Por: Salvador Barajas
“Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga”. Eduardo Galeano.
Tenía yo 12 años cuando lo vi en el Mundial del 86 sembrando ingleses en la cancha del estadio Azteca, su metro 65 centímetros de estatura se agigantaba conforme iba dejando rivales con las piernas contrahechas y la cintura dislocada.
Fueron apenas once segundos los que Diego tardó en recorrer la parte sur de la cancha del estadio Azteca, once segundos para entrar a la inmortalidad del futbol, para cuando el partido se reanudó, Argentina jugaba con 10 futbolistas y un extraterrestre. Diego nació en la pobre Villa Fiorito, el 30 de octubre de 1960, Maradona, vio la luz el 22 de junio de 1986.
Nunca he visto a ningún futbolista resolver en la cancha como Diego, si había que gritar, gritaba, si había que cargarse el equipo ponía la espalda, el pecho y las espinillas para después demostrar que en la cancha había 21 futbolistas y un genio.
En la cancha, Maradona nunca se escondió ya fuera con la selección o con el Nápoles, la idolatría que sienten los napolitanos por Maradona, rivaliza sin problema con la de los argentinos.
El D10s, llevó al pequeño equipo napolitano a alturas insospechadas, a hablarse de tu con los gigantes del calcio, antes de Maradona el Nápoles no figuraba, después de Maradona, tampoco.
Eran casi las 6 de la mañana del 25 de julio del 2006, cuando me topé con Diego Armando Maradona en el lobby del hotel Radisson en Leipzig, Alemania, unas horas antes, las selecciones de México y Argentina, protagonizaron el que para el comité de expertos de FIFA fue el mejor partido del mundial 2006, ahí, un golazo de Maxi Rodríguez nos mandó a dormir.
A dormir a casi todos, al fondo del lobby se escuchaban risas y música, casi al mismo tiempo que el sol, salió del bar Maradona, recién se había ido a operar a Cuba y presumía un cuerpo como el del 86, traía el pelo largo, como casi siempre lo usó, una playera de la selección argentina y una bufanda también albiceleste colgando del cuello.
En la mano izquierda un habano y en la derecha un trago, que por el olor presumo era de ron, de aquel encuentro y la breve charla sobre el juego entre México y Argentina, dejé testimonio en Cambio de Michoacán, para quien hice notas especiales en esa copa del Mundo.
Estaba lúcido, entero como decimos en México, muy distinto al de los últimos tiempos, un tipo accesible a la charla y a las fotos con los pocos trasnochados que al igual que yo nos lo topamos a la salida del sol.
Nadie puede defender la forma en que Diego vivió fuera de la cancha y los errores uno tras otro que cometió, y es que afuera del rectángulo Maradona no sabía jugar, adentro del campo él mandaba, sobre sí mismo y sobre los demás, pero afuera los demás lo dominaban a él.
Hoy Maradona perdió su último partido, ya había regateado a la muerte y la había vencido, pero no era el juego definitivo, hoy que la vida de Maradona llega a su fin, hay que tomarla como ejemplo del daño que causan las drogas, en Maradona que lo tuvo todo y en quienes no tienen nada.
Hoy quienes lo asumen como el mejor jugador de la historia y quienes no, seguro sienten su muerte, ¿lo sentirá así quien le dio a probar la cocaína por primera vez en Barcelona? la vida de Diego Maradona no es para nada un legado de buen ejemplo, pero si puede ser tomada como una gran lección, descanse en paz.
«Pase lo que pase y dirija quien dirija, la camiseta número 10 será siempre mía» (sobre la Selección argentina). Diego A. Maradona.





