En Michoacán, el escenario sucesorio rumbo al 2027 ha desatado pasiones adelantadas y discursos de una pureza ética insostenible en el asfalto michoacano. Gladyz Butanda Macías arremete con severidad contra los alcaldes de oposición, acusándolos de abandonar sus encargos por giras partidistas de fin de semana.
Y es que en esa severidad de púlpito donde la aspirante al Gobierno de Michoacán resbala de forma estrepitosa con su propio pasado institucional. Olvida con pasmosa facilidad que ella construyó su actual postulación territorial precisamente usando el mismo esquema de días inhábiles que hoy condena.
Sin duda, el doble rasero oficialista se agudiza cuando el dardo purificador de la morenista esquiva de forma deliberada la Casa Michoacán que no el palacio de gobierno. No hay en su narrativa un solo cuestionamiento para el abierto activismo político que encabeza su jefe e impulsor.
La renuncia formal al cargo público, que hoy presume como escudo moral, queda bajo la sombra del presunto uso de la estructura estatal. Las asambleas masivas que encabeza Gladys Butanda en los municipios huelen al rancio acarreo institucional que el mismo oficialismo dice combatir.
Cierto, en el escenario local, la congruencia no se decreta por la mañana para ser violada por la tarde en aras del interés electoral. La crítica de la aspirante guinda no es un ejercicio de legalidad, sino un calculado golpe político que le termina escupiendo en el rostro.





