No es país para viejos: crónica de una cacería sin redención

No es país para viejos: crónica de una cacería sin redención
Imagen Especial

Editada en 2005, la ficción de Cormac McCarthy constituye un réquiem áspero acerca del derrumbe de un código ético. Llewelyn Moss, ex combatiente de Vietnam, tropieza con dos millones de dólares al lado de una carnicería del narco en la llanura de Texas y resuelve llevárselos. Esa determinación, más cándida que avara, lo transforma en botín de Anton Chigurh, quizá el verdugo más despiadado de las letras actuales.

McCarthy redacta con un estilo testamentario y escueto, sin entrecomillados para las conversaciones, como si las voces brotaran directamente de la roca. El territorio no es escenografía sino dogma. El páramo de 1980, limítrofe y vespertino, opera como tablado de una brutalidad que ya no discierne entre culpables e inocentes.

La traslación fílmica de Joel y Ethan Coen, lanzada en 2007, no traiciona esa sequedad, la exacerba. Los Coen prescinden de la partitura musical casi en su totalidad y permiten que el mutismo del erial, el chasquido del cuero y el zumbido de la pistola de perno cautivo impongan su ceremonial fúnebre. Javier Bardem, con una melena atroz y una mirada sin fondo, no encarna a Chigurh, lo materializa como acontecimiento climático, como penumbra que no arroja silueta.

Aquel largometraje cosechó cuatro estatuillas de la Academia en la gala de 2008: Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guion Adaptado y Mejor Actor Secundario para Bardem. Conviene aclarar aquí una confusión habitual, donde Cormac McCarthy jamás obtuvo un Oscar. Su canonización literaria arribó por otra ruta, el Premio Pulitzer de Ficción en 2007 por “La carretera”. La Academia galardonó a los Coen por haber sabido interpretarlo, no a él por haber sido interpretado. El autor, leal a su aislamiento monástico, ni siquiera acudió a la ceremonia.

Chigurh no asesina por rencor ni por lucro. Asesina por axioma, con una moneda lanzada al aire que dictamina el destino de sus víctimas. Es el acaso erigido en divinidad tenebrosa, la personificación de una maldad metafísica que la lógica contemporánea no logra digerir. Frente a él, el sheriff Ed Tom Bell encarna la conciencia antigua, la ley que todavía confiaba en el relato, en el deber, en la viabilidad de amparar. Sus soliloquios, que inauguran cada capítulo a modo de salmos exhaustos, constituyen el auténtico núcleo sombrío del volumen: la confesión de un individuo que sobrevive a su propia época.

El libro resulta noctívago en su cadencia. Las cacerías transcurren en moteles deshabitados, caminos vecinales, cuartos alumbrados por neones moribundos. McCarthy elude el clímax hollywoodiense; privilegia la elipsis, el fuera de cuadro, el deceso que sucede sin espectador. Esa austeridad constituye su jugada más temeraria, que es negarle al lector la purga.

No es país para viejos extrae su título de W. B. Yeats, del poema “Sailing to Byzantium”, y esa alusión erudita no es adorno. Es dictamen. La nación de los jóvenes es la nación de la ferocidad sin memoria, donde los viejos preceptos del honor tejano se han tornado estériles. Bell lo intuye al cierre, en una ensoñación donde su padre cabalga con lumbre en la negrura: la sola claridad factible es la que se transporta, endeble, a través de la noche.

Severa hasta la médula, la obra no brinda consuelo ideológico ni ético. Solo deja una certidumbre taciturna: la perversidad no requiere coartada para florecer, solo precisa que los hombres rectos lleguen tarde.