Con zapatos lustrados y un espejo retrovisor adaptado a su silla, José Antonio sortea los autos de Morelia desde el asfalto porque la banqueta, no siempre es opción. Un adulto de la tercera edad, este ex pintor automotriz demuestra que en una ciudad que excluye, «echarle ganas» es su única ruta posible
Por Asaid Castro
Morelia, Michoacán.— A sus casi 71 años, José Antonio ha aprendido a leer Morelia desde su silla de ruedas, ahora, automática. Para él, las banquetas de la capital no siempre son un lugar seguro, sino una serie de obstáculos que prefiere evitar y es constante ver cuando baja al arroyo vehicular porque dice, a veces ahí el piso es más parejo.
«Yo me bajo a la calle porque las rampas no siempre están parejas; están muy altas o a veces los carros las tapan», explica mientras señala un acceso alto con su mano en el centro histórico, de unos 7 centímetros a «ojo de buen cubero».

José vive cerca del Panteón Municipal, y aunque no sale a diario al Centro, su silla de ruedas es su único transporte para recorrer poco más de 3 kilómetros, la pila dice, le rinde bien, pero a falta de transporte público toca «campechanear» entre banquetas y carriles vehiculares.
Su figura, avanzando entre los autos de la Calle Eduardo Ruiz, que frenan al verlo, es una escena común para él, aunque reconoce que los conductores suelen ser respetuosos, el riesgo es constante: un bache o un descuido pueden terminar en una caída.
Una infraestructura que excluye

Recientemente, José Antonio atravesó media ciudad, desde su casa hasta el la Plaza del Carmen, motivado por una campaña de salud. Quería aprovechar los exámenes de próstata gratuitos que se anunciaron en un hotel de la zona. Hizo todo el trayecto en su silla, sorteando desniveles y tráfico, solo para toparse con la realidad de siempre.
«Vine porque dijeron que iban a hacer exámenes gratis de la próstata, pero no pude entrar con la silla por que eran puras escaleras», relata.
No es un caso aislado, en Morelia es común ver edificios públicos y privados con puertas estrechas o escalones que anulan cualquier intención de inclusión. Espacios que en el papel son «para todos», pero que en la práctica mantienen la puerta cerrada a personas como José.
Entre los retos de la Morelia de José Antonio, es una de banquetas rotas, obstáculos a mitad del paso, vehículo que obstruyen accesos, y rampas con desniveles tan elevados que en ocasiones tiene que bajarlas de lado, o si hay que subirlas, la mejor opción es andar en la calle como un vehículo más.

Esto cambi para el rumbo del Panteón Municipal, por donde hay que recordar que vive, pues ahí, cuenta, siempre toca andar por debajo de la banqueta, pues resultan intransitables.
Mientras retoma su camino por la orilla de la calle, José Antonio hace visible lo que muchos prefieren no ver: en Morelia, la accesibilidad sigue siendo un favor que depende de la buena voluntad del peatón o del conductor, y no un derecho garantizado por la arquitectura de sus calles. La ciudad, vista desde su silla de ruedas, todavía se siente ajena.
Para salir adelante, “hay que echarle ganas nomás”
Desde niño aprendió a convivir con la enfermedad, a los tres años, una parálisis infantil lo dejó sin movilidad durante un tiempo, después lo operaron y pudo ganarse la vida como pintor automotriz.

Comenzó como ayudante y fue aprendiendo en distintos talleres, cambiando de uno a otro hasta dominar el oficio. Durante años trabajó apoyado en muletas, pintando autos y saliendo adelante por su cuenta.
Todo cambió cuando la diabetes y una embolia le dieron “en la torre”, como él mismo lo dice, sin dramatizar ni buscar lástima. Primero usó una silla de ruedas manual, pero al no poder impulsarse, sus hermanos decidieron sorprenderlo con una silla eléctrica, la que hoy le permite seguir moviéndose por la ciudad.
Aunque no tuvo hijos, cuenta con el respaldo de su familia. Sus hermanos han sido clave para que mantenga su autonomía, esa que él defiende como su mayor fortaleza. Para José Antonio, la discapacidad no es un freno, sino una condición que exige más esfuerzo.
«No impide nada uno, yo trabaje y salí adelante cómo cualquier persona normal, me caía y me levantaba seguido, pero hay que echarle ganas nomás».






