Y, sólo quedan gatos y conejos…

Imagen: ACG

Morelia/Héctor Tenorio

Afuera del cereso Francisco J. Múgica, que mide casi cuatro hectáreas y media, los familiares de los presos que estaban en ese lugar hasta el pasado 2 de abril  y que 334 reos fueron trasladados al penal “David Franco Rodríguez” de Mil Cumbres esperaban que les permitieran entrar por las pertenecías de sus familiares. Cuando lo consiguieron desfilaron todo tipo de cosas: muebles tallados por los reos, sillas, mesas, televisiones, serruchos, martillos, camas…

La señora María Saucedo llena una camioneta con las pertenecías de su esposo Vicente Nieto, acusado por delitos contra la salud, expresó: “Ahorita pudimos sacar las cosas personales, el próximo viernes vendremos a recoger las pertenecías que tenían en los talleres, podremos meter los coches hasta el patio para que no carguemos tanto”.

 Reconoció que el traslado de su esposo la agarró por sorpresa. También aceptó que lo más difícil en los cuatro años y medio que se lleva él preso ha sido mantener a sus hijos. Ella solo espera que cuando Vicente Nieto recobre la libertad en octubre de este año, pueda lograr reinsertarse en la sociedad: “Salen marcados y luego no les dan trabajo, espero que él nunca vuelva a caer”.

Con un retraso de veinte minutos inició el recorrido por el cereso, el  todavía director del mismo, Félix López Rosales, comentó que cuando llegó a ese puesto el 16 de junio de 2016, había 414 presos. Reconoció que no sabe cuál será su futuro, ni tampoco del penal. No obstante, no mostró preocupación, ya que podría volver a dar clases de derecho.

López Rosales ofreció una breve conferencia de prensa en la zona de máxima seguridad que prácticamente ya no se usaba, “no teníamos presos de alta peligrosidad y ellos mantenían una buena conducta”.

 Los medios de comunicación son conducidos a las celdas de máxima seguridad, un poster de la Santa Muerte no recibe, las celdas son reducidas y con una capacidad para dos presos, están pintadas con leyendas. “No mires lo que das sino el corazón con el que lo das”. Los periodistas se sugestionan, piensan que hay una vibra diferente en ese sitio.

Salimos de ahí, empezamos a recorrer los seis edificios del cereso Francisco J. Múgica.  Vamos a un lado del director López Rosales. Llegamos a la zona de visitas conyugales, afuera del lugar están los juegos infantiles para los hijos de los reos. Más adelante se encuentra el Auditorio José Revueltas con una capacidad para 250 personas.  En el centro está un quiosco y a un lado la estructura de un árbol de navidad que era adornado por los presos cada diciembre.

Enfrente de ese lugar está la zona comercial: abarrotes Mary, la cocina general donde se hacia el pan y las tortillas, también queda el anuncio del café donde se preparaba tortas, cócteles de camarón y papas a la francesa.

Continuamos nuestro camino hasta que llegamos a las crujías y ahí está una cancha de básquetbol y una de futbol.  El director del cereso Francisco J. Múgica, afirmó que en su breve gestión se crearon talleres de inglés y de mecánica. El funcionario presumió que el diciembre pasado se realizó una pastorela, ya que él, aparte de estudiar derecho, estudió dramaturgia en Bellas Artes.

Se le preguntó el número de policías que cuidaban el cereso. Él contestó: “84 policías divididos en tres compañías”. Aceptó que los presos hacían uso de sus celulares, ya que el bloqueo para lo mismo tuvo que ser desconectado debido a las múltiples quejas de los vecinos. “Incluso ellos se intentaron amotinar el domingo porque ya sabían que serían trasladados”.

Rechazó que hubiera autogobierno: “Cuando yo llegue, la Pepsi descargaba refrigeradores en el patio central y eso se acabó”.

Llegamos a la recicladora, ahí es una zona de talleres donde estaban el de artesanía, el de mecánica, además de otros servicios como una peluquería que tenía un costo de diez pesos. El funcionario aceptó que los presos lograban generar sus propios recursos, “había dos boleros, y los artesanos hacían piezas para las exposiciones que se realizaban, era como un pueblo”.

Pasamos por la iglesia católica del Santo Niño, a un lado el espacio de para el doble AA. López Rosales dijo que había tres grupos y que eso ayudaba a mantener la calma en el cereso. Al final de ese pasillo estaban los abarrotes “El pollito”.

El recorrido terminó en el Auditorio “José Revueltas”, donde nos tomamos la foto del recuerdo, el funcionario explicó que al lado izquierdo estaba la zona  para la tercera edad y psiquiatría, además de un espacio para  estudiar la secundaria y preparatoria: “en la secundaria estaban estudiando 46  personas en dos turnos,  en la prepa  15 y nos quedamos con el proyecto de hacer  una  licenciatura en derecho”.

 El funcionario nos conduce a la salida, todo el tiempo que estuvimos ahí vimos conejos y gatos, a quienes no parece incomodarles no tener libertad.