Uruapan/Martín Equihua
A unos días de cumplir cien años de vida, Audelia no olvida cuando los agraristas los despojaron de la tierra; ni sus canciones favoritas, como El pájaro prieto y El son de los caracoles; ni a Celsa, “La ciega”, mujer del sacerdote abuelo de su esposo; aunque otras regiones de su memoria se han agrietado tanto, como aquellas donde guardaba el nombre y la cantidad de hijos y hermanos, que le resultan ahora nebulosas.
Como quiera, mantiene una entereza inusual para quien ha caminado un siglo sobre este mundo, y un ánimo indudable para continuar mientras sus familiares le dispensen las atenciones propias del tiempo acumulado en cada hueso.

La muerte no ha sido un deseo en ningún momento, ni una repugnancia. La ha golpeado desde su primer año de vida, con la caída de su padre; después, con su madre, sus hermanos, sus padrinos, su esposo y hasta con siete de sus doce hijos, a quienes también los devoró el espectro, la huesuda o el tiempo que degrada los cuerpos, o como se prefiera nombrar a ese final que, para muchos, sólo es un nuevo principio. Sabe bien que ese viaje sin retorno empieza desde antes. Por eso no le teme, porque en realidad, está consciente de que uno se va yendo en cada pedazo de memoria que se cae de la mesa, en los achaques que recortan el andar por calles y caminos, en los amigos y familiares que dejan de llegar, poco a poco, uno a uno.
Sabe con creces del terrible dolor y del vacío que dejan las vidas segadas, cuando se han vivido con amor y simpatía por los demás. Pero en realidad no le preocupa el momento de su último aliento, aunque cada vez sea menos señora de sus fuerzas, de sus sueños y de sus recuerdos. Tampoco le inquieta el futuro del mundo, ni el presente, como no le importó el pasado. De la ola de violencia de la última década, por ejemplo, a nadie se le ha ocurrido informarle detalles de la maldad desbordada. No es necesario, porque cierta inocencia debe protegerse para siempre.

Se trata de una mujer felizmente bella. De rostro pequeño y denso de feminidad, para envidia de cualquier muñeca de cera. A punto de cruzar la barrera de su primer centenario, la encontramos muy digna, sentada en un sillón cualquiera, con un semblante despreocupado y atento. Su cabello es de un blanco intenso; su boca pequeña y su rostro claro, enmarcan los más bellos ojos color de miel. Luce aretes plateados en forma de perlas. Viste un azul rey que resalta su longevidad de reina.
¿Cómo le ha hecho para vivir cien años y estar tan entera y tan guapa? – Le preguntamos, y sin dudarlo, responde en un pretérito consumado.
Mi vida fue tranquila, muy tranquila. Yo quiero decirles a mis hijos, a mis nietos y a toda mi descendencia, que se porten bien, nada más. Que sepan vivir, porque saber vivir es vivir con amor y cariño – dice pausadamente, y lo repetirá en cada oportunidad de nuestras charlas.

El testimonio centenario de Audelia es claro: en la vida hay más alegrías que tristezas; más bienes que males… pero hay ansiedades inevitables también, porque eso sí, ella ha sido una mujer preocupona y aprensiva, por lo que es mentira que las preocupaciones acaben con la gente, como suele decirse; al contrario, son como una esperanza de que habrá un mañana mejor, o peor, no importa; de que la vida sigue, de que el esposo venderá los quesos, de que el hijo regresará con bien, de que la burra no volverá a tirar a ninguna novia en su viaje de bodas, como le ocurrió a ella, aquella mañana de 1935 cuando el río de Tepalcatepec creció, como se diría hoy, de forma atípica.
MATRIMONIO Y PLAZO
Audelia Valencia Cervantes nació en Los Cabos, municipio de Coalcomán. Tiene medio siglo viviendo en Uruapan. Tuvo doce hijos de los que, como se ha dicho, siete se le han ido ya, a donde quiera que uno va cuando se muere; le quedan cuatro mujeres y un hombre. Forma parte del medio millón de personas centenarias del mundo, cuya presencia recuerda que cada vez seremos más longevos, en sociedades envejecidas, sin saber en verdad si nos estamos preparando para ello.

