El Silmarillion: donde la luz se hizo joya y la joya se hizo sangre

El Silmarillion: donde la luz se hizo joya y la joya se hizo sangre
Imagen ACG

Héctor DIMAS

Génesis. Biblia. Partitura. Tres palabras me vienen cuando alguien me pregunta por El Silmarillion y no quiero soltarle el típico “es difícil”.

Es la partitura sobre la que el maestro J. R. R. Tolkien compuso todo lo demás. Durante más de cincuenta años, desde el barro de Somme hasta su mesa de Oxford, no dejó de corregir esta mitología. El Hobbit y El Señor de los Anillos fueron, en su cabeza, dos excursiones tardías a un continente que ya tenía dibujado. Su hijo Christopher solo tuvo que coser los cuadernos y publicarlo en el 77.

A mí me gusta explicarlo al revés de como lo hacen las reseñas. No empieza con elfos. Empieza con un ensayo de orquesta.

Un dios único, Ilúvatar, les pide a sus hijos, los Ainur, que improvisen. Melkor, que es el alumno superdotado que no soporta no ser el director, mete un acorde que no toca. No es ruido, es soberbia queriendo ser protagonista. Lo fascinante es que Ilúvatar no lo expulsa del auditorio. Deja que ese error se quede y lo transforma en parte de la obra final. De ahí sale todo lo que luego veremos: el mundo físico, Eä, es literalmente música solidificada.

De esos músicos, algunos bajan al escenario. Son los Valar. No son dioses caprichosos como los griegos, son artesanos con un oficio muy concreto. Uno se encarga del viento, otra enciende las estrellas como quien cuelga bombillas, otro no sale del mar, otra hace germinar el trigo. Y entre sus aprendices están dos nombres que ya conoces sin saberlo: Mairon, que acabará firmando como Sauron, y Olórin, que preferirá ir descalzo y con un palo torcido y que acabaremos llamando Gandalf.

El primer foco de luz del mundo son dos árboles que se turnan para brillar, uno plateado y otro dorado. El elfo más talentoso que ha existido, Fëanor, que es capaz de hacer discursos que incendian a un pueblo y de tallar un alfabeto en una tarde, logra meter esa luz dentro de tres piedras. Los Silmarils. Varda las bendice y dice que quemarán a toda mano sucia.

Morgoth, que ya no es Melkor sino rencor puro, se alía con una oscuridad con forma de araña, mata al padre de Fëanor, apaga los árboles a puñaladas y se lleva las tres piedras a su búnker helado en el norte, Angband.

Y aquí la caga Fëanor para siempre. Reúne a sus siete hijos bajo las estrellas y jura algo que no se puede desdecir. Jura que perseguirá hasta el fin del mundo a quien guarde un Silmaril, sea quien sea. Ese juramento es pegamento y es veneno. Por él cruzan un océano helado a pie, por él degüellan a sus propios primos en los puertos de Alqualondë para robarles barcos, y por él se pasan cinco siglos guerreando en una tierra llamada Beleriand que al final acabará tragada por el mar.

Tolkien, en medio de esa crónica de reyes y batallas que parecen sacadas de la Biblia, se para tres veces a contarte una historia pequeña. Y ahí es donde el libro te rompe.

La primera es la de un hombre sin nada, Beren, y una elfa que vale más que un reino, Lúthien. El padre de ella le pide lo imposible a Beren para quitárselo de encima: tráeme una piedra de la corona del diablo. Y lo hacen. Se meten en Angband y la roban. Tolkien escribió eso pensando en su mujer, Edith, bailando entre cicutas.

La segunda es la contraria. No hay amor que salve. Húrin se ríe de Morgoth en su cara y Morgoth maldice a sus hijos. Su hijo Túrin es todo lo que Fëanor era: brillante, valiente y incapaz de pedir ayuda. Cada pueblo al que llega lo hunde. Mata a su mejor amigo sin querer, arrastra a una ciudad entera a la ruina, se casa con su hermana sin saber que es su hermana porque un dragón le ha borrado la memoria, y cuando ella se tira a un río al recordarlo, él se deja caer sobre su espada. Es insoportable y es la mejor cosa que escribió Tolkien.

La tercera es Gondolin, la ciudad invisible. La más bella. Cae no porque la asedien, sino porque alguien dentro la vende por celos.

Al final ninguna de las tres piedras se queda con quien la quería. Una acaba en el cielo como faro, la que lleva Eärendil navegando, y es la misma lucecita que Sam ve en Mordor cuando ya no queda nada. Las otras dos se pierden, una en el agua y otra en fuego.

Luego el libro salta miles de años. Los hombres que ayudaron a los elfos reciben una isla como premio, Númenor. Viven trescientos años, son sabios, pero les entra pánico a morirse. Sauron, que ya es el jefe sin Morgoth, se deja llevar prisionero allí y les susurra que si navegan hacia el oeste prohibido serán inmortales. Lo intentan. Dios hunde la isla entera. Solo unos pocos que seguían siendo fieles escapan en nueve barcos. Entre ellos Elendil y sus hijos, que fundarán lo que luego será Gondor.

Y el resto, en veinte páginas, ya lo conoces.

Si lo lees esperando diálogos rápidos te vas a aburrir. Está escrito como si un monje te leyera anales antiguos. Y precisamente por eso, cuando vuelves a El Señor de los Anillos, entiendes por qué Galadriel suena tan triste, por qué Elrond está tan cansado de elegir, y por qué un Balrog no es un bicho grande, sino un compañero de trabajo de Sauron que lleva escondido desde el principio del mundo.

No se devora. Se deja encima de la mesa y se vuelve a él.