- La resistencia de la alfarería tradicional
Morelia, Mich | Agencia ACG Noticias.- Las catrinas de barro se llevan las miradas en Capula. De vestidos largos, sombreros, flores y rostros pintados, las figuras se acomodan una junto a otra en los puestos de la Feria de la Catrina, que permanecerá hasta el 3 de noviembre. Los visitantes se detienen, preguntan precios, toman fotografías y buscan llevarse alguna pieza.
Sin embargo, detrás de la artesanía que hoy distingue a esta tenencia de Morelia hay otra historia. Una que comenzó mucho antes de que las calaveras se convirtieran en su insignia: la de las ollas, cazuelas y platos de barro que durante generaciones llegaron a las cocinas.

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En uno de los talleres de Capula, Ángel Ávalos Espinoza muestra una pequeña olla de acabado sencillo. No tiene los colores ni los detalles que caracterizan a buena parte de las piezas exhibidas durante la feria.
Es una réplica de las que, cuenta, se trabajaban antes de que la alfarería de Capula comenzara a incorporar nuevos decorados. Para él, conservar estas piezas significa mantener vivo un oficio que aprendió desde pequeño y que hoy ve cada vez más amenazado.
Su historia con el barro comenzó antes de que pudiera entender del todo el trabajo de sus padres. Primero ayudaba a recoger las piezas y sacarlas al sol; después aprendió a limpiarlas, pulirlas, moldearlas y pintarlas. No hubo una enseñanza formal, sino pequeñas tareas que, con el tiempo, se convirtieron en un conocimiento que lleva toda la vida practicando.

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“Uno empieza desde pequeño, agarrando pequeñas tareas”, recuerda Ángel, quien desciende de una familia alfarera por parte de su madre. Su abuelo materno fue Lorenzo Espinoza, a quien reconoce como uno de los precursores del decorado tradicional de Capula.
Antes de los colores, explica, la producción se concentraba en piezas de uso cotidiano. Había ollas, cazuelas y otros recipientes con acabados sencillos y algunos esmaltes. Después llegaron las grecas, los colores y el puntillismo, una de las técnicas que hoy distinguen a la loza de esta comunidad.

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Del barro sin color al puntillismo
Ángel sitúa alrededor de la década de 1950 el inicio de los cambios que dieron paso a la alfarería decorada que hoy se reconoce en Capula. Según su relato, su abuelo Lorenzo y sus hermanos Epifanio y Efrén Espinoza comenzaron a experimentar con nuevos diseños e introducir el color en las piezas.
También recuerda que trabajaban en una especie de escuela-taller en el centro de la tenencia, donde elaboraban moldes y desarrollaban distintas formas de decoración.
No obstante, reconoce que no existe una fecha precisa ni un registro escrito suficiente para reconstruir por completo esa historia. Buena parte de lo que sabe lo ha escuchado de otras personas de la comunidad y de su propia familia, donde los conocimientos se transmitieron de generación en generación.

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“Se ha perdido mucha identidad porque no hay un acervo cultural como tal”, señala Ángel al hablar de la falta de registros que permitan preservar la historia de la alfarería local.
La preocupación no se limita a la falta de documentos. Ángel considera que la alfarería tradicional ha perdido presencia frente a otras formas de producción que utilizan pinturas acrílicas o vinílicas y distintos procedimientos.
Las técnicas también requieren tiempos de trabajo diferentes. Mientras algunas piezas pasan por una sola quema, otras necesitan más trabajo y hasta dos hornadas, como ocurre con parte de la loza decorada que produce su familia.

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A unos puestos de distancia, Rocío Ruiz también ofrece ollas, cazuelas, macetas, vasos y platos pozoleros. Son piezas que no siempre ocupan el primer plano de la feria, pero conservan una función cotidiana y forman parte del trabajo de los artesanos de Capula.
Ella aprendió de sus padres, como su madre aprendió de los suyos. Así, el conocimiento se ha mantenido durante generaciones.
En su puesto, los compradores pueden encontrar desde una olla para los frijoles hasta una cazuela para el mole. Mientras unos visitantes buscan catrinas para decorar sus casas, otros se llevan piezas que utilizarán en la cocina. Para Rocío, ambas producciones tienen un lugar en la feria, pues cada una responde a gustos y necesidades diferentes.
Su madre, de 70 años, también continúa trabajando el barro. Comenzó desde niña y, aunque ahora tiene dificultades para caminar, conserva la habilidad de elaborar las piezas que aprendió de sus padres.
A sus cinco hijos les transmitió el oficio, una forma de trabajo que para ella ha representado una posibilidad de salir adelante. En su familia, el aprendizaje de la alfarería tradicional se ha mantenido, aunque no todos se dediquen a elaborar catrinas.

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Una tradición que resiste entre las catrinas
La Feria de la Catrina, que este año llega a su edición número 16, muestra el lugar que estas figuras han ganado en la identidad de Capula. Su elaboración cobró impulso a partir de la década de 1980 y, con el paso del tiempo, las catrinas de barro se convirtieron en uno de los principales atractivos de la comunidad.
Sin embargo, para Ángel, la popularidad de estas piezas no debería dejar en segundo plano la alfarería que ya existía antes de su llegada.
Aclara que no considera una técnica superior a otra. Cada pieza tiene su propia complejidad, desde el moldeado hasta la decoración y la cocción. La diferencia está en los procedimientos y en el tiempo que requiere cada una. En su taller, por ejemplo, procura alternar la producción tradicional con la decorada para ofrecer variedad a sus clientes.

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Aun así, el futuro del oficio le preocupa. Ángel creció en una familia que encontró en la alfarería una forma de sustento, pero no está seguro de que las siguientes generaciones tengan las mismas oportunidades. Dice que el trabajo es pesado y que, aunque todavía hay compradores, mantener la tradición requiere algo más que la venta de piezas durante una feria.
“Es un orgullo, pero también una tristeza, porque ya se está perdiendo. Yo no le veo mucho futuro a la artesanía”, expresa.
Rocío, por su parte, continúa con la elaboración y venta de piezas tradicionales, mientras su madre conserva los conocimientos que recibió de generaciones anteriores. En su puesto, las ollas y cazuelas comparten espacio con otras artesanías de la temporada.
No todas tienen el mismo diseño ni el mismo precio, pero cada una requiere el trabajo de quienes aprendieron a moldear el barro desde pequeños.
En Capula, las catrinas seguirán atrayendo visitantes hasta el 3 de noviembre. Sus vestidos y detalles las han convertido en la imagen más reconocida de la tenencia, pero detrás de ellas permanece una tradición más antigua, hecha de platos, ollas y cazuelas que todavía se utilizan en los hogares.
Para Ángel y otras familias alfareras, mantener esas piezas en producción significa conservar una parte de la historia de la comunidad: una historia que no comenzó con la Catrina y que todavía busca cómo permanecer.



