Acueducto | Hugo Rangel Vargas
Una de las grandes incógnitas que nos ha dejado el proceso electoral de los Estados Unidos ha sido sobre la utilidad y la fiabilidad que tienen los instrumentos demoscópicos, mejor conocidos como encuestas, para tratar de estimar la percepción de la ciudadanía o conocer su intención de voto.
Más allá de reiterar que es un error considerar a una encuesta como un instrumento de predicción, ya que en muchas ocasiones estas suelen acercarse a los resultados reales de los procesos electorales, hay ciertos elementos conceptuales que están detrás de las encuestas y que han sido distorsionados de forma alevosa en el entorno norteamericano y que ahora están presentes en el caso de México.
Para Mario Bunge, “el concepto de número abstracto nació, sin duda, de la coordinación de conjuntos de objetos materiales, tales como dedos, por una parte, y guijarros por la otra; pero no por esto aquel concepto se reduce a esta operación manual, ni a los signos que se emplean para representarlo.” Aquí, el científico venezolano da dos directrices importantes que podrían ayudar a recuperar el verdadero sentido de las encuestas como instrumento científicamente válido bajo ciertas circunstancias.
El primero es el elemento de correspondencia y representación. Una muestra de ciudadanos que es entrevistada durante un ejercicio de medición es una representación válida estadísticamente cuando esta se sujeta a criterios como la suficiencia numérica y la aleatoriedad, entre otros. Esta representación puede construirse de forma reiterada y, de respetar los mismos criterios, arrojará datos similares en un porcentaje elevado de casos.
El segundo principio es que el concepto que pretenden representar o estimar las encuestas no debe ser confundido con la realidad misma. Así como un número solo existe a nivel conceptual, la representación de un parámetro como la intención de voto estimada a través de una muestra, es solo válida bajo las condiciones y en el momento en el que se estima y no suple a la realidad misma.
¿Por qué entonces decir que las encuestas fracasaron cuando en dos ocasiones en las elecciones norteamericanas sus estimaciones se han alejado de forma importante de la realidad que pretendían medir? Una buena parte de la respuesta, creo yo, se encuentra en el equivocado uso publicitario que se hace de estos instrumentos científicos para pretender, con el principio goebbeliano de la orquestación, suplantar sus estimaciones por “predicciones irremediables”.
Sin embargo, ¿a qué se debió que en el caso de las estimaciones de muchas casas encuestadoras serias, durante las dos últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos, estas se distanciaron demasiado del resultado final de los comicios? ¿Fueron sus metodologías inexactas o sesgadas por algún interés político o económico?
Quizá no, quizá los parámetros que estimaron eran válidos dentro de la metodología que utilizaron, muchas veces influenciada por el perfil socioeconómico de quien acepta responder una llamada telefónica o por quien tiene el tiempo y las capacidades adquiridas de responder un cuestionario a través de alguna aplicación de las que se han popularizado en las casas encuestadoras, o bien por la distribución geográfica de las entrevistas. Una de las teorías más discutidas sobre de ello es el conocido efecto Bradley que propone que los ciudadanos se declaran indecisos cuando hay una influencia racial que hace inconveniente declararse a favor de alguno de los candidatos, influencia presente sin duda alguna en las dos elecciones comentadas.
De colofón
¿Habrá ilusos que siguen creyendo a encuestadoras que en otros momentos han actuado como agencias de publicidad?





