«Mis técnicas de encuadernación son iguales que hace 500 años. Mis nietos van a morir de viejos, Dios quiera, y mis libros encuadernados ahí van a seguir», dice Manuel Sánchez Magaña, mientras aprieta las costuras recién hechas del lomo de un libro.
Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- Al cruzar la entrada del taller de encuadernación de Manuel Sánchez Magaña, el ruido del Centro Histórico casi se extingue con la concentración que exige su trabajo; se le ve atento sobre una mesa de madera, mientras ensarta la aguja para cocer un bonche de hojas.
En la pared, Manuel guarda una prensa con siglos encima; dice que hasta extranjeros se la han querido comprar, pero fue con ella que inició el oficio heredado de su familia. También hay pilas de papeles de texturas diversas, recortes de piel curtida, tipos metálicos y libros abiertos, detenidos en distintas etapas del proceso.

Manuel se presenta, sin más, como encuadernador y vestidor del libro. Lleva casi tres décadas en este rincón del centro de Morelia, pero el linaje de su oficio es mucho más profundo. Su familia, cuenta, llegó a América en 1636, y uno de sus ancestros, formado por frailes benedictinos, aprendió la encuadernación como un medio de vida. Desde entonces, el arte del libro se ha transmitido de generación en generación.
El oficio que se aprende a la vista
“Este es mi oficio de vida”, afirma con una sencillez que desarma mientras vuelve a coser los libros. Para Manuel, encuadernar no es solo pegar o unir hojas; es una ciencia que implica entender el “comportamiento” físico del libro: cómo debe abrir, cómo cerrar y cómo envejece con el uso constante, pues cada ejemplar, aunque parezca idéntico a otro, exige una técnica específica.
Sobre su superficie de trabajo conviven libretas destinadas a ser regalos, tesis universitarias que requieren una estructura robusta, periódicos compactados y códices antiguos en proceso de restauración delicada mientras muestra una edición de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, a la que dedica atención hoja por hoja, sin prisa.

“La encuadernación tiene su propia mecánica”, explica, señalando con el dedo la sutil curvatura del lomo, diseñada meticulosamente para que el cuerpo del libro jamás se fracture con el paso de los años.
Aclara que no todo “empaste” es encuadernación y traza una línea clara entre su arte y las prácticas industriales recientes. “Hoy, a cualquier sujeción de hojas le llaman encuadernación”, comenta con un ligero tono de decepción. Los libros rígidos que crujen al abrirse, los lomos que se parten y las hojas que se desprenden con el mínimo uso son, para él, la prueba de un trabajo mal hecho.
En su taller, incluso las herramientas forman parte de la historia familiar, una de sus piezas de museo, es una prensa que tiene casi 400 años y fue fabricada por un antepasado; sigue perfectamente operativa. “Las técnicas son esencialmente las mismas desde hace 500 años”, comenta, mientras evoca el proceso manual de corte anterior a la invención de las guillotinas modernas.

Libros hechos para durar
A diferencia de muchos otros artesanos tradicionales, Manuel se muestra optimista sobre el futuro de su profesión. Está convencido de que el papel, el objeto físico, sigue siendo una necesidad incluso en esta era saturada de pantallas.
Habla de clientes jóvenes que le llevan archivos digitales para imprimirlos y encuadernarlos, en busca de un objeto tangible, algo que se pueda tocar, sentir y conservar. Sus propios hijos conocen el oficio, aunque han elegido otros caminos profesionales; quizá, especula, alguno de sus nietos retome el legado.
Mientras llega ese momento, Manuel continúa en su “santuario”, ubicado en la calle Bartolomé de las Casas 216, casi esquina con Vicente Santa María, junto al templo de San Francisco. Ahí sigue cosiendo libros, vistiendo historias y asegurándose de que sigan circulando, listas para quien decida leerlas a la antigua.






