Morelia, Mich. | Montserrat Herrera/Acueducto Online.- Casa Magdalena abrió sus puertas y nos dio la bienvenida con una cerveza fría que, para las 6:30 de la tarde, hora en la que comenzaba el evento, sentaba bien.
Algunas personas preferían los shots que ofrecían en la entrada para soltar sus manos y que el pintar fuera más fácil; entre risas y pláticas, pasamos todos a recibir nuestros lienzos.
Los lienzos, acomodados por obra, tenían ya marcado con lápiz la silueta de las pinturas de La noche estrellada, Almendro en Flor, Noche estrellada sobre el Róndano y Campo de trigo con cipreses del gran pintor Vicent van Gogh, a quien íbamos a recordar esa noche.
Pasando por la pequeña sala de espera, tomamos los mandiles que ya evidenciaban, por las salpicaduras de pintura, las noches en Casa Magdalena, en donde volver a recordar a los artistas se vuelve una gran experiencia.




Con el lienzo en la mano y el mandil amarrado a la altura de la cintura, entramos al patio que había sido condicionado para el evento, ahí, nos esperaban los caballetes, los goteros y los colores amarillo, azul, rojo, negro y blanco, quienes serían nuestros ayudantes para recrear la obra.
Una vez sentados, nos dieron una calurosa bienvenida y nos explicaron sobre la vida de Vicent can Gogh, el pintor neerlandés que murió sin conocer cuán famoso se volvería.
Nos dieron luz verde para comenzar a pintar: “¡siéntanse como niños! ¡Conozcan los colores!” nos dijeron. Los pinceles, ya remojados, estaban listos para empezar a moverse al son de la creatividad.





El olor a crepa casera invadió el lugar, a pesar de estar abierto, así que los más curiosos nos acercamos a la cocina para comprobar si su sabor era tan exquisito como el olor que emanaba.
La diversidad de crepas hacían dudar a más de uno, pues no podían elegir entre una crepa salada de jamón y queso o una dulce de nutella o alguna mermelada.


Saliendo de la cocina se encontraba la barra, la cual ya no podía verse por la inmensidad de copas que se encontraban sobre ella. Con sus hielos, esperaban impacientes al vino.
Cuando regresamos a la mesa, mezclábamos los colores primarios para, así, obtener unos nuevos, los que le darían vida a nuestro lienzo.
Perdidos en las pinceladas y en, ahora, nuestro arte, caía a nuestras espaldas la noche, quien imitaba los colores primarios con los que jugábamos, volviéndose el anochecer rojizo, después amarillento y, para finalizar, un tono azul muy oscuro, inclinado al negro.
El sonido del saxofón en vivo acompañaba el ritmo de nuestras manos las cuales, sin mucha prisa, intentaban imitar los mismos trazos que Van Gogh hizo.


El vino llegó a nuestras mesas y puso a todos contentos, podía respirarse un ambiente romántico, pues las parejas se abrazaban y besaban de vez en cuando bajo la luz de la serie de focos cálidos.
Algunas familias asistieron trayendo consigo a los más pequeños de la casa, los mismos que estaban más concentrados en su lienzo que los adultos.
Conforme iban terminando, las personas comparaban sus pinturas entre risas y asombro, demostrando que dentro de ellos vivía un artista… aunque en algunos, seguía dormido.




Las horas pasaban y la noche se hacía más oscura, la gente se daba cuenta del reloj una vez que finalizaban su obra de arte, así que, de a poco se fueron retirando, no sin antes tomarse la foto del recuerdo en el jardín de Casa Magdalena.
Fue así como le dijimos adiós a Casa Magdalena, con nuestra propia creación de una de las grandes pinturas de Van Gogh en mano, un recuerdo que nos mantendrá presentes lo agradables que son las noches de pintura en el Hotel Jardín Casa Magdalena.







