que está loca, pero siente una conexión real con estos animales: «los animales son muy sabios, por eso no hablan, si lo hicieran, ¡imagínate todo lo que nos dirían!».
Raquel tiene mil historias que contar por su vida en la Sierra, también tiene historias de terror que, para ella, son cosas que no le generan miedo.
— Una vez me fui de rodillas a la iglesia y vi a una mujer con su hijo, estaba sentada y tapada, nunca le vi la cara. Le pregunté «¿qué pasó mija, no llegaste?» y me contestó «no, hasta aquí yo prometí», así que le dije a mi hija que me ayudara a llevarla al altar. Cuando regresé, ya no vi a la gente que salía, vi una hilera de españoles o franceses y me dijeron «señora, usted acaba de sacar un alma del purgatorio», les dije «no, no, ¡yo no fui!» y, cómo pude, me salí.
Ella es la primera de 11 hermanos, a todos los crió mientras sus papás iban a buscar la vida en Ciudad de México o Cuernavaca. Ella pepenaba y buscaba, en frente del Bosque Cuauhtémoc, los costales de tortillas duras que les calentaba para darles de comer a todos ellos.
Uno de los recuerdos más bonitos que tiene es que, cuando volvió a Guadalajara, se sintió un poco triste por ver que ya no era una sierra abandonada, pero la llevaron a un teatro en donde, en cuanto sonó el mambo 8, se bajó a bailar, como tanto le gusta.
— Me gusta bailar, bailé con Pérez Prado, con Mariano Mercedón… decía el Mariano «¡aviéééntate!» y se le iba de lado la boca que tenía.
Ella, teniendo 8 hijos, aunque uno ya no esté a su lado, dice estar muy contenta con todo lo que ha vivido. Sus manos arrugadas abrazando la bolsa de trigo y su sonrisa al platicar daban un ambiente familiar.
Raquel tiene 90 años de historias interesantes sobre ella y lo que pasaba en el México antiguo, su risa y su manera de hablarte te hacen sentir como si fuera una amorosa abuelita.








