Morelia, Mich. | Agencia ACG.- En la vida de Janet López Pineda —“Jan”— no hay una identidad única que la explique completa. Egresada de Nutrición de la Universidad Vasco de Quiroga (UVAQ), saxofonista profesional y competidora de fisicoculturismo, ha aprendido a sostenerse en varias actividades a la vez: la ciencia aplicada al cuerpo, el escenario musical y la tarima deportiva. Su historia, cruza por la curiosidad, el ensayo y error, y también por heridas que terminaron convirtiéndose en una brújula ética para no repetir lo que a ella le pasó.
“Considero que mi persona es un todo”. Aunque suele encabezar su descripción con “nutrióloga” —porque ahí está hoy gran parte de su trabajo—, no lo plantea como una suma de hobbies, sino como una forma de vida: “he tratado justamente de dar a conocer que podemos llevar un balance en todas las áreas… y que no solo podemos sobresalir en una”. En un contexto donde a las mujeres a menudo se les pide elegir —una profesión, una imagen, una ruta—, Jan insiste en lo contrario: integrarse.
Ese “todo” también tiene una cronología. Antes de la UVAQ, estuvo la música. Su primer saxofón llegó en 2014, y aunque al inicio no sabía ni por dónde empezar, buscó clases y terminó encontrando un mundo que la atrapó por completo. En una de esas visitas escuchó una big band y se hizo una promesa: “yo quiero tocar ahora una big band”, aunque todavía “ni siquiera sabía tocar saxofón… ni soplarle”. Fue la constancia —más que el talento instantáneo— la que le abrió puertas y la llevó a estudiar formalmente hasta consolidarse como saxofonista.
En paralelo, apareció el gimnasio. Tenía alrededor de 16 años cuando decidió entrar y, al conocer a una competidora, se topó con una idea simple que le cambió el rumbo: para transformar el cuerpo había que entenderlo. Ella misma lo resume en los “pilares fundamentales”: “alimentación adecuada y personalizada”, entrenamiento, hidratación y descanso. Ahí nació su primer objetivo: competir. Y ahí también se encendió la pregunta que la terminaría llevando a las aulas de la Universidad Vasco de Quiroga: ¿quién cuida de verdad la salud cuando el cuerpo se vuelve un proyecto?
La respuesta no fue romántica; fue una alarma. En el fisicoculturismo, cuenta, vivió una “mala práctica” durante una preparación: “yo era cantante también, y cambié mi voz por el uso inadecuado de farmacología”. Lo dice como un parteaguas, no como anécdota: “las personas muchas veces no son profesionales y les vale si estás bien… voy a estudiar porque yo no quiero que a mí me vuelva a pasar lo mismo y que a otras personas no les pase”. Después de culminar su etapa musical, eligió la UVAQ y se formó como licenciada en Nutrición.
Ahí aparece el corazón del perfil: Jan no habla de la nutrición como un recetario, sino como una postura ética. Dice que lo que más le marcó de la carrera —y lo que sigue aplicando— es “siempre buscar el bien de mi paciente”. En un ambiente donde, según ella, muchos profesionistas se centran en “números” y en lo que cobran, defiende otra ruta: escuchar la historia de la persona, su contexto, sus posibilidades y objetivos, porque “cada persona es diferente”. En su forma de contarlo, la UVAQ no es un anuncio: es el lugar donde puso nombre, método y responsabilidad a lo que antes había aprendido “a la mala”.

Su mirada crítica se vuelve especialmente relevante cuando aborda un tema que atraviesa el deporte —y que para muchas mujeres es un riesgo silencioso—: la mala praxis alrededor de la farmacología. Jan lo explica con cuidado, sin moralina: “no es el que uses fármaco, es el abordaje, la cantidad y el cómo se hace” lo que puede traer consecuencias, incluida una tan visible y dura como el cambio de voz. Y no se queda ahí: advierte que el uso excesivo puede modificar rasgos faciales y empujar a las mujeres a perder “esta parte de feminidad” que, irónicamente, el propio circuito competitivo les exige en la tarima como “paquete completo”: maquillaje, presencia, sonrisa, desenvolvimiento.
En ese punto, el 8M entra sin necesidad de subrayados: el cuerpo de una mujer es evaluado y opinado desde todos los frentes. En el fisicoculturismo, Jan relata que al principio enfrentó comentarios que reducían el deporte a morbo: “¿cómo te vas a andar exhibiendo…?”; “cuida tu dignidad”. Ella responde desde otra lógica: “para mí es un deporte de apreciación. Si para ti lo ves como morbo, a mí me da igual”. Y lo aterriza a lo cotidiano: el estereotipo de que una mujer musculosa “ya parece hombre”, o la presión social que intenta disciplinar el cuerpo femenino hacia una sola forma aceptable.
Su postura frente al 8M parte del mismo nervio: capacidad y autonomía. Jan dice que, aunque no asiste a marchas, cree que las mujeres “podemos llegar a ser tan fuertes como queramos”, y cuestiona la idea heredada de que “el hombre es el fuerte” o el único que “sale de casa a trabajar”. Lo lleva a su terreno: “yo puedo ser igual de fuerte que tú… pero no quiere decir que yo sea menos que tú”. Su invitación no es abstracta: “rompamos estos estereotipos… entre más unidas estemos, más cambios y movimientos podemos hacer”.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que cambiara para las mujeres que entrenan y compiten, vuelve a lo concreto: acompañamiento profesional y acceso a información. “Muchas veces llegan bien dudosas de ¿qué tengo que hacer?… ¿con quién tengo que ir?”, dice. Por eso insiste en crear redes —y en que la formación importa—, porque sabe lo que cuesta entrar joven a un mundo que puede ser caro, competitivo y confuso.
Y si su historia tuviera que cerrarse en una frase —de esas que funcionan como título y como resumen de vida— Jan no duda: “morir para renacer”. Lo explica como un método emocional: dejar atrás el miedo, la historia y los estereotipos para poder avanzar y “ser una mejor persona”. En su caso, esa consigna también es una forma de leer sus etapas: la música como disciplina y refugio; el gimnasio como fuerza y reconstrucción; la UVAQ como decisión profesional para trabajar con evidencia y cuidar lo que a ella no le cuidaron.
En un 8M que no solo mira cifras, sino historias, la de Janet López Pineda se sostiene por una idea simple y poderosa: no se trata de “poder con todo” por obligación, sino de elegir quién quieres ser, con método, con disciplina y con cuidado. Y en esa ecuación, la UVAQ aparece no como propaganda, sino como parte de la ruta: el lugar donde una experiencia personal se convirtió en vocación profesional, y donde una egresada decidió que su trabajo, antes que moldear cuerpos, debía protegerlos.






