Ixtapilla, Aquila/Enrique Castro
Se dio el aviso de que la arribada había comenzado, por la tarde estaba «saliendo tortuga” y ya por la noche, Miguel Reyes, hombre de más de medio siglo, caminaba lámpara en mano por la playa de esta comunidad indígena.
Él, aventaba la luz a un lado, la aventaba al otro; gritaba, ahí, ahí, hay otra, y señalaba una tras otra las tortugas que se iba encontrando.
La arribada, en esta parte de la costa michoacana, tenía todas las características de ser de golfinas, el quelonio que llega a desovar todos los días de los meses de julio a diciembre, de todos los años.
Lo que ellos llaman «arribazón» es un espectáculo impresionante; decenas de centenas de tortugas, durante 72 horas seguidas, día y noche, saliendo, sin descanso, a desovar. «Ni caben en la playa», afirma don Miguel.

El, Miguel, disfruta dar recorridos con los visitantes y al mismo tiempo cuidar la horizontal playa. Lleva más de 20 años en el trabajo de rescate de la tortuga golfina en la zona.
Su peculiar forma de hablar, él es de pocas palabras, pero convierte las pláticas en verdaderos cuestionarios, aunque en forma siempre agradable.
«Hay más de 300 tortugas», cuenta a «ojo de buen cubero» y con la experiencia de años en la espalda; suelta la cifra sin importar que el nublado cielo y la ausencia de la luna mantienen una impresionante oscuridad.
El mar se pone bravo y expulsa tortugas, chocan unas con otras y hay que caminar con cuidado, no se ve nada y puedes golpear a alguna.

La golfina es una especie «mediana», de andar lento y pausado; se para a respirar, mirar y meter el pico a la arena, en busca de un lugar para situar sus más de 200 huevos, en promedio.
Llega a un lugar y con sus aletas traseras comienza a cavar en la arena, de un lado a otro, «suspira» y prosigue; termina el hoyo y comienza el ritual:
Uno a uno, caen los pequeños y endebles huevos, amontonándose en el espacio cavado. Ella, la madre, levanta la cabeza y expulsa fuertes respiraciones, sus fosas nasales se contraen y expanden; sus ojos expulsan agua como si llorara.

En ese momento, nada ni nadie la podría quitar de ahí hasta que termine su trance, de repente se quedan dormida en medio desove.
Una danza pone fin al proceso, tapar el nido y asegurarse que nadie lo pueda ver o robar. Con el peso del todo su cuerpo y la ayuda de las aletas, la arena se comprime, se escuche lo duro cada que termina un movimiento: » ya está bailando», dice riendo don Miguel.
El sol comienza a salir, y la playa luce ya con escasas tortugas, «fue solo un aviso» comenta un joven que camina cerca del campamento tortuguero.

«Pa´la otra semana viene la buena». En el mar, casi donde rompen las olas, se ven las cabezas salir a la superficie a tomar aire, una fotografía, desde el arriba, muestra puntitos negros en mar azul que se divisa desde esta playa.
El campamento tortuguero trabaja desde hace 23 años, don Miguel es uno de los fundadores, su labor es recolectar huevos y sembrarlos donde no los roben o se los coman las aves o perros.
Después de la primera arribada, comienza a trabajar el campamento. Por ahora, solo queda ver las cabezas de los quelonios en el mar y cientos de tortugas por las noches y tardes, justo al caer el sol.
Los habitantes de la localidad vieron con rareza un fenómeno inusitado: la tarde del 19 de julio nubes negras provenientes de la sierra anunciaban tormenta, el sol caía, la golfina salía y el viento soplaba con gran fuerza. las palmeras se movían de lado a lado, la arena golpeaba a los que estaban en la playa, los visitantes y turistas se fueron ante tal amenaza pluvial y dejaron el escenario solo:
Y se veía, cuentan, una estampa prehistórica pocas veces vista, la tortuga junto a la tormenta, batallando por llegar a crear un nido, relámpagos y lluvia en su cara. poco a poco se oscurecía, totalmente, la lluvia cesó y la golfina siguió su ritual.





