En la misma comunidad donde la violencia acaparó portadas nacionales en 2015, una modesta escuela de taekwondo enseña desde hace 23 años que el verdadero combate no se queda en el tatami: también está en construir disciplina, respeto y otras posibilidades para las infancias y juventudes.
Por Asaid Castro/ACG
Morelia, Michoacán.- El reloj marca las 5 de la tarde de este 4 de septiembre, Día Internacional del Taekwondo, y en una calle de Tenencia Morelos el movimiento cotidiano no se detiene. Pero al subir unas escaleras de madera que llevan a un segundo piso, el ruido empieza a disiparse. Arriba, el aire se siente distinto. A través de grandes ventanales entra una luz clara que ilumina un piso de tatami de tonos rojos y azul intenso.
Entre colchonetas, sacos de boxeo rojos y espalderas de madera, el lugar funciona como un refugio donde no solo se aprende a lanzar una patada, sino también a escuchar, respetar y trazarse metas. En ese salón, Juan José Rodríguez Briones lleva más de dos décadas formando taekwondistas.

De postura firme y dobok blanco con cinturón negro, el maestro atiende a cerca de 18 alumnos de distintas edades. Mientras conversa, en el mismo espacio algunos de los más pequeños, niños de apenas cuatro años, comienzan a familiarizarse con las primeras instrucciones de la disciplina.
La escuela, que comenzó de manera sencilla hace 23 años, ha visto pasar generaciones enteras que obtuvieron la cinta negra, se convirtieron en profesionistas o formaron sus propias familias.

Este 4 de septiembre, Día Internacional del Taekwondo, la fecha recuerda la inclusión de esta disciplina en el programa olímpico en 1994. Sin embargo, para Rodríguez Briones, el valor real del taekwondo va mucho más allá de una medalla.

“Se ha convertido en rescate para hábitos de niños, para hábitos de transformación y gente y un mejor futuro”, explica.
Para él, ese cambio comienza desde las primeras edades y continúa conforme los alumnos aprenden a relacionarse con sus compañeros, escuchar a sus profesores y establecer objetivos. El entrenamiento, dice, termina trasladándose a otros espacios de la vida.

Un refugio de artes marciales
Hablar de Tenencia Morelos también implica recordar una comunidad que ha atravesado momentos complicados. En 2015, Servando Gómez Martínez, “La Tuta”, entonces líder de Los Caballeros Templarios, fue detenido por fuerzas federales en una vivienda de esta zona, tras meses de seguimiento.
Rodríguez Briones recuerda aquellos años desde el interior de su escuela. Incluso, durante el periodo de mayor violencia que identifica con la llamada guerra contra el narcotráfico del sexenio de Felipe Calderón, la tensión en la zona llegó a ser tan alta que estuvo a punto de cerrar las puertas del espacio.

“Yo estuve a punto de cerrar aquí. Hubo cosas muy difíciles, de plano complicadas”, recuerda.
Sin embargo, los alumnos continuaron llegando tarde a tarde.
No necesariamente porque estuvieran involucrados en actividades delictivas, aclara el maestro, sino porque algunos convivían de cerca con un entorno violento y encontraban en el entrenamiento un espacio distinto. Años después, algunas madres le contaron lo que aquellas clases significaban para sus hijos.
“Me dijo una mamá: ‘ahí nos encerrábamos y era como nuestro ratito de estar un poquito más en paz’, como un poco privados de todo, de las balaceras que llegó a haber aquí”, relata.

La escuela terminó funcionando, sin que el propio maestro lo supiera entonces, como una especie de pausa frente a lo que ocurría afuera. Mientras algunas familias permanecían dentro de sus casas por temor, algunos niños seguían llegando a entrenar.
Uno de esos casos quedó grabado en su memoria. Un joven que convivía de cerca con aquel contexto le manifestó a su madre que no quería seguir ese camino y que quería convertirse en maestro de taekwondo.
Con el tiempo, el alumno llegó a desempeñarse como monitor en la escuela y colaboró en algunos torneos. Incluso se encargó de trabajar con algunos de los niños más pequeños. La historia no terminó necesariamente con una cinta negra al cinturón. Para Rodríguez Briones, el verdadero logro fue que aquel joven pudiera imaginar un futuro distinto.
“Yo quiero ser maestro de taekwondo”, recuerda que le dijo el joven a su madre. Y aquella idea encontró también una ruta dentro del propio deporte: terminar sus estudios, prepararse y posteriormente buscar la formación necesaria para convertirse en instructor.
Un aprendizaje que no termina al bajar las escaleras

La transformación comienza con gestos cotidianos: aprender a guardar silencio, atender una instrucción, hacer una reverencia de respeto, mantener en orden el material o prepararse a tiempo para un examen de grado.
Para Rodríguez Briones, quien suma 26 años de experiencia en la enseñanza y tiene formación en Educación Física, la disciplina no equivale a una obediencia ciega. Se trata de aprender a trabajar paso a paso por un objetivo.
“No buscamos que sean solamente buenos peleadores”, explica.
En su método, la preparación para un examen puede trasladarse al estudio diario; el orden del doyang puede llegar hasta el hogar; y la convivencia entre alumnos de distintas edades puede convertirse en una red de compañerismo. El maestro considera que la formación filosófica ocupa una parte fundamental del aprendizaje, junto con la técnica. El respeto hacia los compañeros y hacia quienes tienen mayor experiencia, dice, también puede traducirse en cambios de conducta fuera del entrenamiento.
“La disciplina marcial tiene como principio de acción que el discípulo tiene que ir aprendiendo a ver, escuchar y atender las indicaciones”, señala.
Ese aprendizaje empieza incluso con los más pequeños. Durante la entrevista, mientras Rodríguez Briones habla sobre la formación humana, niños de alrededor de cuatro años realizan sus primeros ejercicios, todavía entre instrucciones, juegos y movimientos que requieren más paciencia que fuerza.
La escuela también ha trabajado con niños dentro del espectro autista. El maestro recuerda tres casos en los que, gradualmente, los alumnos comenzaron a integrarse al grupo y a trabajar en equipo.
A lo largo de más de dos décadas, calcula que entre 12 y 18 alumnos formados en este piso han alcanzado la cinta negra. Varios son hoy profesionistas, otros ya son padres de familia y a algunos les ha perdido la pista, pero forman parte de la historia de este lugar.
Hoy entrenan alrededor de 18 alumnos.
Son pocos en comparación con otros años, reconoce, pero suficientes para mantener vivo un proyecto que ha resistido el paso del tiempo y que, desde una segunda planta de Tenencia Morelos, continúa recibiendo a nuevas generaciones.
En el exterior, la Tenencia carga con el peso de una historia marcada por episodios de violencia. Adentro, entre el tatami, las colchonetas y los uniformes blancos, se escribe otra historia: la de niños que comienzan a conocer la disciplina, jóvenes que aprenden a plantearse metas y familias que encuentran en el deporte una alternativa de formación.
Porque para Juan José Rodríguez Briones, el taekwondo no termina cuando los alumnos bajan las escaleras. La verdadera enseñanza comienza cuando aquello que aprendieron arriba, el respeto, el orden, la disciplina y la capacidad de ponerse una meta, los acompaña de regreso a casa, a la escuela y, finalmente, a la vida.





