Don Jesús, el reparador del tiempo

Viñeta ilustrativa

Morelia, Mich. | Montserrat Herrera/Acueducto Online.- En un pequeño lugar del Centro Histórico de Morelia se encuentran un sin fin de antigüedades esperando un nuevo dueño; en ese espacio habita un relojero que, desde hace 40 años, se dedica a su reparación.

Jesús Soto Gámez, un apasionado de los relojes, desde muy pequeño, tuvo la inquietud y gran curiosidad por saber cómo funcionaban.

— ¿Cómo le nació el gusto por los relojes?

— Mi papá, que era carpintero, tenía un empleado que le llamaban “Kalimán”; a los 7 años mi papá me llevó al taller y Kalimán llevó un reloj, de esos de cuerda, y le dijo a mi papá “¡mira, maestro, el reloj que me compré”. No le hizo mucho caso, pero a mí me dio mucha curiosidad y le dije “¡ay, maestro, a ver tu reloj, ¿y cómo camina?”, “ese es un secreto que no les voy a decir”, nos decía… nos tuvo ahí de misterio a mí y a mi hermano; y ya, posteriormente, me dijo “a ver, vénganse”, nos fuimos a comer una torta, me acuerdo, de queso de puerco, muy sabrosa, me dice: “mira, lo que está haciendo trabajar al reloj es una hormiguita”, y nos empezó a explicar. Yo, asombrado, le dije “¡wow, una hormiga! ¿y cómo le das de comer?”, y me contestó: “es que se meten por aquí unos microbios y, esos, se los comen, ese es su alimento”. Yo todos los días le preguntaba “¿ya le dio de comer a su reloj?”, de ahí nació mi inquietud.

Cursó la primaria en la escuela Mariano Michelena y, en tercero de primaria, iba a curiosear a un taller de relojería para conocer cómo funcionan los relojes: “ponía mi mochila en el piso y me subía en ella porque no alcanzaba, le decía al relojero: “maestro, buenas tardes, ¿cómo funcionan los relojes? ¿Ya le dio de comer a las hormiguitas?”, y veo unas hormigas negras ahí caminando y le digo: “¡mire, ya se le van a escapar!”. Él y otro señor, que era su cliente, se comenzaron a reír, de ahí nació mi amistad con el maestro”.

(Foto: Monserrat Herrera)

Después de conocer las distintas maneras en las que los relojes caminaban, se inscribió a varios cursos para aprender más sobre ellos, uno de éstos en la capital de la república mexicana, cerca del Zócalo, en donde un japonés, director de la SIC hace 40 años, le dio un curso técnico de seis meses en donde aprendió mucho más sobre relojes.

“Esto de la relojería es a través del tiempo que te vas haciendo, vamos a decir, de más conocimiento, porque ya conoces al ver un reloj, los de cuerda ya sé casi el número, qué calibre traen, los automáticos, relojes de alta gama, ya todo vas conociendo y, también los detalles que traen, si se cayó ya sabes a dónde dirigirte, si se mojó pues secarlo lo más rápido que se pueda, también saber con qué agua: de mar, azufrada, agua doméstica, uno ya sabe qué hacer”.

— ¿Y cómo llegó a poner su local?

— Primero comencé poniendo mi mesita y mi abuelita, en paz descanse, por ahí tenía unos cuadros religiosos. A mí ya me gustaban las cosas antiguas, es algo ya de mis genes, dicen, entonces ya tenía cositas que iba comprando, y me gustaba: radios viejos, esculturas, pinturas, candelabros. Yo empecé en la Avenida Michoacán, donde está seguro que demolieron, a la edad de 15 años puse mi primer taller, yo a nadie la trabajé. Luego fue creciendo, se hizo más grande el bazar.

Viniendo de una familia de carpinteros, él fue de los primeros en interesarse por las cosas antiguas y los relojes. Desde muy chico le llamó la atención y se quedó con herramientas antiguas de su abuelo carpintero.
Cuando iba a los templos, de la mano de su abuela, le encantaba ver las pinturas, las esculturas barrocas, el relieve que habitaba en estos sitios, tanto que investigaba quiénes eran los autores, es así como fue alimentando su amor por las antigüedades.

“Por ahí tengo fotos de cuando tenía 18 años y me vestía a la antigua, tenía una carcacha, un Coupe 1928, tanto me apasionan las antigüedades, eso ya lo traigo. Ahora ya me echo de todo, no solo antigüedades, piezas de arte, artesanías de varios estados, de casi toda Centroamérica tengo: cubanas, chilenas, peruanas… cosas de artesanías decorativas”.

(Foto: Monserrat Herrera)

Jesús iba y venía de Morelia a Ciudad de México, tanto para competir a nivel Centroamérica como nadador en el Centro Olímpico Mexicano como para seguir aprendiendo de relojes, en donde sus maestros que lo llevaron a competir le pagaron su curso que se daba semanalmente.

Él dice sentirse bendecido y agradecido por lo que tiene, pues trabaja en algo que realmente le apasiona y, desde hace muchos años, cumplió su sueño de reparar relojes y, desde hace 40 años, no ha soltado su labor a pesar de estar perdiendo la vista.

Su bazar “El Ciudadano” se encuentra en la calle Juan José de Lejarza #162, en donde hace avalúos y verificaciones de relojes, así como de diamantes de manera gratuita.

“Ya ando un poco cansado de la vista, 2.50 de graduación, ya se cansa uno, pero me fascina la reparación de relojes, me siento 8 o 10 horas al día… y yo cuando empiezo un reloj, no lo acabo en el mismo día, pero le doy unas dos horas y al siguiente día le sigo, pero me quedo pensando en qué es lo que le está fallando, qué defecto trae”.

— ¿Cuál ha sido la mejor pieza antigua que le ha llegado?

— Un Siqueiros, una pintura de Siqueiros, un licenciado de Ciudad de México que se vino a vivir a la Félix Ireta tenía una bodega en el sótano que se le inundó, en ese tiempo, ahí cerca del Río Grande, me vendieron todos los libros mojados y salió detrás de un librero ese cuadro. Lo vendí bien vendido, en ese tiempo, me dieron 40 mil pesos. Encuentras tesoros y, a veces, uno ni conoce.

(Foto: Monserrat Herrera)