Morelia/Daniel Valladares Altamirano.
Desde unos metros, antes de llegar al Orquidiario de Morelia, el olor ya seduce a la nariz. El humo de leña quemándose recibe como perfume a los que se acercan… invitándolos a entrar. Más de 200 cocineras, exhiben su gracia en la gastronomía; todas, michoacanas.
De 7 regiones del estado, las virtuosas del arte culinario, fueron convocadas al Encuentro de Cocina Tradicional de Michoacán, que durante tres días, deleitó a morelianos, turistas y todo aquel que asista al lugar.
Con una variedad de 250 platillos, hay más que suficiente para satisfacer a todos los gustos, en más de una ocasión; y es que la calidad del menú es inmejorable, las porciones abundantes, y los precios asequibles.
Aunque, después del primer bocado, los costos parecen no importar; se esperaba que la derrama económica que el evento genere, sea superior a los 3 millones de pesos.
No obstante, el propósito de este evento, es el de contribuir al mantenimiento de la designación que la UNESCO otorgó a la gastronomía mexicana, como patrimonio intangible de la humanidad.
También es una buena oportunidad para que las maestras cocineras compitan por la admiración de sus compañeras, con los diferentes concursos, que entre sus categorías, se dividen en:
Atole y tamales de temporada, Plato Tradicional de rescate, Plato tradicional regional “Nuevos Valores” (usando un ingrediente tradicional de la región), “Comida de Fiesta” (exclusivo para maestros cocineros), así como Panes y Dulces.
Con un amplio espacio de comedor y cubiertos a la mesa, lo único que hace falta es sentarse y comer, algo simple que se torna complicado, pues la indecisión brota al ver la multitud de fogones, envolviéndote con sus fragancias.
Las trojes, coronadas con el nombre de la experta artífice, lucen adornadas con distintivos de cada región; los braseros y comales de barro, cocinan aquellos deliciosos ingredientes enfrente de tu vista, como una ancestral estrategia de marketing.
Las encargadas, vestidas tradicionalmente, hacen aún más atractivos los pequeños establecimientos, en los cuales, estudiantes gastrónomos de la capital, fungen como auxiliares en las cocinas.
Familias enteras, parejas y alguno que otro solitario, saborean las exquisitas preparaciones mientras se denota el agradable momento que están disfrutando; mismo que tendrán oportunidad de repetir, sin falta, el próximo año.





