Morelia, Michoacán | ACG.- A unos metros del bullicio de la Plaza de Armas, entre turistas que caminan sin prisa y morelianos que atraviesan el Centro Histórico rumbo a casa, hay un rincón que muchos observan sin detenerse.
Bajo las lonas instaladas en la Plaza de San Agustín, decenas de piezas de barro pintadas a mano, silbatos prehispánicos, pulseras tejidas y utensilios de madera conviven con mujeres que visten mandiles bordados, vestidos tradicionales, y la lengua náhuatl intacta.
Pocos imaginan que detrás de esos puestos existe una comunidad indígena organizada que lleva más de seis décadas construyendo su historia en Morelia.


No llegaron hace unos años ni forman parte de una exposición temporal. Sus primeros integrantes arribaron desde la región nahua de Guerrero hace más de 60 años a Morelia.
Hoy, la comunidad está integrada por 29 familias que encontraron en el comercio y artesanías no solo una forma de subsistir, sino también de conservar su lengua, su vestimenta y sus costumbres en medio de una ciudad que creció junto con ellos.
«Nuestros papás llegaron hace más de 60 años. Ellos trabajaban en los portales y en el Mercado de Dulces, pero después de la reubicación nos quedamos sin espacio. Fueron muchos años de gestión para lograr trabajar aquí», cuenta María Salome Esteban, presidenta de la comunidad náhuatl.
Durante la mayor parte del año únicamente pueden instalarse los viernes, sábados y domingos. Sin embargo, en temporadas vacacionales el Ayuntamiento les permite permanecer toda la semana, cuando el flujo de visitantes representa también una oportunidad para mejorar las ventas.
Mucho más que un puesto de artesanías
A simple vista parecen puestos como cualquier otro de los ambulantes que les permiten instalarse en el Centro Histórico, pero detrás de cada mesa hay horas de trabajo manual.
Cerca del 70 por ciento de los productos que ofrecen son elaborados por las propias familias de la comunidad, aunque reconocen, el producto industrial también existe por la necesidad de diversificar.


En uno de los espacios, Iveth acomoda tortilleros, cucharas, salseras y tablas fabricadas con madera de guamúchil y pinzán. Explica que cada pieza pasa por varios procesos de lijado antes de recibir aceite mineral y cera de abeja para protegerla.
Un poco más adelante, Gregoria moldea figuras de barro utilizando una mezcla de tierra, algodón de pochote y arena fina que ella misma prepara antes de cocer las piezas.
Y unos puestos más allá, Guadalupe hace sonar un silbato con forma de águila. Después toma otro pequeño pájaro de barro y le agrega un poco de agua.
También muestra el llamado silbato de la muerte, inspirado en piezas prehispánicas que, explica, eran utilizadas para intimidar a los enemigos.


Entre los puestos también aparecen collares, abanicos, rebozos, pulseras y pequeñas figuras pintadas una por una. Mientras esperan compradores, algunas mujeres continúan pintando piezas de barro, o acomodando su mercancía. El trabajo no se detiene.
Un acuerdo para no perder la identidad
La historia de la comunidad también está marcada por años de organización. Después de quedarse sin espacio para vender, las primeras 15 familias comenzaron a reunirse hasta conformar oficialmente la comunidad náhuatl.
Gestionaron apoyos, obtuvieron un terreno donde actualmente viven y levantaron las primeras viviendas, que entonces eran de cartón.
Con el paso del tiempo llegaron nuevas casas y, más tarde, el permiso para dejar de vender de manera ambulante en el Centro Histórico y concentrarse en la Plaza de San Agustín.


Pero hubo una condición que aceptaron desde el principio. «Uno de los acuerdos fue no dejar nuestra vestimenta, nuestras tradiciones ni nuestro dialecto. Seguir hablándolo y enseñándolo a las nuevas generaciones», explica María.
Por eso las mujeres continúan utilizando diariamente los vestidos y mandiles bordados que distinguen a su comunidad. Cada prenda conserva diseños propios que difícilmente pueden encontrarse fuera de su pueblo de origen.


Las niñas comienzan a vestirlos desde pequeñas y, aunque muchos jóvenes ya alternan con ropa cotidiana, en las celebraciones importantes vuelven a portar la indumentaria tradicional.
La organización también conserva prácticas comunitarias. Cada año cambia la mesa directiva y todas las decisiones importantes pasan por una asamblea donde participan las familias.
Para la mayoría de las familias, el comercio representa prácticamente su principal fuente de ingresos. Cuando no pueden instalarse en San Agustín, recorren pueblos cercanos y pequeños mercados para vender sus productos.


La comunidad evita los conflictos y procura que su trabajo hable por ellos. «Nos conocen porque somos gente de trabajo», resume María.
Quizá por eso muchos morelianos llevan años pasando frente a estos puestos sin saber que detrás de ellos existe una comunidad indígena que ha resistido el paso del tiempo, las reubicaciones y la necesidad de reinventarse sin dejar de ser quienes son.





