Editorial | Uruapan, el inolvidable viernes

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Uruapan inundó las calles con sus demandas de paz y justicia. Según los organizadores podrían haber sido 100 mil, los manifestantes. Si, una ola descomunal inundó Uruapan. Fue la marea del hartazgo, del dolor, pero también de la esperanza; de la reconstrucción. 

El reciente viernes 7 de noviembre será recordado como el día en que la rabia y el dolor nutrió la manifestación más grande que se haya visto en la historia de Uruapan. Y también la más custodiada. Hubo vigilancia por tierra y aire.

Y es que Uruapan pasó a ser de una ciudad en donde la gente vivía con las puertas de sus casas abiertas, a ser un lugar en donde se ejecuta al presidente municipal, el único día, que no traía chaleco antibalas, en pleno centro histórico, frente a miles de familias.

Ese primero de noviembre la sangre del joven edil Carlos Manzo apagó el Festival de Velas e hizo de la fiesta de las Ánimas, la noche de la muerte, pero la vida arrebatada de Carlos Manzo fue la que derramó el vaso de una ciudad asfixiada por la delincuencia.

Una urbe en la cual el castigo es para quienes desean tener la libertad de soñar.