La arena, como el oro, pero gruesa como la sal…

Foto: Enrique Castro

Aquila/ Vianey J. Cervantes

El cielo nocturno se veía despejado, las pequeñas estrellas brillaban como chispas en la inmensidad azul, mientras la luna nueva iluminaba la orilla de la playa de Ixtapilla, en Michoacán, dejando ver “puntos negros” sobre la suave y oscura arena. En aquella noche, el cielo y el mar parecían uno mismo, separados únicamente por la delgada línea del horizonte.

Aquella playa era conocida por ser la “cuna” de miles de tortugas negras y golfinas que confían a sus pequeños huevos en las tierras de la costa michoacanas. Comenzaron a llegar cuando se metió el sol; los últimos rayos del atardecer mostraban a las tortugas llegar a la orilla, recorrían cierta distancia y se detenían, haciendo con su cuerpo un pequeño agujero en la arena.

Por todo sonido, el mar arrullaba con el continúo vaivén de su oleaje bravío; aquella primera tortuga parecía llorar, de sus redondos ojos se vertían gruesas lágrimas, y el silencio permitió escuchar un ligero sonido, un quejido quizás, al momento de colocar sus redondos huevos blancos; “ahorita va a poner mínimo cien”, nos dijo un señor de barriga amplia y piel morena que vivía en la zona.

Admirábamos la tortuga al menos cinco mujeres y un niño, cuando la privacidad del momento y su constante lagrimeo nos hizo dejarla sola, no molestarla mientras colocaba en la arena tibia sus huevos. La noche comenzó a ser más oscura, y el regreso por la playa hacia la zona de abarrotes requirió de la intervención de un intermitente flash, para no caer en algún nido tortuguero. Tras esto, esperamos en el muelle la llegada de la camioneta que nos habría de devolver a nuestras cabañas, mientras la orilla se iba llenando de más y más tortugas que se perdían en la oscuridad.

En Ixtapilla, la gente se divide entre quienes protegen la tortuga y quienes buscan los pequeños huevos para comerlos. Después del desove, cuarenta días deberán pasar sin ser encontrados para que los cientos de tortugas logren salir y regresar al mar, ahora por su cuenta. Nosotros, por nuestra parte, volvimos a Palma Sola, un recinto escondido que le hace honor a su nombre.

A la mañana siguiente, la oscuridad fue reemplazada con un sol intenso que se colaba por cada rendija; la arena de Palma Sola, dorada como el oro y gruesa como la sal de mar, estaba llena de pedazos de conchitas y hojas de palma, se clavaba en los pies hiriéndolos a los pocos segundos, eso sin contar el calor que emanaba de la misma; al final del día, una piel exfoliada y bastante bronceada era el resultado del sol costeño.

El oleaje llevaba pequeños peces a la orilla, piedras de mar y conchitas, las cuales estaba prohibido llevarse. Los pocos visitantes de Palma Sola se divertían con el ir y venir de la corriente que cada oportunidad “revolcaba” a algún desprevenido que se creía más fuerte que la ley del mar. En aquella desconocida costa, no llegaba la época de los millenials; no había red ni internet (una tormenta había arruinado la conexión en cerca de cinco sitios en la zona), la soledad y la libertad era pacífica y esta vez, completa.

Era aún la mañana cuando la voz del jefe se escuchó en la puerta de “La Jaiba” (el nombre de la cabaña) dijo “en diez minutos nos vamos” y, corriendo, Julieta Coria, Leonardo y yo llegamos a la camioneta, a tiempo para visitar nuestro siguiente destino, aún desconocido para nosotros, y que nos daría la oportunidad de colgarnos de la red de un restaurant mientras realizábamos algunas labores periodísticas y comíamos. Como quien dice, un poco chiflando y comiendo pinole.

Aquel día, la playa de La Placita nos dio la bienvenida; al contrario de Palma Sola, aquella arena era de un color gris oscuro con miles de pequeños destellos, suave y escurridiza. El viento fuerte nos hizo refugiarnos bajo el techo del restaurante, pues incluso era imposible abrir los ojos completamente, y las palmas, las hamacas y el techo de hojas secas se movía con fiereza; en el cielo, las nubes se fueron tornando grises y el sol, si bien no escondido, dio pasó a unas cuantas gotas de lluvia que se sentían heladas a comparación de la tibieza del mar.

Si bien los días son deliciosos por el clima, la comida y el paisaje, las noches en Palma Sola eran aún más llamativas. El cielo despejado daba lugar a una luna brillante que se colocaba sobre nuestras cabezas y un centenar de estrellas que la ciudad no te deja ver, la brisa fresca con sabor a mar menguaba la fuerza del calor de la costa, mientras de cada rincón salían peculiares cangrejos, uno tras otro, y demás animales costeños como la “besucona”, esa lagartija pequeña y blancuzca que “meten a las cabañas porque se comen a los alacranes”, y merecedora de aquel apodo pues su sonido se asemeja al sonido de los besos.

Era nuestro último día y la costa se quería despedir como se debe, deslumbrante. El mar se lucía, sus colores se tornaban entre azul celeste y verde esmeralda, la arena dorada refulgía bajo el sol como si de una orilla de oro se tratase; las olas suaves permitían “flotar”, solo para ponerte de pie rápidamente pues la corriente te regresaba al mar, y desde cierto punto, el suelo ya no estaba a medio metro de la superficie como en la orilla, sino a 18 metros de profundidad de acuerdo con los que ahí viven; claro que nadie quería ir a comprobarlo.

Así, un centenar de fotos después, unas cervezas más tarde y algunos tonos de piel más morenitos pero bastante relajados, la visita llegó a su fin y con una mirada, nos despedimos de la inmensidad del océano, solo limitada por el horizonte que deja tras de sí, miles de kilómetros más de este azul Pacífico.

Tras la despedida a las costas michoacanas, a la realidad le costó diez horas devolverme a la capital del estado, a la ciudad de la cantera rosa que nos recibió con una noche fría y una fuerte tormenta eléctrica que duraría toda esa primera noche de regreso. Aquí, la riqueza mexicana se hace presente con fuerza y la diversidad vuelve a llevar de bandera a México, con una costa que resguarda con su calor porteño a las miles de tortugas marinas, con helados bosques que dan resguardo a miles de mariposas y con ciudades coloniales y pueblos mágicos que son el hogar de este especie llamada raza humana.