Crónica de los Honor Causa anunciados
Morelia/ Bernardino Rangel
La organización universitaria ha acomodado los accesos y las formas. A la entrada, se divide a los visitantes, los de traje por la izquierda del cordón, el resto, por la derecha. Al centro del histórico jardín, la estatua de Miguel Hidalgo contempla entre hilos de humo de cigarro las pláticas de pasillo y el tendido de los cables para la transmisión en vivo del evento. Ojalá que no llueva.
Es 1952 y Elena Poniatowska Amor entrega su primera nota en un periódico perdido de la Ciudad de México. Es una de las cuatro mujeres que se atreven a hacerlo en un mundo redactado por hombres. En ese momento comienza a desbordarse por sus manos inexpertas y sus sentidos de lechuza que no dejan pasar nada, un destino inexorable: escribir, escribir día y noche sin descanso. México, su país adoptivo, la acogerá con el nombre de Elenita.
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Mientras juega en el jardín de aquella enorme casa todo parece normal, pero no lo es. El jardín es inmenso, está vigilado por elementos de seguridad, y la casa, es la Residencia Oficial de los Pinos. Su infancia está marcada por un sello imborrable para el resto de su vida: su padre es el General Lázaro Cárdenas del Río, presidente y pro-hombre de un México que se aparta tímidamente de una sangrienta revolución. El nombre que le escogieron es: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
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Sus amigos le dicen Pepe, pero el título que le entregan en 1973 dice José Narro Robles, Médico Cirujano. Ni se imagina por aquel entonces que más que doctor, será un hombre consagrado a las ideas y que llegará a ser Rector de esa universidad, la más importante del país, la Universidad Nacional Autónoma de México.
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En las Islas Galápagos, las mismas donde su admirado Darwin encontró los sustentos para su obra monumental, El Origen de las Especies, Antonio Eusebio Lazcano Araujo, descubre los caminos de su propia evolución: la biología. Su pasión e inteligencia harán que se reclame su presencia en el Colegio Nacional de México y en el Instituto de Astrobiología de la NASA. Será un rock-star de la ciencia.
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Los cuatro caminan juntos por la avenida principal de Morelia. Pasan platicando al lado de una paletería que dice La Michoacana. En la esquina próxima, cerca de mil personas los esperan dentro del Colegio Primitivo de San Nicolás de Hidalgo para mirar como la Universidad Michoacana los distingue con el título Doctor Honoris Causa.
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No alcanzaron las sillas. El patio trasero ha sido acondicionado con solemnidad para la ceremonia. Están todos, los medios, los representantes de los tres poderes michoacanos, el pleno del Consejo Universitario, los estudiantes y los curiosos que se han acercado para verles de cerca, sobre todo a Elenita, una leyenda de la literatura mexicana. La lona que cubre el cielo del patio y la cantidad de gente convocan al calor y a los abanicos improvisados. Por el micrófono se anuncia que hay más lugares en el Auditorio donde se transmitirá la ceremonia por circuito cerrado. Lo que no dice el micrófono es que la sala tiene aire acondicionado y confortables butacas acojinadas.
La organización universitaria ha acomodado los accesos y las formas. A la entrada, se divide a los visitantes, los de traje por la izquierda del cordón, el resto, por la derecha. Al centro del histórico jardín, la estatua de Miguel Hidalgo contempla entre hilos de humo de cigarro las pláticas de pasillo y el tendido de los cables para la transmisión en vivo del evento. Ojalá que no llueva.
Con paso lento y sonrisas en el rostro, Los Cuatro, cruzan el enorme portón de la entrada, luego el jardín, y luego llegan al abarrotado segundo patio donde la concurrencia, como un efecto dominó inverso, se va levantando de sus lugares. Una cascada de aplausos invade el lugar. Se escuchan silbidos y algunos “bravo”. Dos de Los Cuatro levantan tímidamente los brazos mientras alcanzan los lugares que les han sido asignados al lado del estrado principal ocupado por el Rector y el Secretario General que también aplauden emocionados.
