Morelia, Michoacán | ACG.- En el movimiento diario del Centro Histórico de Morelia, María de la Luz, de 58 años, encontró en la venta de gelatinas algo más que una forma de sustento: una manera de convivir, aprender y vivir con tranquilidad.
Desde hace casi cuatro años comenzó con la venta de gelatinas, primero como una prueba para saber si gustaban, pero también por el deseo de tratar con la gente y experimentar algo distinto. Antes trabajó durante años en taquerías, preparando aguas y atendiendo jornadas que con el tiempo se volvieron rutina.

“Yo dije: quiero otra experiencia de vida”, recuerda, y aunque nunca había sido comerciante, María de la Luz aprendió poco a poco que vender también implica paciencia, amabilidad y buen ánimo. Para ella, atender bien a las personas es parte esencial del oficio.
“Ser comerciante es un poquito difícil, porque hay que saber tratar a la gente, venderle y ser amable. La gente merece que uno la trate bien y que uno la atienda bien”, cuenta.

Eligió las gelatinas porque tenía ganas de aprender a preparar las de mosaico. Dice que siempre ha tenido facilidad para aprender con sólo observar, por eso comenzó a intentarlo hasta que le salieron. Primero vendía poco, pero los comentarios de la gente la motivaron a seguir.
“Me gusta cuando la gente dice: sus gelatinas están ricas, o no me hacen daño, o están muy limpias. Para mí eso es algo que me motiva a seguir trabajando en esto”, expresa.

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Hoy, la venta de gelatinas es su único sustento. Sin embargo, María de la Luz no habla desde la queja, sino desde una alegría serena. Sabe que hay días buenos y días malos, jornadas en las que se vende y otras en las que no, pero insiste en que eso no debe quitarle la paz.
“No pasa nada. La vida sigue y hay que continuar. El día que no se vende, pues no se vendió; y el día que se vende, pues también bien, es bonito”, dice.

Su filosofía es sencilla: agradecer lo que llega, no amargarse por lo que falta y no desquitar los problemas con los demás. Para ella, la felicidad también está en aceptar cada día con calma.
“Hay que disfrutar todo lo que venga y cuando no hay, pues igual ser feliz, porque para qué te complicas la vida cuando tú puedes ser feliz”, comparte.

Con sus gelatinas, su sonrisa y su forma tranquila de mirar la vida, María de la Luz se ha convertido en una de esas presencias cotidianas del Centro Histórico que recuerdan que el trabajo también puede sostenerse con paciencia, fe y buen ánimo.
“Lo que venda es bueno; y si no vendí, pues ni modo”, resume. “Uno tiene que tomar la vida con calma, con tranquilidad”.





