El «oro verde» michoacano no se cotiza en las pizarras financieras de Nueva York, sino en el violento termómetro de la región de la Perla del Cupatitzio y más allá. Mientras el binomio Sheinbaum-Bedolla se empeña en recitar dóciles estadísticas de pacificación, el rugido de los fusiles locales y el repliegue de los inspectores de Washington demuestran que la soberanía de este país disminuye, a cuentagotas, cada vez que el crimen organizado decide cerrar una válvula comercial.
EDITORIAL
La captura de un importante capo en Michoacán reactiva el guion de fuego: bloqueos, camiones quemados y la parálisis de actividades económicas. Si, El gobierno federal, junto con el del estado, asesta golpes quirúrgicos, pero abandona las secuelas posteriores, entregando el territorio a momentos al terror y dejando a sus operadores atrapados en una inoperancia táctica que ya es costumbre.
Es la crónica de una incapacidad sistémica disfrazada con alegres estadísticas que el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla alega desde su escritorio. El mandatario presume bajas en homicidios mientras el fiscal provisional observa cómo los inspectores estadounidenses huyen de las huertas por amenazas directas de un crimen organizado que cogobierna en la región.
La realidad fulmina el discurso oficialista que intentan defender los diputados de Morena en el Congreso local. El repliegue preventivo del personal del USDA desnudó, por tercera ocasión, las nulas garantías de seguridad y el fracaso de una estrategia estatal que es incapaz de salvaguardar el libre tránsito en las carreteras del estado.
Para Washington la numeralia oficial carece de validez cuando sus ciudadanos quedan expuestos a la violencia. Mientras liderazgos de la oposición como los del PRI y PAN suelen aprovechar el desastre para cuestionar la gobernabilidad y la soberanía económica como en el caso específico del «oro verde» que se extingue ante el miedo de una potencia que no negociará la vida de su personal.
El regreso de los inspectores estadounidenses se pacta con el desembarco de miles de botas militares federales. Michoacán sobrevive bajo una paz artificial, confirmando que la administración estatal sin el tutelaje del Ejército y la Guardia Nacional, apenas sobrevive en un tema tan delicado y que los primeros son los únicos que realmente imponen condiciones en las zonas de conflicto.