El orden necesario para empezar se acelera cuando suena al micrófono la voz del Secretario que inicia la sesión solemne. El recinto se impregna de protocolo. Desde su sillón de piel, Elenita saluda a lo lejos, el Ingeniero (como le dicen a Cárdenas), saca su rostro adusto de tantas ceremonias, el biólogo sonríe y el Rector de la UNAM se acomoda la corbata amarilla. Como si hiciera falta, se pide al Consejo que apruebe la orden del día y una ola de manos levantadas dan la luz verde para continuar.
Se anuncian los nombres de los próximos doctores. El aplausómetro parece favorecer a la querida Poniatowska, hasta que la voz dice Antonio Eusebio Lazcano y la ovación rebasa las expectativas y sorprende a la mayoría. La primera pista de que ante nosotros, está un rock star de la ciencia.
El primer Laudatorio es para Elena. Una representante de la Facultad de Letras lee un discurso que por momentos le corta la voz. Habla de las mil formas de la palabra y las facetas multicolores que adquiere en la obra narrativa de la homenajeada, testigo de grandes batallas en el devenir mexicano del Siglo XX. En el laudo aparecen los nombres más nítidos y las escenas más simbólicas que ha retratado la pluma de la periodista. Querido Diego, te abraza Quiela, Gaby Brimer; El Sub Comandante Marcos, el Terremoto del 85, Tina Modotti, y por supuesto, la dolorosa pero indispensable crónica de los acontecimientos del 68, La Noche de Tlatelolco, su libro más controvertido y amado.
A la orilla de su discurso, deja los papeles a un lado y rompe con el protocolo para voltearse los otros homenajeados y soltarles: “¿Yo quisiera saber que es para ustedes la mujer mexicana?”
Elena se levanta de su asiento y camina encorvada hasta el Rector para que le entregue un diploma enorme. Los fotógrafos se lanzan a la primera fila, la gente se emociona y una tormenta de flashes y aplausos abraza a Elenita con su papelote, con sus sabias ojeras y con su sonrisa de niña que no la abandonó nunca.
Sin lentes, toma el micrófono y comienza a leer su discurso con un vigor que refleja, nítido, la voluntad inquieta y apasionada que la ha conducido por la vida. Su memoria parece intacta. Mientras recorre cuartillas va extendiendo sobre el auditorio, como una sábana que lanza sobre la cama destendida, una capa de nombres y momentos en su mundo de letras. Con cuidado y lealtad, va colocando a su lado para que la acompañen en este reconocimiento las imágenes de Carlos Monsivais, Ignacio Chávez, Guillermo Haro y Rosario Castellanos. Sus palabras confirman la fuerza simple y evocativa de sus relatos. El público escucha como congelado.
Elenita, la de la pequeña figura que apenas alcanza a rebasar con su cabeza blanca la altura del estrado, no desaprovecha para blandir un párrafo sobre la clase política mexicana, esa que no lee ni estudia porque no le es necesario para “atrapar un hueso”. La gente, incluidos los políticos presentes, interrumpen con un aplauso justiciero.
En su mosaico de imágenes, recuerda a Renato Leduc y a Sor Juana, a Rulfo y a Paz. A la orilla de su discurso, deja los papeles a un lado y rompe con el protocolo para voltearse los otros homenajeados y soltarles: “¿Yo quisiera saber que es para ustedes la mujer mexicana?” El revire provoca risas y un poco de incomodidad en los aludidos que se acomodan nerviosos en sus asientos. Poniatowka les indulta para cerrar diciendo que este título que se le otorga, lo asume como uno que se le da a la mujer mexicana, esa legión de fantasmas de donde ella salió para emanciparse en un mundo que no se le estaba permitido.
El patio aplaude fuerte. Dos mujeres se ponen de pie emocionadas. Elenita baja del estrado con una capa de dignidad bordada durante 83 años. De una esquina del público sin corbata se escapa un “¡Gracias, Elena!”.
La niña que un día se sentó a escribir sin parar, camina lentamente a su lugar con un título de Doctor Honoris Causa que parece desbalancearle los pasos. Uno más de los reconocimientos que ha cosechado por el mundo.
La ceremonia sigue, pero algunas personas se retiran de la sala. Las dos horas restantes se hacen largas y solemnes. Solo las profundas palabras de Antonio Eusebio Lazcano en defensa de la educación pública traen un remanso hasta el patio. Pero ellas, por urgentes y ciertas, requieren otra crónica.