De pronto, no se acuerda cuántos hermanos tuvo, ni cuántos hijos, pero con la ayuda de dos de ellos, mirando lejos, pasa lista: Domingo, Eladio, Lola, Porfirio… Tiene también 20 nietos y 39 bisnietos, según la memoria auxiliar de dos hijos viejos.
Todo empezó en una fiesta calentana a la que Pancho, su futuro esposo, llegó presumiendo un hermoso caballo. La curiosidad de la joven Audelia sólo alcanzó entonces para saber que se trataba de un Palafox. Ahí lo vio por primera vez y se le quedó grabado, hasta el día en que casi por accidente, mucho tiempo después, le fueron a proponer noviazgo y matrimonio.
Un día, al regresar de Aguililla con sus padrinos que la habían adoptado tras la orfandad paterna que le cayó de golpe, llegaron a descansar a casa de un amigo que su padrino tenía en común con Pancho; le apodaban El jilguero. Les preparó unos sopes para comer. Le dijo al papá-padrino: “estoy desvelado de una mujer que ya no me la aguanto, porque no me deja dormir”, y bromearon un poco.

Después, papá-padrino le dijo que su comadre Juanita tenía dos muchachas bonitas, bien chapeadas, por si había interés. El Jilguero, poco después le dijo a Pancho lo de las muchachas y lo convenció para hacer una propuesta de honor y futuro. Se la entregaron a Juanita, mamá de Lola y Eulalia, y a Eladio, el hermano mayor de ellas, para que cualquiera de las dos chapeadas fuera la novia. Audelia se adelantó y pronto dijo que sí a todo, sin saber aún que se trataba del jinete presumido que la había impresionado una tarde de fiesta.

Su hermano le dio tres meses para que pensara la propuesta de noviazgo, aunque ella había dicho ya que sí, y que sí, y que sí. Enterado Pancho de que la niña tenía plazo para pensar, pasaba de vez en cuando a saludarla con una mirada curiosa e inclinando el sombrero, porque hacer más que eso excedía la costumbre. De novios solo se vieron de lejos. Después vino el plazo del pedimento de boda, que habría sido de tres a seis meses, y ella volvió a decir pronto que sí se casaba, aunque en realidad solo había visto dos o tres veces en su vida a aquel montador que la había impresionado con un caballo tordillo. “Yo dije que sí a todo”, y cuando llegó la fecha, se casaron en Aguililla.
Eladio la entregó en la iglesia, pero nadie más fue a ese enlace, porque, además, una vez casados, se irían de paseo a Uruapan, para lo cual el nuevo marido había reservado como 60 puercos que aprovecharía para vender en su viaje de bodas, restando las mermas, como los diez cerdos que se ahogaron cuando les dieron camino con el sol bravo de aquel medio día.

Como no era bien visto que los recién casados viajaran solos, a Audelia y Pancho, además del ganado que sería soporte del viaje, los acompañaron dos hermanas y un hermano del nuevo marido, para asegurarse que cada quien anduviera por su lado, quietecito, hasta el mes y día en que ya pudieran dormir juntos. Se hospedaron en el uruapense hotel Providencia, ocho días y sus noches, en las que ella durmió con sus cuñadas en una sola cama, con la cabeza hacia abajo y los pies de ellas en su cara. Tales fueron sus primeras noches de esposa.

Pero en realidad lo que más recuerda la novia de aquellos días de casorio, es que, de regreso de Uruapan, al intentar cruzar el río, a la recién casada la tumbó una burra parda. Lo recuerda y se ríe a carcajadas, a 82 años de aquel derrumbe. Y es que el río de Aguililla estaba crecido y los carros no podían pasar, y por eso alquilaron las cinco bestias; “pero yo qué iba a saber de burros”.
De regreso al rancho siguió durmiendo con las muchachas, hasta que Pancho la llevó de regreso con sus padrinos por un tiempo, donde quedó “guardada”. Meses después, otra vez a casa de Pancho y las cuñadas, porque él no quiso apartarse de ellas, con quienes le fue mal a la nueva esposa, pues no la querían, no la veían bien, porque se había casado con el único hombre que les quedaba en casa. A Audelia no le importaba mucho, dejaba que la vida de aquellas rodara, sabiendo que la indiferencia también es un arma letal. Su esposo optó por no meterse en esos pleitos clásicos de suegras y cuñadas.

El desencuentro estaba en que las hermanas de Pancho eran muy laboriosas, madrugadoras, enjundiosas, mientras que ella, ni siquiera sabía amasar la harina para el pan, ni hacer tortillas con las dimensiones apropiadas a los gustos del campo. Lo que hacía era vivir, “como estamos aquí”, porque Pancho mismo le hacía de comer, hasta que ella aprendió con una lentitud envidiable. No sabía hacer nada, lo remarca.
– ¿Por qué estaba tan inútil pues mamá? – Pregunta Sara Palafox, la hija, con tono de enfado.
– Pues es que siempre tenía quien me ayudara y no aprendí a hacer nada- responde ella, contundente, despreocupada y risueña.






