Editorial | El reto de los autogobiernos en Michoacán: de la utopía a la institucionalidad
Con la suma de San Andrés Tziróndaro como comunidad número 57, ls autogobiernos en Michoacán parecen consolidar una transición irreversible. Este modelo de presupuesto directo, de origen histórico en el movimiento de Cherán de 2011, da resultados a más de 163 mil habitantes originarios. La inyección financiera acumuladas de mil 292 millones de pess demuestra que no se trata de un ensayo, sino de una reconfiguración política estatal.
Sin embargo, el éxito de la libre determinación no es homogéneo ni se produce de manera automática en territorio. Mientras demarcaciones como Cherán, Santa Fe de la Laguna y San Felipe de Los Herreros logran la mejor paz social posible y cuentas públicas casi ordenadas, otros casos exhiben fisuras operativas. Las realidades comunitarias difieren sustancialmente entre sí, haciendo imposible evaluar este modelo bajo una sola etiqueta generalizadora.
Los obstáculos jurídicos de El Calvario u las disputas por liderazgos en Pómaro evidencian que el recurso público sin consensos genera parálisis. A esto se añade el desafío de la seguridad en Tarecuato, en donde la vigilancia comunitaria de las Kuarichas resulta insuficiente ate dinámicas delictivas externas. La autonomía financiera no blinda por sí misma a los pueblos si el Estado claudica en su deber de proteger las fronteras regionales.
El reto de los autogobiernos radica en equilibrar el legítimo derecho de las Tenencias con la viabilidad financiera de los Ayuntamientos. Los municipios y las asambleas indígenas están obligados a construir esquemas de corresponsabilidad que eviten el aislamiento o la inestabilidad civil. La descentralización de los recursos debe ser una herramienta para la justicia social y el desarrollo, nunca un camino hacia el desamparo institucional.



