Es domingo 5 de junio y el clima electoral en el país, principalmente en los seis estados en los que se celebraron comicios para elegir gobernador, está candente. Pese a sus intentos por nuclearse, agruparse y presentarse frente a la sociedad de forma renovada; la oposición ha sido barrida por una “dictadura” que está reduciéndola a su mínima expresión en el mapa político.
No hay ni asomo de que la cosa cambie en el corto plazo. Apertrechados en las estrategias políticas elaboradas y con el respaldo de la casta empresarial más encumbrada; la clase política del pasado régimen resiste al embate de una “tiranía” que avanza al ritmo del calendario electoral imponiéndose con clara ventaja en territorios que otrora parecían inexpugnables.
Extraviados en los laberintos de una contradictoria coalición, los partidos opositores no terminan de digerir una derrota cuando ya tienen que lavarse la cara, acicalarse las heridas e ir de pronto a una nueva contienda frente a un adversario que les vapulea, sin que ellos se expliquen de dónde saca su fortaleza.
Esa mano que obra con fuerza invisible, esa “dictadura” que les gana elecciones, ese poder “autoritario” que no les ha dado margen a concertacesión alguna; es buscado por la “democrática” oposición a veces en los pasillos de Palacio Nacional, otras tantas ocasiones en la “conjura comunista” y algunas más en la macabra “intervención del crimen organizado”. Así, a palos de ciego, los adversarios a la Cuarta Transformación no acatan a entender que ese despotismo que les ha avasallado es el de la realidad misma.
El sistema político que construyeron y protegieron durante décadas, forjado al calor de reformas, pactos y acuerdos palaciegos; es el responsable de un legado de desigualdad, corrupción y violencia que sigue reverberando en cada rincón del país. El tamaño del desastre nacional y de las voces que pasan factura con diversas manifestaciones políticas, entre ellas el voto, sigue irremediablemente ajustando cuentas con quienes lo provocaron.
Si el país está polarizado, esta división no se gestó desde el púlpito de la mañanera presidencial. Germinó con un régimen que dejó a miles excluidos de lo más básico para la sobrevivencia, padeciendo el desdén de las sacras instituciones que les arrinconaban en el olvido de las estadísticas. Mientras tanto, pocos acumulaban lo impensable, eran los mandamases del país y eran los protagonistas de una historia ignominiosa. Esa brecha indigna es la verdadera polarización, la que castra y cobra vidas.
Si México vive una dictadura que gana elecciones, es esa, la de una realidad que se rebeló frente a quienes le ignoraban y ahora se les impone en sus balances electorales a través de sendas derrotas. La autocracia que no observa o no quiere observar la clase política que se niega a morir, es la de un pueblo que está abriendo, como puede y con quien puede, las puertas y ventanas que les estaban negadas.





