Pátzcuaro/Julieta Coria
Como cada año a orillas de la carretera, en Santa Ana Chapitiro, dentro del municipio de Pátzcuaro, la casa de Don Humberto, se ha convertido como en un palacio para adorar y ofrecer altares a La Niña Blanca o la Santísima Muerte, que hoy viste de manteles largos para festejarla el Día de Muertos.
La Casa de Don Humberto tiene más de 22 años ofreciendo altares a “su niña” blanca, hace mucho tiempo que le pidió un “favor muy especial” y al cumplirle prometió instalarle una casa en su honor, en agradecimiento. Este día no es la excepción, en el día de Muertos, aquí, en Santa Ana Chapitiro, existe otra celebración…
Alejada completamente del Pueblo de Huecorio, la casa es visitada día y noche por sus creyentes que más que pedir favores, acuden para adorarla y rezarle al “Ángel de la muerte”. “ella era un ángel de los buenos” aseguró Don Humberto.
Sentado en un sillón, mientras toma un ponche ‘con piquete’ Don Humberto platica la historia de la Flaquita, como de cariño la llama, sorbo a sorbo, va contando como el Ángel de la muerte fue muy poderoso, “casi como el de Jesús” y por eso fue expulsado de los cielos. “Pero ella sí nos cumple”.
Poco a poco se va llenado el lugar. Hombres y mujeres con rostros inexpresivos, bajan de sus lujosos vehículos, caminan directo al altar. Algunos con flores en mano y botellas de vino. Hay extranjeros también esta noche y niños que con su llanto, se rehúsan a entrar.
La casa totalmente a oscuras es iluminada solo por la tenue luz de las veladoras de los altares, el olor a incienso es evidente, el olor frutas, a muerte. “Porque la muerte anda por todos lados” dice Don Humberto “no hay que tener miedo, a todos nos va a llevar”.
Aquí abunda la variedad de “Santas”. Algunas traen vestimentas de colores y pelucas, otras llevan coronas de reina. Hay rojas negras y blancas. Hay Grandes y chiquitas, algunas con tono serio y tenebroso y otras con una sonrisa picarona. Todas sin excepción, traen su guadaña curvada en su mano.
En medio del silencio y la oscuridad, a lo lejos se escucha el susurro de un creyente, que repite en voz muy baja arrodillado ante un improvisado altar:” ¡Oh preciosísima y divinísima Santa Muerte! ¡Sálvanos a nosotros y al mundo entero! Una y otra vez.
A su lado una estructura metálica, verde botella, forjada al calor de la fe desesperada, cubre, más como adorno que como blindaje, las esculturas esqueléticas de la Niña Blanca, flanqueada por sus gemelas, verde y azul intenso, casi negro.
Sólo se observan los cráneos, el resto de los huesos están cubiertos de tela de tul al estilo quinceañera. Imposible dejar de recordar su semejanza con la Santísima Trinidad Católica…
“Pero la mayoría de los que le rezamos somos católicos, que quedé claro” a palabras de Don Humberto “nomás que luego son los sacerdotes, los que no quieren reconocerla”.
Regresando a la imagen del fiel creyente…éste deposita unas monedas junto a una hoja blanca, doblado en cuadro. Debajo, peleando espacio, entre veladoras, velas, objetos particulares dejados como ofrendas, anillos, dinero, pan, todo lo que una deidad merece para ser llamada ‘deidad’. El silencio se convierte en rezo.
El recorrido una y otra vez, no hay ni un solo rincón que no tenga, la imagen de la “flaquita”. A un costado de la casa, un joven vende imágenes de todos tamaños y colores de la deidad; en metal, para colgar como pendiente; en yeso, para adornar el altar casero u ofrendar, y los misales, según la causa desesperada que aflija: pérdida de trabajo, pérdida de salud, pérdida de amor… ese amor, pérdida de libertad.
Un hombre de botas vaqueras y camisa de manga corta deja ver en el antebrazo izquierdo un tatuaje de la Santa Muerte con guadaña, hace breve reverencia a la imagen, y luego desaparece entre la oscuridad. Breve el tiempo que dedican esta la niña blanca, pero con gran significativo, como dice Don Humberto, quien hoy velará en su propia casa, para esperar el ánima que hoy viene a visitarlo.





