Entre coros y rezos, el nuevo Arzobispo

Imagen: Enrique Castro

Morelia/Julieta Coria
El estadio repleto de religiosos, seminaristas, sacerdotes y fieles católicos que con gran emoción, mostraban, no una expresión de alegría descontrolada, más bien disimulada.

Desde temprana hora llegaron a ser testigos del nombramiento del nuevo arzobispo en Morelia.

Como un evento multitudinal, las calles que rodean al estadio Venustiano Carranza, lucen completamente cerradas por policías que aseguran el paso y la seguridad sólo de unos cuantos, la gente hace largas filas al entrar, y bien preparados traen consigo, sus gorras, sombrillas y hasta los rosarios, por cualquier cosa…

Ancianos en su mayoría, andan a paso lento, en busca de un lugar en las gradas, allá donde los religiosos lucirán como diminutas figuritas en blanco y amarillo. A la entrada un pequeño refrigerio para aguantar la sagrada misa. Crece la emoción.

El escenario está listo, el estadio a tres cuartos de su capacidad, la euforia en silencio, la emoción por ver a esos viejos hombres de sotana blanca y enormes gorros, es el común denominador, hombres que a decir de sus fieles están más ‘cerca del cielo’ hoy son la sensación.

El sol cala por todos lados, no hay sombra alrededor, bueno,solo para los obispos y los ‘invitados especiales’ del gobierno.

Ha llegado el momento esperado, han llegado los de sotana blanca de lento caminar. Todo comenzó muy rápido y de manera puntual, a lo lejos las voces de los niños Cantores de Morelia y la Orquesta Sinfónica de Michoacán, amenizan de forma extraordinaria con sus melodías y canticos litúrgicos.

La ‘santa misa’ estaba iniciando, la gente se ha levantado de sus lugares a observar atentos, a iniciar los rezos. Un silencio absoluto, solo se escucha la ceremonia que ha iniciado, con monótonas y repetitivas voces…

Luego de más de una hora de discursos, rezos y cantos, ha llegado el momento esperado por casi todos:
“Hoy te entrego hermano Carlos, un báculo, sencillo pero precioso, el báculo de Tata Vasco, el mismo báculo que hace menos de un año empuñó el Papa Francisco y con el báculo, pongo en tus manos esta hermosa diócesis a la que ya conoces y ya amas; pero la irás conociendo y amando más cada día” decía al micrófono el Cardenal, Alberto Suárez Inda, el que se va, en su último mensaje a los fieles.

Ya con la lectura de Letras Apostólicas, es decir, el nombramiento de Monseñor Carlos Garfias Merlos, la sonrisa del hombre de sotana que llega, lo dice todo, su semblante ha cambiado, su expresión es otra, su sonrisa, esa sonrisa que observan atentos cada uno de sus fieles seguidores y que de inmediato contagian, a  los fieles, esos fieles…

Suárez Inda se va, pero antes exigió a los sacerdotes y religiosos a no mantenerse aferrados a “fórmulas del pasado”, si no a ser firmes, ya que eso, permitirá exigir y responder a lo que llamó los “legítimos anhelos de la sociedad”.
El nuevo Arzobispo se ha sentado en la sede y ha tomado posesión del báculo, la gente se emociona.  Los demás observamos atentos mientras la mayoría levanta sus manos al cielo, las lecturas del evangelio continúan.
Durante la homilía de la Misa, el nuevo clérigo fue autocrítico al señalar que la acción cristiana no ha sabido responder a los retos que enfrenta la nación.
“No hemos sabido dar testimonio eficaz en la misión evangelización encomendada. Llamó a los presentes a una nueva conversión para ser testigos reales del mensaje de Cristo y a los evangelizadores en cada comunidad, para que a través del testimonio contribuyan a aminorar la injusticia y violencia que lastima a los más débiles y jóvenes”.
Todos atentos al esperado evento, Garfias Merlos agradeció al Cardenal Alberto Suárez Inda estar en la ceremonia y demostrar que el obispo y sacerdote deben ir de la mano para construir la Iglesia católica…
“Inicio esta nueva misión con invocación a Cristo por la paz. En el momento que vivimos, debemos estar más cerca que nunca de Cristo, en un camino de reconciliación para dar respuesta a la violencia e injusticia, corrupción e impunidad presentes en la patria, que lo único que hacen es contribuir como caldo de cultivo del descontento creciente” y así por al menos quince minutos, hasta conluir y bendecir a todos, por supuesto.
Más rezos y más los cantos, con el coro de fondo…
“Si no va a cantar, mejor haga silencio” me dice una señora con rosario y misal mano, que no ha dejado de rezar y cantar, con enorme fervor y un enojo más que evidente, y así, con mano en pecho levanta la voz.
Luego el Padre Nuestro. Las mujeres se levantan y extiende sus manos al aire, rezan con rostros de arrepentimiento.
“Estamos en la santa misa, por favor” insiste la señora vestida totalmente de blanco, con enormes lentes rojos y una expresión de enojo, por el incómodo ruido que los de la Prensa hacen. “Silencio, silencio”.
Obedientes mujeres, fieles por doquier y hasta el frente sacerdotes, religiosas y seminaristas, observan a un grupo de clérigos que a manera de representación se acercan al Arzobispo para manifestar su obediencia.
Está por concluir el maratónico evento, solo falta la hora de comulgar y el saludo de la paz.
“Con permiso que ya viene el santísimo” replica a todo pulmón la señora de blanco “aun lado, a un lado” recibe con gran devoción la hostia y permanece por varios minutos en silencio, trata de purificar su alma, tal vez.
Pero su enojo sigue ahí, y apenas al abrir los ojos, su mirada filosa lo dice todo. Parece que la hostia no hizo efecto.
“La paz esté contigo” extiende su mano y con un apretón casi desgarrante, y una falsa sonrisa que desaparece, ante la multitud que para concluir, corren a ver pasar al nuevo arzobispo de Morelia, mientras el fuerte «Ala bio a la Bao ala Bin bon ba el arzobispo, el arzobispo, ra, ra ,ra» se disminuía en su andar.