Tlazazalca/Vianey J. Cervantes
La señora María Elena Hernández es una de las afectadas, a las afueras de su casa se encuentran una impresora, un mueble de madera, libros de derecho y muchas telas y ropa; nos deja pasar a su casa y nos muestra el nivel del agua, que alcanzó casi el metro en esta zona; las actas de nacimiento se secaban sobre una mesa, “ya nos dijeron que si ocupamos papeles, nos los dan”, me dijo, al cuestionarle sobre ellas.
Cuenta que su hijo tiene una granja, caminamos tras la mujer y nos lleva; una serie de corrales resguardan grandes cerdos, casi todos ellos con pequeños bebés lechones, excepto dos. Al frente, se veía al menos una decena de jaulas vacías y solo algunos gallos y gallinas que estaban sobre ellos y en las paredes. El saldo final en la granja es de 28 lechones, 50 gallos, 30 gallinas ahogadas, 2 toneladas de alimento “a la basura”, sin contar el sinfín de pérdidas al interior de la casa.
“Los lechones habían nacido, unos hace tres días y otros apenas ayer”, me cuenta la nuera de María Elena, quien también perdió la ropa de sus dos pequeños de 4 y 6 años, así como el pedido de Mary Kay, a la cual se dedicaba a vender.
“Los zapatos de los niños que acababan de lavar para la escuela, se fueron (…) Se abrió la puerta y todo se fue”, expresa María Elena, de cabello corto y con ojos preocupados, “Los carros no han prendido y mis máquinas (de coser) no las he querido probar”. Ella tiene un taller de costura, y en esta tromba perdió ropa, “propia y ajena”. “La lavadora andaba flotando, y ahí quedó”, dice, y señala el aparato recargado en una pared, al lado de la puerta, húmedo y lleno de lodo. “Fue cosa de segundos, en cuanto bajamos el agua ya nos llegaba a la rodilla”, lamenta.
Más adelante nos topamos con una tienda de servicio, con al menos tres refrigeradores de cerveza en la puerta de la tienda, esperando que llegue ‘la basura’ por ellos. Los Abarrotes “La Única” no ven la salida, sus dueños afirman que sus pérdidas equivalen casi a los 400 mil pesos, entre los vinos, cerveza y maquinaría destruida, “todo se salió por la puerta”, señala Benjamín Zavala, uno de los dueños, la cortina que el agua venció, en los estantes, solamente los más altos permanecen.
El suelo estaba lleno de cervezas, refrescos y botellas llenas de lodo, “contaminadas”, una mujer que cargaba a su bebé se encuentra notablemente nerviosa, se movía de un lado a otro con una mirada que no decía nada más que temor a lo que viene. Benjamín Zavala nos muestra en el video de vigilancia el proceso del agua, cómo se metió, la motocicleta cubierta de agua, los refrigeradores flotando casi al nivel del techo y las decenas de productos flotando. “No esperamos que nos den todo (el gobierno), pero al menos algo para las pérdidas”, piden.
A la secundaria “Álvaro Obregón” no le fue mejor, la barda de la escuela ya no existe, y los salones tienen listones de “no pasar” en cada puerta, las jornadas de limpieza se encuentran barriendo a la entrada del recinto educativo, su director Felipe Silva, por su parte, se encontraba más acercado a la zona.
“Subió entre 20 y 27 centímetros (…) Se nos mojaron dos equipos, pero no tenemos corriente eléctrica para probarla”, dice. Afirma que lo más dañado fue el laboratorio, donde el agua venció la puerta y destruyó materiales e incluso “el archivo muerto” de generaciones anteriores; y el taller de electricidad, ambos en pérdida total de materiales. Pasan entonces tres alumnos que fueron a ayudar, entusiastas, con una bomba de aire.
La secundaria que atiende a 135 alumnos está en espera de arreglar los sanitarios para poder reanudar clases; y afirma que incluso el secretario de Educación, Alberto Frutis, acudió a “echar la mano con la limpieza de los salones (….) Ya tomó nota para apoyarnos con la barda y darnos material para el laboratorio y el taller”. Felipe Silva espera que pronto los alumnos puedan reanudar el ciclo escolar que apenas iniciaba.
Sin embargo, Lorena, dueña de los Abarrotes Lorena, fue una de las más afectadas, por la ubicación de su vivienda y la cercanía con el río; la calle está llena de sopas Maruchan abiertas y húmedas, refrescos vacíos y al menos dos colchones ya verdosos. La tienda al interior tiene una marca de agua que supera mi estatura por mucho, acercándose a los dos metros, los estantes están vacíos y de su patrimonio, prácticamente no queda nada. La vivienda quedó como un cascarón vacío.
Al pasar al interior de su casa, se ven los cuartos ya vacíos, con un armario de madera ‘hinchado’ por el agua, un colchón ya inservible que no ha podido sacar, y un sinfín de materiales. “Perdí todo, todo”, me dice. Al final de pasillo, se llega hacia una puerta que da hacia un gran terreno que antes fue usado como estacionamiento y para terracería, desde su casa, el agua aún cubre tres camionetas, “esas tres son mías, ya se ven poquito, pero ayer ni sabías que estaban ahí”, cuenta, “y abajo tenemos una cochera, ahí tenemos otra camioneta totalmente cubierta”.
La pérdida de Lorena fue tan cruda, que la mujer sonríe, y se mantiene positiva al limpiar, pues quejarse ya no arregla ni devuelve nada. En el techo se ve un hueco, le preguntó si eso lo causó la tromba; “no, eso lo tuve que hacer yo para subirme, para salvarme yo”, responde, “mi esposo ya no se pudo subir, porque la escalera se la llevaba el agua y se agarró de la herrería de la ventana, pero le llegó el agua hasta aquí” señala su mandíbula, al ras.
“Cuando me di cuenta el agua ya iba llegando al colchón, ya no se podía hacer nada (…) en segundos lo perdimos todo”, ríe al decirlo, de nervios o quizás como un ejemplo de cómo tener una cara buena ante los problemas. “Aquí se paró el gobernador, hasta tomó fotos”, me cuenta, al borde de lo que alguna vez fue la entrada a su patio, cubierto completamente de agua y con las macetas flotando, “dijo que iba a ayudar pero no dijo cuándo”, ríe de nuevo y yo me despido.
Una carpintería tiene vista de primera fila al río, los muebles hechos se veían bien, aunque uno de los dueños, de nombre Rogelio, afirmó que no se había realizado el conteo de lo que se llevó la corriente, “si saco la cuenta me va a salir un chingo de feria; se llevó herramientas, material…”, responde después de pensarlo un momento. La línea del agua en la pared alcanza el metro sesenta en esta zona, “el agua la cubriría”, dice Rogelio, cuando le preguntó por el nivel del agua.
Una mujer arregla unas cosas a sus espaldas, mientras un señor con sombrero y camisa azul cielo nos dice que perdieron 20 gallos, ahogados. Afuera, llueve sobre mojado, pues una lluvia fuerte se suelta sobre Tlazazalca e inmediatamente crea corrientes al borde la banqueta.
Todas las personas dicen haber hablado con el gobernador Silvano Aureoles Conejo durante su visita, y a pesar de que no saben si realmente los ayudará, esperan de todo corazón que el ‘gober’ cumpla su palabra. Aunque los habitantes perdieron casi todo su patrimonio, la alegría del mexicano los llena y mientras limpian y recogen los restos de sus muebles, locales y casa, ríen y bromean, porque, ¿qué mejor manera hay para afrontar las adversidades que con un poco de humor? Como dijeron ahí, “¿pues ya qué hace uno sino seguir?”.





