Jugar a cantar, desde la experiencia a perder el miedo

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Morelia, Mich. | Asaid Castro/ACG.– Primero se escucha un murmullo. Luego, una sílaba que se repite. Después, las voces se enciman, giran, se sostienen entre sí; no es un ritual ni un ensayo formal de coro, es tal cual, un juego. Un círculo de personas adultas haciendo sonidos, moviendo los brazos, riendo. Afuera podría parecer extraño; adentro, tiene sentido.

La escena ocurrió al interior de la Secretaría de Turismo, durante el Segundo Encuentro de Narradores de Leyendas. Ahí, entre cuentos de aparecidos y relatos que hielan la sangre, se abrió un espacio distinto: un taller de canto circular titulado “Canciones para no cantantes”.

Jugar a cantar, volver a la infancia

Al frente del círculo está Carlos Israel Jiménez Romo, artista multidisciplinario que se presenta también como “Is Jiménez”. Cabello largo recogido en trenzas, barba espesa, pantalón negro y camisa azul hawaiana. Se mueve con soltura, marca el ritmo con las manos, sonríe con facilidad. Su energía no es rigida; es contagiosa.

«El canto circular es, ante todo, un juego. Es darnos permiso de jugar con la voz como cuando éramos niños, sin pensar si sabemos o no sabemos cantar. Aquí nadie está solo: el círculo te sostiene, te quita la vergüenza y te invita a experimentar. No buscamos formar cantantes profesionales, sino personas que se atrevan a expresarse, a usar su voz y su cuerpo sin miedo». explica.

Vocalizaciones pensadas para quienes creen que no saben cantar. La dinámica es sencilla: una frase sonora se repite, entra otra voz, luego otra. Como los mantras, que oraciones que comienzan y terminan para volver a empezar, un sonido que da vueltas, según nos cuenta Jiménez.

Jiménez Romo señala que el canto circular contemporáneo tiene referentes como Bobby McFerrin, músico que ha explorado la experimentación vocal y la improvisación colectiva. La diferencia aquí es la intención: no formar cantantes profesionales, sino liberar la voz.

«De repente no nos animamos a cantar porque creemos que no sabemos. Pero cuando somos muchas personas cantando al mismo tiempo, nos sostenemos», comenta. Si alguien se equivoca, no se nota. Si alguien duda, el grupo lo respalda. La vergüenza se diluye en la repetición compartida.

El cuerpo también cuenta la leyenda

El taller no se queda en la garganta. Los participantes, narradores de leyendas, se balancean, exageran gestos, encorvan la espalda o abren los ojos con sorpresa, e incluso, hasta animales imitan. Afuera del círculo, se podría observar con curiosidad. Dentro, nadie parece cuestionarse.

«El cuerpo es súper importante para narrar», dice el artista. En un encuentro dedicado a contar leyendas, la voz y la expresión física son herramientas centrales. No basta con relatar que algo da miedo; hay que hacerlo sentir. El canto circular, afirma, ayuda a matizar la voz, a experimentar tonos, ritmos y emociones.

El formato en círculo no es casual, dice que remite a prácticas comunitarias antiguas: reunirse alrededor del fuego, cantar y bailar sin jerarquías.

Desde fuera puede parecer un acto excéntrico o incluso vinculado a lo espiritual. El propio Jiménez reconoce que, en espacios abiertos, las miradas pueden ser de extrañeza. Sin embargo, sostiene que la experiencia cambia cuando se cruza la línea y se entra al juego.

«En inglés, tocar un instrumento es ‘play’. Es jugar. Eso es lo que hacemos: jugar con la voz, con el cuerpo», añade.

Más que una clase medible en escalas técnicas o pedagógicas, el taller propone una pausa. Un momento para relajarse, para reírse de uno mismo, para recordar que antes de la vergüenza estuvo la infancia. «¿En qué momento dejamos de jugar?», cuestiona.

El taller, explica Jiménez Romo, no está pensado solo para músicos. Está dirigido a quienes sienten que no saben cantar, a personas penosas, rígidas o que suelen guardarse lo que sienten. También a narradores, docentes, actores o cualquiera que necesite matizar su voz y ganar seguridad al hablar frente a otros. Incluso, dice, funciona como un ejercicio de relajación para quienes llegan “cargados” emocionalmente y encuentran en el juego una forma de soltar.