Morelia/Vianey J. Cervantes
Tomasa César Ayala tiene 67 años, originaría de Zacapu, vino a Morelia por el Domingo de Ramos, una tradición que dice, no se pierde ni un año y nunca pierde oportunidad de inculcar a su familia la importancia de la fe en Dios.
Su cabello está sujeto en una trenza larga que llega hasta su cintura, a su lado corren sus nietos, dos pequeños de diez y tres años. Me habla sobre cómo la religión se volvió un parteaguas en su vida. Me cuenta que sus padres fallecieron en un accidente cuando ella apenas tenía 16 años; lo único que le dejaron fue una vieja biblia que pertenecía a su bisabuela y una enorme fe a Dios.
“Jesús estuvo para mí… sin él no sé qué habría sido de mí, yo era una niña y solo la esperanza me ayudo a seguir adelante”.
Cuenta que quedó al cuidado de una de sus tías, quien era una ferviente católica con quien iba cada día a misa de 6 en la ciudad. Cada día, se encomienda a Dios para seguir adelante, ella se dedica al comercio y es dueña de un pequeño negocio de comida corrida. Tiene a sus santos en la repisa, me dice, pues le ayudan a protegerse y a cuidar su patrimonio.
Menciona que tiene un hijo y dos hijas, y vive con una de ellas, en la casa que “mi tía que en paz descanse me heredó, allá en Zacapu”, y gracias a la cual su situación no se “ve tan difícil”. El tener su casita le genera una seguridad más grande que el mismo dinero que gana día a día.
Su esposo, que en vida se llamaba José Martínez García, falleció cuando ambos tenían solo 45 años. “Me dejó a una de las niñas con apenas 9 añitos, la pobre no alcanzó a conocerlo, yo creo que ni se acuerda bien de su cara”, le preguntó si guarda alguna foto de él, a lo que niega con la cabeza, “solo me queda el recuerdo, mija”. Su mirada se torna un poco triste, abraza con fuerza su ramo y el niño que antes correteaba a su lado, se queda quieto un momento.
“Me da gusto ver que no se pierden las tradiciones, me da gusto ver el templo lleno. La fe me salvo de muchos altibajos, la vida es difícil, pero con fe y con agradecimiento a Dios podemos salir adelante, siempre he pensado que Dios aprieta, pero no ahorca, para mí ese es el mensaje que más me ha ayudado, que siempre puede uno salir del aprieto, que siempre hay salida”.
Sus ojos cafés se ven cansados, el niño pequeño, de nombre Iker, comienza a jalarle la blusa, como en señal de apuro, pues el sol comienza a pegar con fuerza. “Estate quieto, ya nos vamos”, le reprende. Le hago una última pregunta, luego que el pequeño me mirara de reojo, ella baja la mirada un segundo y responde:
“Dios me ha dado la fuerza para seguir aquí, me ha cuidado la salud, me ha protegido a mis hijos… Yo no quiero que estos chiquillos olviden a quién le deben agradecer, quien estará siempre para ellos y que cuando yo no esté, sepan a donde ir a buscarme y a quien encomendarse cuando se sientan perdidos o que no pueden más. Yo por Dios no me he rendido”.
Agradezco a Tomasa el tiempo de la entrevista, el nieto de diez años y el pequeño de tres se toman de la mano y juntos, desfilan por la puerta de la Catedral, donde una mujer les regala una pulsera de hilo rojo con una pequeña cruz dorada, “está bendita”, les dice, después, Tomasa les pone las pulseras a los niños mientras susurra “Dios me los guarde siempre…”.




